Trece sillas y un pailán
Author: Luis Ferrer i Balsebre Category: General
Seguramente que la cosa no fue como la contaron o tiene alguna explicación exculpatoria que no se supo dar, pero la verdad es que dicho así, produjo mucha irritación e impotencia.
Trece sillas a dos mil y pico euros la pieza. Ciento cincuenta mil por un cristal que hace fundidos en negro para protegerse del sol en una ciudad que lo disfruta cuarenta y cinco días al año. Una fuente de cincuenta mil y una mesa de reuniones de unos cuarenta.
Un pastón para vestir el espacio en que deliberan y departen los hombres y mujeres que tienen la responsabilidad de gobernar el país. El país de todos, el Gobierno de todos y la sala de todos.
Saber interpretar el gusto y el deseo de la mayoría es virtud del gobernante y cuando la vida se pone puerca —y últimamente amenaza con tener que volver al papel higiénico El Elefante— no apetecen muchos adornos. Por eso causó desazón ver un exceso de este tipo sin venir a cuento. Alguien tendrá que hacérselo mirar porque aunque sea con la mejor fe del mundo, esta claro que perdió pié y eso no es un buen aval para el oficio político.
Debe ser la erótica del poder, esa especie de enamoramiento en el que el goce de ser el mono poseedor del plátano, te aparta la atención de otras cosas que no sean el poder _y los que amenazan con arrebatártelo.
Sea por lo que fuere, lo cierto es que un derroche así de absurdo resultó una pailanada que la gente sancionó. Excederse tanto en esas cosas deja entrever que para quien las ejecuta son importantes, y no debería ser este el orden de importancia de las cosas para un servidor público.
Los ministros nórdicos van al trabajo en su coche y disfrutan únicamente la prebenda de tener kilómetros y parking gratis.
Galicia sería mucho más conocida, admirada y respetada por el mundo si toda la administración autonómica fuera en un Citroën. Aportaría una singularidad solidaria, como el que todos los jugadores del Atletic de Bilbao sean vascos.
Estos pequeños detalles son los que destacan a un pueblo, mucho más que poseer el Audi más grande o tomar posesión con una tropa de gaiteiros que —como digo— resulta una pailanada.
En democracia hay que cuidar esos detalles y hacer lo posible para que el otro sienta a sus gobernantes como alguien cercano a sus intereses. Los excesos en el lujo no están al alcance de la inmensa mayoría y siempre son objeto de sospecha o envidia.
Se puede entender que lo hagas de buena fe buscando dar a lo público la mayor solemnidad y belleza posible, pero no evita ni deja de ser una pailanada. Obedece a la misma clave que el “Aiga” del emigrante, los casinos de las Vegas, la boda de Aznar o cualquiera de las mansiones del pocero.
Estoy convencido de que se podían remodelar los espacios de San Caetano de una forma más barata y con más clase. No es una cuestión de muebles sino de quien los elige.
El responsable del tsunami político que han causado las trece sillas no es en absoluto el señor Touriño —que estoy convencido de que no tenía ni idea, a la vista de lo mal que gestionó el error—, sino el que eligió las sillas más caras sin pensar o disponer de otras alternativas. Ése es el pailán al que hay que pedir responsabilidades inmediatamente.
El descalabro del gobierno bipartito ha sido una sorpresa para la gente de la administración, pero vistos los resultados parece que era un clamor dentro de la sociedad. La conclusión que se saca es que se dio la imagen de un gobierno de cohabitación más que de coalición, y probablemente sea esa una de las claves más importantes. Pero sobre todo fallaron las formas. Una sociedad desarrollada y madura como es la gallega, está de vuelta de muchas cosas. Somos una sociedad posmoderna en la que ya no se valora el traje de pana como un signo de progresía ni los lujos como algo inherente a la derecha reaccionaria. Critica y juzga a sus dirigentes de una forma mucho más pragmática e individualista, castiga las incongruencias y las pailanadas sin pararse a mirar el color político, sin dar tregua a otras afinidades ideológicas que no sean el sentidiño común y una buena administración de las prioridades.
La coletilla más frecuente en las conversaciones sobre política es que “todos son iguales”, y eso es lo más lamentable de lo concluido tras el 1-M que —gane quien gane—todos los políticos quedan descalificados y bajo sospecha. Eso no es justo ni bueno para nadie.
Hasta que no dispongamos de un antivirus capaz de detectar y poner en cuarentena a corruptos, pailanes, caciquillos, soberbios, gorrones y demagogos, la gente seguirá valorando la política como una rutina de gestos más que sospechados y sabidos. Quien sea capaz de cambiarlos de forma que atrape la mirada y despierte el interés en la sociedad —vean sino el ejemplo de Obama— será quien más convenza y quizás pueda devolver a la política la honorabilidad y el valor precioso que posee.
¡Anda que llevamos un invierno!