Escrito por Sonia Seijas on Jueves, 30 of Abril , 2009 at 11:28
Siento el poco movimiento del blog de estos días, pero estoy de mudanza de nuevo y se me ha hecho un poco complicado. Cambio de nuevo de despacho y le tengo que decir adiós a mi ventana. La verdad no pensé que tenía tantas cosas aquí metidas hasta que me puse en serio a recoger todo, así que me ha llevado un poco más de tiempo del previsto. En fin, que después de hoy ya volveremos a ser Las Erinias de siempre, pero antes de eso, por supuesto y como era de esperar en un jueves lluvioso, algo para activar vuestras neuronas. Un nuevo Quiz… suerte!!
Escrito por Sonia Seijas on Sábado, 25 of Abril , 2009 at 18:07
Hoy era el gran día, el día en que nos convertiríamos durante un ratito en maikos, igual que las autóctonas, aunque claro, europeas y de pega. La verdad es que yo ya lo había hecho la otra vez y el resultado había sido increíble, así que este año decidí repetir y las niñas y un par de los chicos decidieron hacerlo conmigo. Si resulta que alguna vez vaís a Kioto y os animáis a esta experiencia, en mi opinión, el mejor sitio para hacerlo es en Studio Shiki, donde lo hicimos nosotras, porque la calidad de los tocados, el maquillaje y los kimonos es altísima y por un momento te sientes una maiko de verdad. Hay variedad de planes y precios para todos los gustos y es fácil de encontrar porque se encuentra en pleno Gion, muy cerquita del templo Kiyomizu.
Os recomiendo que os llevéis la dirección, porque está en una calle muy estrecha y es muy difícil de encontrar.
Así que aquí tenéis:
351-16, Masuyacho, Kodai-ji Temple Minami-mon, Higashiyama-ku, Kyoto
TEL: 075-531-2777(Open at 9:00AM, reception until 5:00PM)
Bueno, después de dos horas, en las que nos maquillaron, nos vistieron y revistieron, porque no sé si recordáis que ya os había contado que las maiko y las geiko llevaban mucha ropa encima, y toda muy atada, de modo que llegué a la conclusión, después de ponerme el traje la otra vez que había dos cosas muy importantes: era imposible que se visitiesen solas y no me extaña que estuviesen tan tiesas, si con tanta cuerda es imposible doblarse. En definitiva, esta vez me decidí por un kimono celeste, porque el de la otra ocasión ya había sido rojo, este era precioso, con flores de cerezo, igual que los de las niñas, aunque tengo que reconocer que me gustaba muchísimo más el del año pasado… tengo debilidad por el rojo!
Como véis en ningún momento he dicho “geisha” y es que, como ese nombre se lo han apropiado, a través de los siglos, ciertas mujeres que cultivaban más el arte de los placeres carnales que los del entretenimiento propiamente dicho, las auténticas geishas de Kioto prefieren llamarse geikos. Son, fudamentalmente, animadoras profesionales muy cotizadas, que además suelen tener una clientela fija de hombres de negocios, danzan con abanicos, tocan el shamisen y se especializan en el arte de la conversación. Cuando todavía son aprendices, se llaman maikos, que es lo que nosotras elegimos, en parte porque los tocados del pelo son mucho más vistosos. Si queréis intentar ver una por Kioto, puede que tengáis suerte en Gion-kobu, en Pontocho, en Miyagawa-cho o en Kamishichi-ken, aunque es rarísimo verlas, en realidad suelen ser japonesas que, como nosotras, quieren sentirse por un día en la piel de estas mujeres tan especiales.
Esta zona de Kioto es preciosa, porque todavía conserva un aspecto de lo más tradicional. A mí, Gion, es una de las cosas que más me gustan de esta antigua capital, no solo porque creo que aquí es donde reside realmente el corazón tradicional de Japón, sino porque cada dos pasos puedes encontrar una cosa que llame tu atención. Siempre llego con sobrecarga sensorial cuando recorro estas calles, todo me gusta, todo lo quiero y además, a cada rato encuentras un templo o un pequeño altar. Hay que pensar que en principio Gion nació para cubrir las necesidades de los visitantes y la gente de paso de esta zona, lo que fue derivando en las conocidas casas de té donde los japoneses satisfacían realmente todos sus apetitos. Más tarde también se trasladó a esta zona parte del teatro kabuki y pasó a considerarse una especie de paraíso terrenal donde todo lo deseable para el cuerpo y el espíritu de un hombre podría encontarse. Realmente un sitio para perderse. Si tenéis tiempo, dejad el mapa en casa y que vuestros pasos os guíen a través de sus callejuelas, seguro que no os arrepentiréis.
