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Del Algarve a Os Mallos
20 Junio 2010

 

El autor, primero por la izquierda

Cincuenta y seis años llevo en esta ciudad, que acogió a mi familia con los brazos abiertos y que le dio la oportunidad de salir adelante desde el año 1954, en que mi padre, Joaquín, decidió venir aquí acompañado de mi madre, María, y de mi hermana, Lidia, fallecida recientemente. Mi llegada a esta ciudad fue toda una casualidad de la cual no me arrepiento para nada. En mi juventud salí con mi padre del Algarve para acompañarle a Francia, donde trabajaba en la fábrica de coches Citroën.
En aquella época, los viajes hasta Francia se hacían en tren y duraban muchos días, por lo que al llegar a Vigo mi padre, después de hablar con otros trabajadores que hacían el mismo viaje, decidió quedarse en Galicia, ya que aquí conocía a algunas personas y le habían dicho que pronto se empezaría a montar una fábrica de Citroën en Vigo. Fue así como decidió venirse conmigo a La Coruña, donde al poco tiempo de llegar encontraría un trabajo de mecánico que le permitió traerse un año después a mi madre y a mi hermana para que residiéramos definitivamente en esta ciudad. Como mi familia era campesina y estaba acostumbrada a trabajar la tierra y cuidar animales, el dueño del taller le ofreció a mi padre una pequeña casa de aldea en el lugar llamado Entrecruces, ahora muy cerca de la ciudad pero que a finales de los cincuenta se encontraba muy lejos.
Recuerdo que para venir a la ciudad había que rezar a la Virgen para tener sitio en el trolebús que venía de Carballo, que pasaba dos veces al día por la aldea y que siempre iba lleno de gente. Como los días que lo cogíamos eran siempre domingos o festivos, casi no se cabía en los troles, ya que además la gente llevaba todo tipo de animales para venderlos en las ferias, como conejos, gallinas y crías de cerdos, por lo que el viaje duraba una eternidad.
En aquel tiempo en Portugal también estaba todo muy atrasado e incluso había más miseria y pobreza que en España, ya que los habitantes de las zonas marineras andaban siempre descalzas o con zapatillas de esparto o de tela que se usaban muy poco para procurar no gastarlas. Uno de los recuerdos de mi infancia en el Algarve es que, junto con otros chavales de mi aldea, hacía pinitos en el contrabando de café. Para lo que cogíamos cuatro o cinco paquetes del famoso Sical y lo vendíamos por las cafeterías y a los pocos turistas que había en aquella época.
Cuando llegué aquí tenía 13 años y no pude estudiar, ya que tuve que ayudar a mi madre y a mi hermana en las labores del campo, aunque no me costó adaptarme porque la vida se parecía mucho a la de Portugal, salvo que aquí hacía un poco más de frío. En 1956 dejamos Entrecruces y nos vinimos a vivir a la ciudad, ya que mi padre decidió abrir un pequeño taller en la zona de Os Mallos, que entonces no era más que leiras, monte y unas pequeñas casas de aldea.
Fue entonces cuando conocí a mis amigos del barrio, como Antonio, Manuel, Santiago y Carlos, con quienes aún guardo una gran amistad, ya que me ayudaron a adaptarme a la ciudad, que para mí era grandísima. Hasta que les conocí, apenas salía de la zona en la que vivíamos, ya que además tenía que trabajar día y noche con mi padre y sólo algunos domingos, podía salir para ir al cine o al baile si tenía una peseta.

Guerreiro, con su familia.
En mis años de juventud, casi siempre bajábamos andando hasta los bailes de La Granja y el hotel Finisterre, de los que el primero era en el que más se ligaba, ya que era frecuentado por todas las chachas y los soldados de Infantería, por lo que los domingos estaba siempre lleno. Nos pasábamos toda la tarde bailando con la misma chica y después la acompañábamos hasta su casa, siempre acompañados por la clásica amiga carabina.
Mis años de juventud fueron una época excelente, hasta que no me quedó más remedio que escaparme a trabajar a Venezuela antes de que me llamaran para hacer la mili. Durante los diez años que estuve en ese país, pude venir varias veces a la ciudad, donde podía pasar tres meses como turista. Como el viaje era carísimo tanto en avión como en barco, algunas de las veces que vine en el Monte Umbe y el Covadonga, me pagué el pasaje trabajando de marinero, ya que tenía amigos en la tripulación.
En Venezuela tuve la suerte de conocer a quien se convirtió en mi mujer, Fina Varela, una gallega cuya familia es de Carballo y que llevaba diez años en ese país. Con el tiempo nos casamos y cuando murió Franco nos decidimos a volver a La Coruña para residir en la calle Barcelona.
Me dediqué a la importación de filtros de agua que fabricaba una empresa venezolana y tuberías de agua portuguesas, actividad a la que me dediqué hasta mi jubilación. Tras mi regreso, conocí a muchos amigos, entre los que destaco a Juan Ramón, Menchu, Benigno, María Eugenia, Carlos, Andrés, Augusto y Luis, con quienes solíamos bajar al centro de la ciudad y hacer excursiones por España y Portugal. En la actualidad, dedico mi tiempo libre a participar en las obras de teatro que representa el grupo Ateaco, de la Sagrada Familia, con el que actúo en localidades de Galicia y España.

  • Introducido en : General
  • Autor :laciudadquevivi

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