Podas y recortes
Author: Luis Ferrer i Balsebre Category: GeneralEsta época es temporada de poda. El proceso de podar es indispensable para incrementar el rendimiento de los árboles frutales, para obtener fustes más rectos y de mayor calidad en los bosques y para prevenir el riesgo de caída de ramas en el arbolado urbano. La poda es un proceso delicado porque si resulta excesiva puede comprometer la supervivencia del árbol o puede acabar matándolo si no se lleva a cabo de la forma correcta.
Esta época está también resultando temporada de recortes que —de forma análoga— parece que son necesarios para reavivar nuestra maltrecha sociedad del bienestar. Al igual que ocurre con la poda, los recortes deben ser medidos para no acabar con la planta que somos todos nosotros. En este aspecto no nos queda más remedio que soportar la amputación y cruzar los dedos confiando en que el jardinero que nos castiga sepa lo que hace —lo cual no es nada seguro a tenor de las discrepancias que se observan entre los jardineros profesionales—.
Cuando un árbol no se poda crece de forma anárquica y en exceso llegando a un punto en que la savia no es suficiente para alimentar tanta desproporción y acaba con él. Ocurre exactamente igual cuando una sociedad superabundante no se aligera de estructuras viejas, podres e inútiles.
Ya me explayé en esta columna hablando de cómo cuando un sistema sufre una crisis frente a la cual sus mecanismos de autocorrección no resultan eficaces, se ve obligado a iniciar un proceso de cambio estructural que le permita crear nuevas formas con las que poder adaptarse a la crisis. Si lo consigue sobrevive, sino, se extingue. Fue lo que le pasó a los dinosaurios cuando no tuvieron otra que reducirse hasta el tamaño de un cocodrilo, un camaleón o una lagartija si querían sobrevivir al nuevo medio creado por el meteorazo. Los que lo consiguieron aquí están, los que no, allí quedaron.
En esas estamos: El enramado social que teníamos hasta ahora, era tan excesivo para el medio ambiente creado por la crisis que sufrimos, que teníamos que haberlo podado hace ya mucho tiempo. Hemos llegado a tal punto de desviación del equilibrio que ya no hay savia para toda esa arborescencia descontrolada del tejido social.
Ahora no sólo tenemos que iniciar el cambio adaptativo sino que tenemos que hacerlo a una velocidad inaudita para el ritmo natural que siguen los tiempos biológicos y sociales. La violencia de los recortes y las podas estructurales se vuelve mucho más radical cuando se acaba el tiempo y se contempla la posibilidad cierta de la extinción.
En este momento de proceso cibernético autocorrectivo, los jardineros no pasan de ser meros ejecutores de las órdenes de supervivencia que dicta el propio sistema —llámesele mercados, dios, naturaleza o Fondo Monetario Internacional— cuando ya no tiene otra opción.
Sea cual sea la ideología del jardinero cuando se llega a estas situaciones de desequilibrio, por mucho que se discrepe en la forma de podar —más frondosos por la derecha, escorados a la izquierda o de punta por el centro— es el árbol quién dice cual es la poda correcta con la que puede sobrevivir. Como no le hagas caso se muere y ya te apañarás.
No sé si después de podarnos y recortarnos de la manera en que lo estamos haciendo conseguiremos sobrevivir, pero si tenemos la fortuna de que así sea, no me cabe duda de que seremos una sociedad mucho más sana, más limpia, más viva, con menos chupones, ramas secas, hojarasca y sin un montón de podrigorios que proliferan desde la copa a la cepa.
Sobran líquenes, hongos, larvas, bancos, políticos, organismos oficiales, consejos de administración, asesores, mamoncillos, entes y cientos de pesebres que alimentan a millares de parásitos que debilitan el árbol. Ya no hay sabia para tantos y por más que se resistan tendrán que soltar el chupón y extinguirse para que todos podamos sobrevivir.
Si llegamos a verlo.