jump to navigation

De Os Mallos a Francia, ida y vuelta
15 Febrero 2009

Por Encarna Martín Rey

Nací en la calle Sexta del Ensanche, hoy Oidor Gregorio Tovar, en el barrio de Os Mallos, en una familia formada por mis padres, Rafael y María, y mis cuatro hermanos: Mari, Pili, Rafa y Cristina.
El primer colegio al que asistí fue el de la Concepción, donde permanecí hasta los diez años y en el que compartí clase con todas mis amigas y amigos del barrio, a las que hoy en día sigo viendo, como Cristina, Chelo, María José, Pita, Muñeca, Marisol, Marimar, Amancio, Manel, Veloso, Fernando y Enrique.

mallosafrancia1

Solíamos jugar en la calle donde estaba la Fábrica de Cerillas y en la huerta del Club Santa Lucía, donde se disputaban infinidad de partidos de baloncesto y de hockey, a los que acudíamos para ver a los chicos que jugaban y que nos gustaban.
Nosotras nos entreteníamos con los juegos de moda en los años cincuenta, como la cuerda, la mariola o las tiendas, que consistía en poner una caja en la calle para vender postalillas o tebeos entre los chavales o cambiarlos por otras cosas.
También nos dejaban ir a jugar al monte de Santa Margarita, siempre acompañadas por nuestras madres o abuelas, o a la Granja Agrícola, a donde nos llevaban al pinar de la Casa Cuna, donde había una fuente en la que bebíamos y en la que cogíamos las crías de las ranas, a las que llamábamos cucharones.
Como en toda la zona de la Granja había fruta, solíamos cogerla para merendar. En invierno nos hacían ir hasta allí a recoger piñas para la cocina bilbaína y los frutos de los eucaliptos para cocerlos y curar los catarros con los vahos, para lo que nos cubrían la cabeza con una toalla, ya que era lo único que nos daban cuando estábamos enfermos, junto con la Quina Santa Catalina y el vino dulce Sansón, ya que no había ni aspirinas.
En verano solíamos ir toda la pandilla de amigas, siempre con carabina, a las playas del Lazareto y de Santa Cristina. A la primera llegábamos andando por la vía del tren y el castillo de San Diego y si estaba cerrada, nos quedábamos en la playa de las Cañas o en el Puntal.

mallosafrancia2

Para ir a Santa Cristina teníamos que hacerlo en la lancha, ya que aunque mi abuelo Manuel era revisor del tranvía Siboney que iba a Sada, nunca tuve la oportunidad de subir al mismo para llegar a esa playa.
Cuando yo había cumplido los diez años, mi padre dejó el trabajo en la marina mercante, ya que se cansó de estar casi todo el año fuera de casa. Como era la época de la emigración, decidió probar suerte en la construcción en Francia, a donde nos trasladamos toda la familia, de los cuales sólo mi hermano Rafa y yo no nos dedicamos a trabajar por ser los más pequeños, de forma que pudimos estudiar y acabar el bachiller.
Mi madre se puso a trabajar como cuidadora de los niños de otras familias españolas emigrantes, mientras que mis dos hermanas mayores se emplearon en una fábrica de relojes.
Cuando yo terminé mis estudios, trabajé durante un año en ese mismo lugar, de lo que tengo un recuerdo precioso, ya que con lo que me pagaban tenía para mis gastos y para ayudar en casa.
Después de cinco años de estancia en Francia, mis padres decidieron regresar y, con el dinero que habíamos ahorrado entre todos, nos compramos un piso en la calle Vizcaya, en el mismo barrio en el que habíamos vivido anteriormente.
Me alegró mucho poder reencontrarme con mis amigas de la infancia, con las que salía a divertirme los domingos con nuestros paseos por la calle Real y nuestras tardes en la cafetería Terminal y en el bar Otero, donde tomábamos los calamares, así como en el Siete Puertas, en el que parábamos para probar los callos.
Recuerdo que pagábamos todas las consumiciones a escote y que nos tomábamos nuestras primeras coca colas entre dos.
En aquellos años casi todos los jóvenes de la ciudad nos conocíamos y en una de esas cafeterías conocí a Paco Vázquez, quien se hizo de nuestra pandilla.
Aunque por nuestra edad teníamos que estar a las nueve de la noche en casa, como máximo a las diez, solíamos ir a los bailes de La Granja e incluso a El Seijal,  en San Pedro de Nós, que era el más alejado al que podíamos acudir.
El problema para nosotros era la vuelta, tanto por poder llegar a tiempo al autobús como para pagar el billete.
Al poco tiempo de haber regresado a la ciudad me ofrecieron un trabajo en la tienda Madame X en la calle Real, tuve un empleo de cajera y pasé una época inolvidable. Años después, me casé con Antonio Fernández, hoy en día fallecido, con quien tuve tres hijos: José María, Rebeca y David.
Como en aquellos años estaba mal visto que las mujeres casadas trabajaran porque los maridos eran muy machistas, tuve que dejar mi empleo con mucha pena, ya que tenía unos compañeros maravillosos y un jefe, Calviño, que me trató muy bien.
En la actualidad, ya como abuela, me encargo del cuidado de mi hijo de 30 años, que sufre una minusvalía, y dedico mis ratos libres a encontrarme con mis amigas de siempre para recordar los viejos tiempos, así como a acudir a la Casa de Andalucía.

mallosafrancia3

  • Introducido en : General
  • Autor :laciudadquevivi

Deja tu comentario...