De vuelta habíamos quedado para comer en un restaurante al que le tenía muchas ganas, porque la otra vez no había tenido ocasión de ir y eso que compré el kimono justo en frente. Como os dije arriba, esta zona era una zona de “deshinibición” para los japoneses y este restaurante es un claro ejemplo. Es fácilmente reconocible porque tiene en su puerta un muchacho al que un perro tira de los pantalones hacia atrás, si os situáis en el pasadizo del Pontocho y seguís hasta la casa de geishas más grande que hay (una que hace esquina con unas pareces rojizas muy llamativas), es el callejón que hay justo en frente.
Pues bien, dentro, en todas las mesas hay colocada una muñeca vestida con kimono tradicional y que realmente parece “viva”, en parte es para acompañar a la gente que va a comer sola supongo y para decorar un poco más el local. Todo alrededor tiene ese aire erótico-picante, desde las tablillas de madera que adornan las paredes, hasta la comida en sí misma. El único plato que se puede tomar es una especie de okonomiyaki envuelto y que es picante… como todo ^__^ Además a la salida se puede ver una pequeña reproducción de la calle del local, un toque más para un local que merece la pena visitar, aunque si no os gusta el picante, mejor pedid solo té.
Esta es la pinta que tienen los okonomiyakis mientras se están cocinando, como véis son una especie de pizza, aunque la masa parece más una especie de torta y a la que colocan encima un montón de ingredientes, siempre típicos de la zona donde lo comáis.
Al terminar de comer, tocaba ruta, porque había que caminar hasta el sureste de Kioto, a la caza de los toriis del FushimiInari. De camino encontramos muchos templitos pequeñitos, desde los típicos con las entradas rojas, hasta uno muy simpático que estaba lleno de figuras de cerdos y que bautizamos como el “Templo Xabarín”, los que no sean gallegos que piquen aquí.
Pero yo solo quería ver uno, así que nos separamos brevemente y me fui a la búsqueda del Templo Sanjusangen-do, que es la estructura de madera más larga del mundo y que tiene un pabellón central, más bien, un pasadizo que es increíble. Su nombre se debe a que, como está dedicado a la diosa Kannon y a esta se le atribuyen 33 manifestaciones, los pilares de madera están separados por 33 (sanjusan en japonés) espacios a lo largo de todo el edificio. Dentro encontramos la preciosa imagen de Kannon con sus mil brazos (y que según el folleto fue tallada por un artista llamado Tankei con 82 años de edad) y rodeada de un montón de pequeñas reproducciones. Antes de llegar a ella, imponentes y silenciosas 1001 reproducciones de la propia diosa en un dorado tirando a bronce que es precioso con la luz del atardecer. Dentro no hay luz, así que tan sólo puede verse el reflejo de la que entra por los portones del pabellón, impresionante. Una lástima que no dejen sacar fotos, así que las que cuelgo aquí no son mías, sino sacadas de la web, porque intento en la medida de lo posible respetar este tipo de normas, el arte para mí es importante y el preservarlo todavía más. Para aquellos que no lo sepan, esta diosa es la diosa de la misericordia y éste es un templo budista, por eso tiene imágenes, recordáis que os había dicho que los sintoístas no las tienen, ¿verdad? Los 600 yenes de la entrada estaban más que bien gastados para mí, si queréis ir directamente desde la estación de Kioto, creo recordar que las líneas 100 y 206 os dejan allí y, si no, en metro, aunque os aviso de que el de Kioto es mucho más caótico que el de Tokio, de hecho, es frecuente encontrarse con varias estaciones que se llaman igual y podéis liaros un poquillo. Sé que hay cierta época del año, si no me equivoco, el domingo anterior al Día de la mayoría de edad, que se hacen competiciones de tiro con arco a la antigua usanza, donde compiten solo chicas, pero me temo que tendrá que quedar para otra ocasión. Lo que véis al final es un caleidoscopio que pone algo así como “la mirada de buda” o algo por el estilo.
Este es uno de esos tantos monjes que te encuentras por Kioto, si véis alguno y os sobra una moneda, dádsela, ya que han hecho casi todos voto de pobreza y viven sólo de lo que les da la gente.
Y por fin, tras tantas peripecias, llegamos al Fushimi Inari, que se llama así porque está consagrado a la deidad del arroz y el sake (Inari) y que podéis reconocerlos fácilmente por los zorros de piedra que tienen como guardianes. En esta zona tiene mucho sentido ya que el distrito de Fushimi es uno de los más reconocidos productores de sake de todo Japón. Esta construcción tan llamativa, salía en la película Memorias de una geisha, si la habéis visto, seguro que la reconocéis de inmediato.
