Los chavales que buscaban la ‘pitada’
21 Febrero 2010
Nací en la calle Marqués de Amboage, frente a la antigua Estación del Norte. Mi familia estaba formada por mis padres, María Teresa e Isaac —muy conocido en la ciudad porque durante muchos años fue abogado de sindicatos— y mis hermanos Carlos, María Teresa, Chelís y Juanjo. Mi primer colegio fue la academia de doña Sara, situada en la actual plaza de San Cristóbal, donde sólo estuve un año y de lo único que me acuerdo es de que me pegaban con una regla en las yemas de los dedos por portarme mal.
Al poco tiempo mis padres me llevaron al colegio Cristo Rey, en la calle Sánchez Bregua, donde aprendí a leer y escribir con los famosos libros Rayas y el Catón. A los cinco años ingresé en los Maristas, en la calle Teresa Herrera, donde estudié hasta que hice el Preuniversitario.

En ese colegio y en mi calle fue donde hice mis amigos de la infancia, que ya lo fueron para siempre. Entre los del colegio destaco a Rafa, Lelo, Becerra, Leio, Dornelas, Muíños, Pousada y Roldán, mientras que de mi calle lo hago con Chicho, Miguel, Paisano, Víctor, Lolo, Carlos, Luis, Chinín, Salva, Quique, Penchi, Paco Pena, Paco Arias, Nene y Juan.
El único tráfico que había era el de los trolebuses de Carballo y de Monelos, por lo que jugábamos en medio de la calle
Con todos ellos pasé una infancia y una juventud maravillosas, con juegos como las bolas, la bujaina, el che, las chapas y el fútbol, así como cualquier actividad al aire libre, ya que teníamos mucho espacio para jugar porque los alrededores de donde yo vivía eran leiras y descampados. Como tampoco había coches, salvo los trolebuses de Carballo y de Monelos, podíamos jugar en plena calle a la pelota o a lo que quisiéramos.
Los chavales de mi pandilla no teníamos nunca ni un patacón, por lo que nos buscábamos la vida tratando de encontrar chatarra, a lo que llamábamos pitada o tuja, que era muy difícil de localizar porque en aquella época se aprovechaba todo. Recuerdo que era muy complicado conseguir puntas de las obras, ya que cuando se doblaban las volvían a poner derecha para poder utilizarlas.
Como éramos unos traviesos muy espabilados, lo que hacíamos era robar los precintos de plomo de los vagones de mercancías de la Estación del Norte, que luego fundíamos para hacer barras de plomo que nos pagaban muy bien en la chatarrería de la avenida de Chile, donde nos daban diez pesetas por cada kilo. Cuando encontrábamos cobre, nos lo pagaban a 60 pesetas el kilo, que era una cantidad enorme para nosotros, puesto que con ese dinero podíamos jugar durante horas y horas en los futbolines de Nito o ir a los cines Monelos y Gaiteira varias veces y comprar chantillís y refrescos.
Guardo también un grato recuerdo de las fiestas como las de la calle San Luis y de Monelos, así como de las hogueras de San Juan, que se podían hacer en cualquier sitio. Con quince años seguía saliendo con mis amigos de siempre, aunque ya empezamos a acudir a los bailes y guateques, como los que se hacían en El Paraíso, en A Falperra, y en el bar Ferrocarril, donde había un gran ambiente y se ligaba mucho. Me acuerdo mucho de los bailes que se organizaban en la sociedad Santa Lucía, en la calle Monforte, que siempre estaba abarrotado en carnavales.
Muchos domingos los pasábamos jugando al tute en el bar Norte, en Fernández Latorre, y a las máquinas de bolas, en las que cuando hacíamos partidas gratis se las vendíamos a los amigos para que siguieran jugando. Recuerdo que el propietario a veces me apagaba la máquina porque me pasaba horas jugando sin echar más que una moneda.
En mi juventud formé parte de varios grupos con mis amigos y mi hermano, y hoy sigo en el mundo de la música
Después de terminar el Bachiller y el Preu tuve que marcharme a estudiar a Santiago y Madrid, donde me licencié en Interpretación en la Escuela de Arte Dramático. En mi juventud empecé a tocar música con un grupo de amigos y mi hermano Carlos, con quienes formé conjuntos que fueron conocidos como Los Trocanters, Los Mitos y Los Sombras. Hoy en día soy el único de ellos que sigue en activo en el mundo de la música, actividad que compagino con el doblaje y mi negocio, el Mares Bar, donde se puede comer, beber y cantar.
Hoy en día me sigo reuniendo con mis amigos de la calle y del colegio para participar en cenas o comidas dos o tres veces al año en las que recordamos los viejos tiempos.
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- Autor :laciudadquevivi
Jorge, me ha hecho mucha ilusion leerte…. A ver si pronto tomamos una cañita en el Mares!!! Muchos besos
Jorge; el colegio Cristo Rey estaba en Juan Flórez, donde ahora esta OPENCOR, cerca de la escuela Labaca