Todos laicos
Author: Luis Ferrer i Balsebre Category: GeneralDicen que no fue más que una propuesta del consejo escolar catalán, muy coherente con la idea de avanzar hacia la normalización de lo que debe ser un Estado laico. Pero la propuesta en cuestión no tiene desperdicio, se trata de abolir las fiestas de Navidad y Semana Santa para pasar a llamarlas del invierno y la primavera.
Se da por hecho que los expertos del Consell no son tontos, pero es obvio que —como mínimo— son unos fundamentalistas de la laicidad o unos constructivistas irredentos que piensan que el lenguaje puede cambiar la realidad, olvidando que la realidad —a parte de mediada por el lenguaje— también es una cuestión de consenso social.
Estamos llegando a un punto de saturación aparentemente “progresista” que empieza a ser preocupante. Da la impresión que cierta clase política está empeñada en ser más papista que el Papa, o dicho de un forma más políticamente correcta, más laicos que no se bien quién, porque no tengo referencia de ningún país de cultura cristiana que haya hecho propuesta semejante.
Todo lo que no es tradición es un plagio o una estupidez —decía Borges—, y en esta cuestión ni siquiera se sabe a quién queremos plagiar.
Es un barbaridad pensar que una tradición de siglos de antigüedad pueda ser revocada por decreto y cambiándole el nombre. La epistemología sistémica de Gregory Bateson hace años que nos demostró que el mapa no es el territorio, o lo que es lo mismo, por muy laicos que seamos en el papel, eso no quiere decir que la sociedad sea laica, y hay que estar ciegos para no verlo.
El psicoanalista y filósofo Carl Jung —que entendía mucho de los arquetipos colectivos que nos construyen— afirmaba que la religión sólo puede sustituirse por otra religión, y a tenor de estas propuestas se ve muy claro que queriendo abolir las religiones se acaba cayendo en la religión del laicismo, que aunque sin luces de navidad, ni ramadanes, ni sabath, puede ser igual de absolutista.
Nos guste o no, nuestra cultura se cementa en la filosofía griega, el derecho romano y la tradición judeo cristiana, tiene sus señas de identidad y no podemos desertar de ellas, so pena de quedar borrosos, diluidos entre otras culturas que se muestran orgullosas de sus esencias. Vale, quitamos el Belén y suprimimos las procesiones para festejar el solsticio de invierno y primavera como los indios arapahoes o nuestros ancestros castrexos. La paradoja es esta: buscando una laicidad integradora y respetuosa con las diferencias se puede llegar a ser excluyente con uno mismo.
Este desapego hacia lo nuestro, esta devaluación de nuestra historia y nuestras costumbres, esta falta de querencia y puesta en valor de nuestra propia cultura, tiene ese tufillo adolescente de confrontación con el padre. Parece que algunos no acaban de asumir que el “padre” se murió hace treinta y cinco años y que al otro Padre no hay quien lo mate.
A más a más, resulta jocoso ver cómo los sesudos dirigentes de la educación se aplican en ocurrencias como la que nos ocupa… con la que está cayendo en las aulas.
Y lo que más me irrita es que tal propuesta salga de Cataluña. Me cuesta mucho creer que alguien pueda pensar que quienes nos hemos educado en la sólida cultura y tradición catalana podamos tragar por desatinos de tal calibre.
Ya les digo, de perseverar en esta falta de seny, me veo identificando al cagonet del belén como un cooperante catalán en una maqueta de asentamientos judíos en Palestina construida con motivo de la fiesta de invierno. Y a las procesiones de España entera como la exaltación escultórica del carnaval de primavera.
Un despropósito preocupante.
Luis Ferrer es jefe del Servicio de Psiquiatría del Complexo Hospitalario Universitario de Santiago (CHUS)
