Los carritos de bolas de la cuesta de la Unión
31 Enero 2010
Por Miguel Sánchez Ortiz
Nací en Madrid, pero a los pocos años mis padres se trasladaron al municipio de Mesía, donde residimos durante dos años hasta que nos instalamos de forma definitiva aquí, donde ya llevo cincuenta años, por lo que me considero un coruñés más. Mi padre, Carlos, ejerció como secretario del juzgado de Cambre, mientras que mi madre, María, se dedicaba a las labores del hogar, en el que yo tenía cuatro hermanos: Maribel, Carlos, Pepe y Pilar.
En la ciudad nos instalamos en la calle Capitán Juan Varela y yo estudié en el Instituto Masculino, donde hice todo el Bachillerato. Conocí a mis mejores amigos en la zona de la cuesta de la Unión, porque muchos de ellos estudiaban conmigo, como David Mateo, Andrés, Jorge y Jarri —hijos de quien luego sería alcalde, José Manuel Liaño—, Julio Portela, Gajino y Julio Sar, con quienes sigo manteniendo una gran amistad.
Nuestros ratos de ocio los pasábamos en la zona del paseo de los Puentes, donde jugábamos al escondite, las bolas o el fútbol, aunque había poco sitio para hacerlo porque aquel lugar era un monte y había muchas huertas. Para jugar partidos nos íbamos a la explanada del antiguo estadio de Riazor, que en muchas ocasiones estaba ocupada por otros grupos de chavales, por lo que había que esperar turno, mientras que en invierno ni siquiera podíamos jugar al estar completamente encharcada.
En la cuesta de la Unión solíamos hacer carreras con carritos de rodamientos de bolas, pero como era muy pronunciada y además estaba pavimentada con adoquines, nos las veíamos negras para frenar, ya que muchas veces íbamos seis chavales montados en el mismo carro. Por esa razón con frecuencia nos llevábamos unas grandes rozaduras, que iban seguidas en casa de los golpes que nos daban por romper los pantalones y los zapatos que teníamos para vestir a diario, ya que frenábamos a tope con el calzado para evitar chocar con el trolebús que pasaba por Juan Flórez, donde uno de nosotros vigilaba para avisarnos de su llegada.
Como en mi casa no me dejaban alejarme mucho de mi barrio, tenía que contar muchas mentiras, ya que la cuesta de la Unión estaba fuera de la zona en la que me permitían jugar. A causa de esto muchas veces me perdí las competiciones que se hacían entre pandillas de los barrios con los carritos de bolas, entre las que era muy famosa la que se organizaba en la rampa del Matadero todos los domingos, donde se bajaba tanto con carros como con patines y se premiaba con un patacón o canicas a quien llegara primero. También jugábamos mucho en verano en la playa de Santa Cristina, en la que los domingos nos pasábamos todo el día con unos simples bocadillos. El recorrido hasta allí algunas veces lo hacíamos andando y otras en el tranvía o en el tren, del que nos bajábamos en la estación del Portazgo.
Durante el bachiller acudíamos a los bailes de los jueves en La Granja y los guateques los organizábamos en el primer piso del edificio de la farmacia de la Estrecha de San Andrés, de donde nos echaban a las nueve, ya que las chavalas tenían que volver pronto a casa.
Al acabar el Bachillerato, mi hermano Carlos me metió en la cabeza que estudiara Educación Física, ya que me gustaban mucho los deportes, por lo que completé esos estudios para después ejercer de profesor en el Instituto Femenino y después en muchos otros centros.
A los cuarenta años, cuando ya todos mis amigos estaban casados, decidí hacerlo yo también con una coruñesa llamada Fina, a quien conocí en un curso de Educación Física que había impartido y con quien tuve tres hijos: María, Miguel y Daniel. En la actualidad seguimos viéndonos con los antiguos amigos para organizar una cena en la que recordar los viejos tiempos. En esos encuentros echamos de menos la libertad que teníamos para jugar y la seguridad que había en las calles, que hoy es imposible porque la ciudad ganó mucho en modernidad pero perdió la educación que había entre todos los ciudadanos y jóvenes de nuestra época.
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- Autor :laciudadquevivi


LOS NIÑOS DISFRUTABAN CON EL FAMOSO Y PELIGROSO “CARRITO DE BOLAS DE ACERO” A PESAR DE LOS MUCHOS GOLPES. YO DE NIÑA EN LA CALLE DE ASTURIAS ESTABA SENTADA EN EL BORDILLO DE LA ACERA CUANDO ME SORPRENDIO UN CARRITO CON TRES NIÑOS, LES FALLO LA PUNTERIA Y PASARON POR ENCIMA DE MI PIE, ACTO SEGUIDO SE LES APAGO LA SONRISA,LA DE MI MADRE Y LA MIA. ME CONTARON QUE ALGUNOS NIÑOS EN ESA EPOCA SE ACOSTABAN ENCIMA DEL CARRITO Y PASABAN A GRAN VELOCIDAD POR DEBAJO DE UN AUTOBUS APARCADO, ME IMAGINO LAS MUCHAS SECUELAS QUE HABRAN QUEDADO, UN SALUDIÑO
Hola, soy Juan José de la calle Falperra, Los carritos de cajas de bolas eran unos artilugios que los chavales hacíamos, su construcción era rudimentaria, la base eran los rodamientos o cajas de bolas de acero que nos regalaban en los talleres de coches (o las pillábamos de los cubos de esos talleres donde las tiraban), las montábamos sobre un cuadradillo de madera de 4×4 cm. se montaban dos rodamientos, uno en cada extremo que hacia de eje posterior, con otro cuadradillo similar pero mas pequeño se ponía un solo rodamiento al centro del mismo que era el eje delantero. Se clavaban otros dos cuadradillos que unían los ejes trasero y delantero formando un triangulo, atrás ancho y delante cercando el rodamiento, se clavaba una sola punta gruesa que permitiera girar al conjunto de tal manera que el eje delantero hacia de dirección. Ya solo falta la tabla que hacia de asiento de intrépido chaval que decidiera usarlo y que normalmente era el mismo que lo construía (la mayoría de los carritos se rompían a la primera de cambio). Cutre pero funcionaban por lo menos el viaje inaugural. Nosotros lo usábamos fundamentalmente por la calle Vizcaya y sobre todo por la cuesta de la calle Antonio Viñes, que también llamábamos el barranco por que tardaron mucho en hacer la calle y lo que había allí era como la ladera de un monte con rocas de granito y mucha pendiente (osea, un barranco) que aun hoy se puede apreciar (la pendiente) así como las escalinatas en la acera que queda mucho mas baja que el resto de la calzada actual. Que tiempos aquellos, éramos felices y no lo sabíamos.