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La pandilla de la Estación del Norte
9 Octubre 2011

Carlos, con su pandillaNací en la localidad de Ordes, de donde eran mis padres, donde me crié hasta casi los diez años en una familia formada por mis padres, José y María, y mis hermanos José María y Jaime. Nos trasladamos a la ciudad cuando mi padre se vino a trabajar como funcionario a la Universidad Laboral, momento en el que nos instalamos en la recién abierta avenida de Los Mallos.
Mi primer colegio aquí fue el Atenea, donde estuve un año, para luego pasar al Liceo, donde estuve entre los doce y los quince años, hasta que entré en el Karbo, donde terminé el bachiller. En esos años conocí a los que serían mis mejores amigos, ya que lo son para toda la vida, y entre los que destaco a Paco, Fermín, Emilio, Manuel, Sebas, Alberto y Emilio Acción. Con todos ellos puedo decir que lo pasé muy bien a comienzos de los años sesenta, una época en la que los chavales de mi barrio teníamos amplias zonas de campo para practicar nuestros juegos sin ningún problema, por lo que muchas veces llegábamos hasta Monelos o la zona de la antigua Granja Agrícola.
Jugábamos al fútbol contra otras pandillas del barrio con un equipo al que llamábamos el Rayo Menéndez y los partidos casi siempre los hacíamos en el monte de Ángel Senra, que a los pocos años fue explanado para construir la avenida de Los Mallos y donde quedó durante varios años una pequeña elevación en medio del campo a la que llamaban la Casa del Portugués. Los chavales aprovechábamos un pequeño terreno que tenía allí Telefónica para embrear y secar los postes de madera de sus tendidos, ya que los utilizábamos para columpiarnos con ellos montándonos a cada uno de sus lados y hacerlos llegar lo más alto que pudiéramos.
También solíamos hacer escapadas hasta las fincas del Birloque, Monelos, Eirís y Feáns para robar fruta y cualquier cosa que hubiera para comer. Muchas veces para atajar y evitar subir por el monte, nos colábamos en los talleres de Conde Medín y recorríamos la vía del tren para pasar por dentro del primer túnel e incluso del segundo, lo que era toda una aventura, ya que si pasaba un tren, que todavía eran de vapor, había que arrimarse mucho a la pared para no llenarse de hollín y vapor. En esas ocasiones aprovechábamos para recoger las piedras de carbón que se caían a las vías y que después nos pagaban bien o llevábamos a casa para usarlas en las cocinas bilbaínas, aunque si lo hacíamos, nuestras familias se enteraban hasta dónde habíamos ido.
En verano solíamos ir a las playas de Las Cañas y Lazareto, donde al igual que muchos de mis amigos aprendí a nadar a la fuerza, ya que el mayor de la pandilla solía tirar al más pequeño desde El Puntal al agua, donde los otros le esperaban y, a base de chapuzones, aprendía a flotar. También recuerdo lo bien que lo pasábamos alquilando bicicletas en el taller de Santos, con las que llegábamos hasta San Pedro de Nós y Feáns para coger cerezas, ya había muchas y estaban muy buenas. No puedo olvidarme tampoco de las lanchas de remos que alquilaban en la Dársena para pasear por el puerto y el castillo de San Antón, así como de los viajes que hacíamos en tren y andando para bañarnos en el río en Cecebre. Muchas veces, para no pagar, solíamos bajarnos en el apeadero de O Burgo, cuando el tren estaba casi parado, y volvíamos a subir tras mirar en qué vagón estaba el revisor, ya que si nos sorprendía, podía hacernos pagar el doble del valor del billete, aunque lo cierto es solo nos cobraba lo que valía y nos echaba una buena bronca.

Durante el servicio militar en la Maestranza
Uno de los recuerdos que me quedaron en la memoria es el de los guardias municipales que estaban subidos en un paraguas, como así se les llamaba, en lugares como la cuesta de la Estación del Norte, frente a la ferretería Monelos y junto al Banco Pastor en el centro. Estuvieron muchos años en servicio y en navidades las empresas y los ciudadanos les dejaban allí mismo regalos y aguinaldos. El cine que más nos gustaba a los chavales era el España, porque era el único de la zona que tenía sesión continua, de forma que podíamos ir a cualquier hora.
Cuando íbamos en tren a Cecebre, al llegar a O Burgo bajábamos y volvíamos a subir para que no nos cogiera el revisor
Hice la mili en el Parque de Artillería y al acabar me puse a trabajar como vendedor de libros y más tarde de electrodomésticos en el comercio Corbelle, en Los Castros. También trabajé como recogedor de fresas en Carral y puedo decir que hice de todo hasta que aprobé a una oposición de una institución oficial en la que he realizado toda mi vida laboral hasta ahora.
En mi juventud me casé con mi novia Mili, a quien conocí en Santiago un día que fui con mi pandilla a una discoteca de esa ciudad, donde ella estudiaba Pedagogía. Con ella tuve una hija, llamada Adriana, que hizo la carrera de Medicina. En la actualidad me sigo viendo con mi pandilla de siempre, con la que me reúno todos los fines de semana en un bar de la zona de la antigua estación.

  • Introducido en : General
  • Autor :laciudadquevivi

Un comentario en “La pandilla de la Estación del Norte”

. Roberto Rabuñal - 10 Octubre 2011

Hola Carlos. Me alegro de ver tu relato y las fotos. Soy Roberto Rabuñal, tu vecino de Menendez Pidal. Aunque no soy de tu quinta también recuerdo muchas cosas de la Estación y alguna que otra rumba contigo por los bares del barrio. Pues nada, a ver cuando coincidimos y charlamos un ratillo. Un abrazo, see you soon.

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