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El botones de la Sagrada Familia
15 Mayo 2011

Tudó, acompañado por su padreNací en la calle San Juan, donde viví con mis padres, Manuel y Dolores, y mis hermanos Manolo y Lolita. Mi padre fue conocido en la ciudad por haber sido el fundador de Acción Católica en la parroquia de San Rosendo, ubicada en el alto de la calle de San Luis, junto a lo que los chavales llamábamos el sanatorio de los locos.
Mi primer colegio fue el del Niño Jesús, que estaba en mi misma casa, ya que mi abuela era la profesora y la mitad de nuestro piso era vivienda y el resto una escuela, en la que recuerdo que al principio los alumnos tenían que llevar una banqueta para sentarse. Estudié en ese colegio hasta que toda la familia tuvo que marchar a la calle Sagrada Familia y me mandaron a estudiar al Hogar de Santa Margarita, donde estuve tres años, para pasar después al colegio de don Alfonso, conocido por el apodo de el Chufas, ya que cuando sorprendía a algún alumno comiéndolas, se las quedaba y después se las comía poco a poco en la clase.
En ese colegio me preparé para el ingreso en el Instituto Masculino, donde hice los dos primeros años del bachiller, hasta que propusieron a mi padre, que era empleado de Fenosa, que mandara a uno de sus hijos a trabajar como botones en la oficina que la empresa tenía en el edificio del Teatro Colón, donde se había caído el ascensor en un accidente en el que resultaron heridos graves varios empleados y botones. Mi padre envió en un principio a mi hermano Manolo, pero como sobrepasaba la edad, luego me mandó a mí, que empecé a trabajar en la empresa como botones y acabé siendo oficial de término y administración. Mientras trabajaba como botones estudié por las noches para poder hacer la carrera de ingeniero electricista industrial, pero a los dos años tuve que dejar los estudios.
Los primeros amigos que tuve fueron los de la calle San Juan, como Luis, Juanito, Clemente, Amador y Andrés, con quienes jugaba en plena calle a todo lo que se nos ocurriese sin ningún problema, ya que casi no había coches. Sólo pasaban carros de caballos, entre los que recuerdo al de la lejía y al del hielo. Al conductor de ese último le volvíamos loco en verano, ya que cuando subía las cuestas nos enganchábamos al carro y con una piedra intentábamos romper el hielo para saborear los trozos como si fuera un polo, aunque había que tener cuidado para que no nos diera con el látigo.
En Santa Margarita fue donde hice a mis amigos de toda la vida, como Bernardo, José Cobas, Eduardo, José Antonio, los hermanos Hermo, José Manuel, Pili, Marisol, Esther, Luisa y Manolita, de quienes guardo un grato recuerdo de nuestras vivencias de juventud. En aquellos años jugábamos tanto a la pelota como a la cuerda con las niñas, lo que no estaba bien visto que los chavales lo hiciéramos, pero era la única manera de que ellas nos hicieran caso. Los lugares en los que solíamos jugar eran la plaza de Nuestra Señora, un rincón sin asfaltar frente a las primeras casas de la Sagrada Familia, y el campo del Maravillas, que estaba rodeado de leiras y terrenos de cultivo en los que cogíamos frutas y espigas de maíz que luego asábamos.
En verano nos íbamos andando por las vías del tren hasta las playas del Lazareto y las Cañas, junto al antiguo castillo de San Diego, aunque también solíamos ir a Riazor y San Amaro. Recuerdo con nostalgia los primeros bailes y fiestas que recorrimos en pandilla, como las de San Luis, Vioño, Os Castros, Palavea y Santa Margarita, en las que lo pasábamos muy bien incluso sin tener una peseta en el bolsillo.
Empecé a ir con algunos de mis amigos a la escuela de Oscus en el alto de la calle Falperra, donde me apunté a las clases de guitarra y rondalla con el maestro Gonzálvez, que tenía una cestería en la calle Panaderas. Con esa rondalla actuamos por toda Galicia y fuimos a León a inaugurar un centro cultural. Los cines que más nos gustaban eran el España, Doré, Finisterre, Equitativa y Rex, mientras que los domingos bajábamos al centro a gastar suelas por la calle Real tratando de ligar, tras lo que rematábamos el día tomando chatos a escote en el 7 Puertas, el Otero y en un bar del callejón del cine París, donde tomábamos los famosos tigres rabiosos, unos mejillones con salsa picante.
También solíamos hacer guateques en casas particulares que nos alquilaban en un piso frente al cine Coruña, donde la verdad es que se ligaba poco. Otra de nuestras aficiones era alquilar bicicletas en un local del Agra do Orzán, lo que me permitió aprender a montar en ellas gracias a mi hermano. A los 18 años, gracias a las propinas que lograba en el trabajo, me compré una bici Orbea con la que llegué incluso a Carballo, gracias a que entonces sólo había cuatro coches además del trole.
Me casé con una catalana llegada de niña a la ciudad, María Sánchez, con quien tengo cinco hijos: Pablo, María, David, Lucía y Lucas. En la actualidad sigo viéndome con mi pandilla de siempre y formo parte de la Tuna de Veteranos, muchos de cuyos componentes fueron compañeros míos en la rondalla de Oscus.

  • Introducido en : General
  • Autor :laciudadquevivi

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