Del corralón de Juan Flórez a San Amaro
6 Diciembre 2009
Por Faustino Fernández López
Nací en el corralón de la casa cuartel de la Guardia Civil en Juan Flórez, muy cerca de la plaza de Pontevedra, donde años después se construyó el centro comercial El Pote. Allí me crié hasta los ocho años, ya que mi padre era guardia civil, por lo que mi pandilla la formábamos los chavales que vivíamos en los alrededores, quienes nos hacíamos llamar Los centinelas de la plaza de toros, que estaba adosada al cuartel.
Entre estos amigos estaban Santiago, Peli, Toñico, Germán, Lili, Curro, Gaínza, Manolo Castro y los hermanos Ordóñez, con quienes lo pasé fenomenal, aunque la vida que teníamos como hijos de guardias era muy severa, sobre todo dentro de los muros del cuartel, aunque fuera la cosa era otro cantar, ya que en lo único en que pensaba era en jugar.
Me habían fijado una hora para volver a casa y si no la cumplía me caía un castigo impresionante del que únicamente me libraba mi madre, Elena. Mi primer colegio fue la escuela pública de la plaza de Pontevedra, cuyos maestros eran don José y doña Amada. Allí coincidí con todos mis amigos, por lo que los follones que organizábamos en clase eran de campeonato y casi siempre nos castigaban con una vara con la que nos golpeaban en las manos, aunque la verdad es que nos lo merecíamos y no tengo ningún trauma por todo lo que cobré tanto de mis padres como de mis profesores.
Lo más lejos que nos dejaban ir a jugar era el parque de Santa Margarita, donde hacíamos batallitas con tirachinas que cargábamos con los frutos de los eucaliptos, ya que los había a cientos tirados por el suelo y hacían mucho daño al ser lanzados, aunque era preferible recibir un golpe con ellos que una pedrada.
Cuando tenía diez años, mi familia se trasladó a la casa de mis abuelos maternos en la calle San Pedro, en la zona de San Amaro, lo que para mí supuso un golpe, ya que durante los primeros meses me encontré muy solo al alejarme de mis amigos.
También me cambiaron de colegio, puesto que pasé a la Academia Vázquez, en Orillamar, donde estudié el Bachiller Elemental e hice buenos amigos como Cedillo, Lolo Silvestre, Manolete, Pepiño, Moncho y Luis. Con ellos jugaba al fútbol en la calle y el campo de la Torre, si es que se podía llamar campo, puesto que no había más que arena y piedras, de forma que si nos caíamos, nos hacíamos heridas que nos duraban un mes. Precisamente jugando allí un partido me fastidié una rodilla y tuve que dejar de jugar.
Ya de jovencitos, lo que más nos gustaba era ir a todas las fiestas y salones de baile, sobre todo a los que fuera fácil entrar sin pagar, ya que no teníamos ni una perra y lo que poco que reuníamos a escote lo reservábamos para tomar algo en tascas y cafeterías como La Patata, La Bombilla o el Siete Puertas, donde por cuatro perras podíamos pasar toda la tarde hasta la hora en que empezaban los bailes.
En verano nos íbamos andando muchas veces a Santa Cristina, Lazareto, Las Cañas y Bastiagueiro, aunque otras veces nos enganchábamos al tranvía o a la escalera trasera del autocar de A Nosa Terra, que siempre iba repleto de gente y el cobrador se las veía negras para que todo el mundo pagase, ya que cuando el vehículo paraba nos bajábamos y en el momento en que arrancaba nos volvíamos a subir.
Al terminar los estudios me tuve que poner a trabajar para ayudar a la familia, ya que el sueldo de guardia civil era muy pobre y en cada había seis bocas que alimentar. Mi primer trabajo fue de chico de los recados en la Tintorería Española, en la calle de la Florida, empleo con el que hice más kilómetros de bici que Bahamontes durante dos años. Lo difícil era manejar aquella bicicleta, ya que tenía una gran cesta de mimbre en el portapaquetes y pesaba un montón, sobre todo cuando tenía que subir la Cuesta de la Unión o la de Os Castros, que estaban pavimentadas con adoquines, por lo que en invierno eran peligrosísimas.
Después de este trabajo empecé como aprendiz de colocador de cristales en la Vidriería Hércules, en la calle del Orzán, donde participé en el acristalamiento de la Torre Esmeralda, que nos llevó casi dos años. Este empleo fue todo un lujo para mí, ya que guardo un gran recuerdo de mi estancia de doce años en esa empresa, de la que pasé a una de las fábricas más importantes que hubo en la ciudad, Emesa. Allí terminé mi vida laboral y gracias a ese trabajo conseguí sacar adelante a mi familia, ya que se ganaba un buen sueldo.
Ahora como jubilado acostumbro a reunirme con mis amigos de la infancia para recordar los viejos tiempos y me gusta salir a caminar con mi mujer y a pescar y practicar deportes de mantenimiento para la tercera edad en el Club del Mar.
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- Autor :laciudadquevivi

