Los chavales del Campo de la Leña
5 Abril 2009
Por Carlos Rodríguez Rodríguez
Nací en la calle San José, en donde transcurrió mi infancia _junto al Campo de la Leña, hoy conocido como plaza de España. Mi padre, Carlos, trabajaba como listero en el Ayuntamiento, empleo en el que se encargaba del pago de las nóminas de todos los _trabajadores del servicio de obras, mientras que mi madre, Dolores, se dedicaba a las labores del _hogar.
En el barrio fue donde hice a mis grandes amigos, como Juan Naya, Ángel Jesús, Litos, Luciano Sánchez, Nine, Tono, Ricardo, Milucho, Luis Caridad, Olguita la nena, María Jesús Taboada y Nenuca. Pese a que era una época de carestía total, tengo muy buenos recuerdos de ella, ya que para jugar lo único que teníamos era la amistad y la ilusión que poníamos en todos nuestros juegos en la calle.
Donde lo mejor lo pasábamos era en el Campo de la Leña jugando al brilé con las chavalas —casi todas hijas de militares— con una pelota de trapo que les dejaba el cura de San Jorge. Con este juego nos pasábamos mucho tiempo, ya que aprovechábamos para intentar ligar con las chavalas.
Como no teníamos ni un patacón, nos dedicábamos a buscar puntas o hierros en las muchas casas en ruinas que había por el barrio, ya que con lo que nos daban por ellos teníamos resuelto el día. Recuerdo que con sólo un patacón podíamos comprarnos pipas, chufas y palos de algarroba en la tienda de Tomás en la calle de la Torre, que aún existe.
Los domingos, si teníamos suerte, íbamos al cine de mi colegio, los Salesianos, donde nos ponían casi siempre las mismas películas religiosas —Fray Escoba y Molokai— así como alguna de vaqueros de Roy Rogers y el Llanero Solitario y su amigo el indio. Como todas eran mudas, el sonido lo poníamos nosotros haciendo ruido, aunque cuando los curas nos sorprendían, nos castigaban durante varias semanas sin recreo, en las que nos obligaban a estar pegados a las ventanas para viéramos como jugaban nuestros compañeros.
Estudié en los Salesianos hasta los 18 años, edad a la que finalicé mis estudios de Bachiller. En esa época me daban en casa dos pesetas para pasar el sábado y el domingo, por lo que muchas veces tuve que cogerle a mi pobre hermana algunos patacones y reales de su hucha de barro para tener dinero para toda la semana, aunque ella nunca se enteraba porque tendría que romper la hucha, que costaba mucho dinero.
A esa edad nos íbamos a tontear con las chavalitas del centro, sobre todo con las de la calle Real, donde solíamos hacer muchas amistades. En esos años fundamos la peña David en el bar del mismo nombre, situado en el Campo de la Leña, ya que allí empezamos a reunirnos y a jugar partidas de tute y dominó.
Allí fue donde se nos ocurrió la idea de organizar guateques los domingos en el instituto de belleza Dama, con lo que nos hicimos famosos en el barrio, puesto que poníamos música con uno de los primeros tocadiscos procedentes de Francia que hubo en la ciudad y que habían traído nuestros amigos Nani y Benedicto, quienes ganaban mucho dinero con la venta de productos de belleza y estética en aquel local.
Donde mejor lo pasábamos era en las fiestas de la Ciudad Vieja, a las que acudíamos toda la pandilla y en las que las chicas del barrio hacían cola para bailar con nosotros. En los descansos de las verbenas parábamos en el bar Yéboles, donde tomábamos el famoso vino Cigales, del que nos cobraban veinte céntimos por una taza, aunque eran de campeonato, ya que parecían tazones de desayuno.
Esta vida se me acabó cuando mis padres me mandaron a trabajar a una oficina de Madrid, donde estuve cuatro años de mala gana, hasta que volví a la ciudad para continuar trabajando como topógrafo de construcciones militares, actividad que desarrollé el resto de mi vida laboral. Cuando regresé, me encontré con que muchos de mis amigos tenían novia, por lo que me costó adaptarme a sus nuevas costumbres, aunque seguí saliendo con ellos para asistir a los bailes del Circo de Artesanos, el Finisterre, el Club del Mar y La Granja, donde conocí a mi mujer, Teresa Vicente.
Desde niño me gustó el fútbol, por lo que tenía ficha del Sin Querer, Sporting Coruñés y Deportivo Ciudad. En esos años coincidí con los que serían grandes jugadores como Beci y Loureda y muchos domingos los pasaba jugando en los campos de los modestos de toda la comarca, como La Granja, el campo situado junto al estadio, el rellenado de San Diego, el de San Pedro, el de Carral o el de Carballo. En este último un día jugamos la semifinal de la Copa de La Coruña y empatamos el partido por un error del árbitro, pero sólo pudimos salir del pueblo con la ayuda de la Guardia Civil, después de pasar tres horas en el autocar mientras nos esperaban armados con palos.
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- Autor :laciudadquevivi



Hola,
Por supuesto no son de tú quinta, pero como hay salesianos, a lo mejor te suena algo.
saludos.