El yudoca de A Coiramia
4 Mayo 2008
por Bernardo Romay Pérez
Nací en la calle de la Coiramia, llamada poco después de San Vicente, que entonces estaba sin asfaltar y por la que pasaba un pequeño arroyo, por lo que en invierno no había quien pasara por ella sin ponerse perdido de barro. Mi familia era humilde, como todas las de la zona, en la que mis padres, José y Lola, tenían cinco hijos: José, Loli, Mariví y Menchi, a los que me sumaba yo, que era el segundo por la edad.
Pertenezco a la generación del año 52 de mi calle, en la que fueron muy famosas las de los años 39 y 45, de las que formaron parte los Longueira, Pardellas, Eiroa, Fraga, Gajino y otros con los que jugaba en el barrio pese a que me llevaban cinco o seis años, que era una diferencia de edad importante, pero que yo conseguía salvar gracias a la ayuda de mi hermano mayor.
Mi primer colegio fue el Concepción Arenal, en el que entré a los cinco años y salí a los doce y en el que conocí a amigos como Suso Mosquera, Paco Arias, Severino Ríos, Magín el hijo del heladero, Franco, Pardellas, El Guitarra, Rey, Lerín y Pedro, con quienes lo pasé fenomenal, ya que aquella fue para mí una época maravillosa.
Tanto yo como mis hermanos apenas teníamos juguetes, por lo que los imaginábamos jugando en la calle, si es que se la podía llamar así, puesto que por ella sólo podían pasar los carros tirados por caballos que hacían el transporte del pescado o del hielo desde el muelle pesquero. Los coches y camiones que pasaban por el barrio eran contados, por lo que sólo recuerdo un pequeño camión ruso de color verde, conocido en el barrio como el del Parrocho, así como el Balilla italiano del dueño de una frutería de la Sexta del Ensanche.
También recuerdo que los pocos sifones y gaseosas que se repartían por los bares y tiendas los llevaban en carros tirados por mulas y percherones, lo que aprovechábamos para hacernos con una botella cuando subían las cuestas, ya que les llevaba toda una tarde.
Las trastadas que hacíamos los chavales consistían en ir a coger fruta y patatas a las huertas que había por el Campo de la Peña, donde cada uno recogía lo que podía para después reunirnos frente a la casa de Pepiño el de la sal, que guardaba allí un caballo con el que repartía la sal por todo el barrio. Las patatas y otros alimentos los limpiábamos en el lavadero de ropa de la calle Ramón Cabanillas, para después asarlas en el Campo de la Peña o en el de Ángel Senra.
En esta época empezó a gustarme jugar al fútbol y me apunté en el equipo de la calle, el Maravillas, que estaba dirigido por Tino el fotógrafo. Cuando podíamos, nos colábamos en el Club Deportivo Santa Lucía saltando la valla que lo rodeaba para ver los combates de boxeo aficionado que se disputaban en esa sociedad.
Mi afición por el yudo surgió porque uno de mis amigos, Suso Mosquera, se apuntó en el recién inaugurado gimnasio de la federación de este deporte, que se abrió en el edificio de las Cigarreras, donde también estaban Radio Nacional y la Casa de Socorro. Después se inscribió en el primer club de la ciudad, que se llamaba Yuga, en el que comencé a practicar y en poco tiempo destaqué por encima del resto en este arte marcial, que en aquel año 1965 era prácticamente
desconocida en la ciudad. Dos años después, gané el primer Campeonato Gallego Sénior de Yudo, que se desarrolló en los salones de baile del hotel Finisterre.
Después de terminar mis estudios en el colegio, pasé a la Escuela de Maestría Industrial, donde estuve dos años, tras los que me puse a trabajar en los talleres Preme y más tarde en el concesionario Renault, propiedad de Eulalio Mora.
A partir de los 17 años mi vida cambió mucho, ya que dejé de tener mucho tiempo para divertirme a causa del trabajo, de forma que sólo tenía los sábados y los domingos para salir con mis amigos del barrio y los de los alrededores que conocí cuando estudié en Maestría, entre los que estaban Nanete el hijo del fontanero, Antonio Capelán, Fernando Garrinecha y Paco, con quienes lo pasaba fenomenal cuando salíamos los sábados por la tarde a tomar los vinos en locales como La Bombilla, el Siete Puertas y el Otero, donde nos entreteníamos antes de ir al baile.
Los domingos nos íbamos a
El Seijal, al Moderno de Sada y al Rey Brigo de Betanzos, al cual había que tener suerte para poder coger el autobús que nos llevaba desde la ciudad, en la que solíamos acudir al bar Manolito cuando se organizaban guateques. Entre los cines de la ciudad que frecuentábamos estaban el Rosalía, el Coruña y el Savoy, en los que muchas veces nos colábamos en las películas para mayores.
Como el deporte del yudo no me permitía dejar de trabajar, combinaba los entrenamientos con mi actividad laboral. En 1968 me llamaron para formar parte de la selección española de yudo, con la que participé en varios campeonatos internacionales, en los que quedé bien clasificado. En 1971 tuve que hacer la mili en Ferrol, por lo que me incorporé al equipo de yudo de la Armada y al año siguiente quedé campeón de España de mi peso y de todas las categorías del Ejército.
Al acabar la mili me decidí a hacer el curso de monitor de yudo para dedicarme profesionalmente a la enseñanza de este deporte, lo que combiné con mi participación en campeonatos como el Trofeo Internacional de Oviedo, que gané en el año 1975.
Durante esos años formé parte de la selección gallega hasta que me retiré de la competición. Desde entonces me he dedicado a la enseñanza del yudo y del jiu-jitsu, una técnica de defensa personal de la que hay muy pocos profesores.
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- Autor :laciudadquevivi