Al llegar, presentamos nuestros respetos al templo, por supuesto, haciendo sonar los grandes cascabeles o campanas que hay en muchos de ellos y mi hermana tentó a la suerte grabando unos rezos de un monje, cosa prohibida en principio, para que yo ahora lo recupere y os lo ofrezca para vuestro deleite. Pensad que la cámara es la de fotos y no tiene mucha calidad, pero podréis oir los mantras, que es lo importante.
Gracioso fue cuando, al llegar a las escaleras, algunos ya estaban esperando y en concreto uno, descansaba con un cartelito de “Tipical Spanish Siesta”, que es una lástima que no haya salido mejor en la foto, porque era digno de verse ^__^
Luego, subiendo las escaleras desde el templo, ya empieza la caminata bajo los toriis, que son esa especie de puertas rojas tan llamativas. Todos ellos fueron donados por hombres de negocios, que querían pedir prosperidad en sus actividades, por eso la mayoría de ellos vienen con inscripciones y grabados. No creo que podáis haceros una idea de lo que impresiona realmente ver toda esta avenida desde dentro, cuando parece que no va a tener fin y que sigue habiendo toriis y más toriis a pesar de lo mucho que avances. Realmente me hacía una idea de cómo sería, por la película, pero una vez aquí, superó todas mis expectativas con creces. Eso sí, si tenéis pensado repetir esta visita, llevad calzado cómodo y preparaos para andar y mucho.
Al llegar a medio camino, hay muchos puestos donde podéis pararos a tomar un té, un refresco o los Kitsune udon, un plato de fideos (un poco más gorditos que los normales) que se llaman así por los zorros (kitsune) tan típicos de estos templos que os comenté antes. Es una zona, además, donde ya no solo hay pasadizos de toriis, sino que hay toriis de madera, de piedra y todos colocados encima o debajo de altares, colgando en ramas de árboles. Por todas partes hay toriis, como si la gente los trajese aquí para pedir por la prosperidad de su vida. Ya os digo, encontraréis toriis enormes y otros pequeñitos y por supuesto, un montón de esculturas de piedra de zorros y otros animales. Impactante, supongo que a ellos les pasará igual cuando ven la Semana Santa andaluza ^_^
En el medio de tanto torii también pude encontrar esos retazos de colores que tanto me gusta robarle a la naturaleza y un verde que me recordó a mi Galicia por un instante. ¡Qué morriña!
Algo que me llamó mucho la atención, es la cantidad de gatos que vimos durante el trayecto. Realmente había muchísimos y estaban limpios y bien cuidados, como si la gente de la zona se encargase de su cuidado. Sin embargo, cuando intentábamos acercarnos para acariciarlos parecían bastante recelosos, a lo mejor los gatos japoneses también distinguen los gaijines, jeje.
Al terminar la ruta, ya de vuelta y realmente exhaustos, aún tuvimos tiempo de sacar un par de fotitos interesantes. Una de uno de esos cascabeles que hay que menear para que espanten los malos espíritus y atraigan la buena suerte sobre nosotros, una nueva figura de un buda, que aunque no lo parezca en la foto era enorme, y una talla en madera, tan grande como yo y hecha de un solo tronco. Me maravilló la destreza del artesano, realmente espectacular.
Y encontramos una especie de cortezas que sabían parecidas a los cheetos en España, la caña, aquí todo es ir probando hasta que encuentras sabores reconocibles. En fin, muchas cosas, pero de wifi nada, no fui capaz de robarla ni en la plaza de la estación central de Kioto.
Escrito por Sonia Seijas on Jueves, 23 of Abril , 2009 at 15:59
Como habréis comprobado me lleva muchísimo tiempo preparar los post del viaje, sobre todo porque soy una animal y creo que debí de sacar unas 500 fotos por día, jejeje. Seleccionarlas y adecuarlas al tamaño además de escribir el texto no es demasiado fácil, así que he decidido seguir con el curso cotidiano del blog e ir colgándolos en cuanto estén listos. En un principio no quería seguir hasta no haberlo colgado todo, para que no me pasase como la otra vez que me quedé a medias, pero esta vez prometo terminar todo el viaje, sobre todo porque aún me queda por enseñaros la preciosa Miyajima que fue, sin duda, lo que más me gustó (visualmente) de todo el viaje.
En fin, que hoy es San Jordi y, por lo tanto, el día del libro, así que no podía dejar de reflejarlo en el post. Por un lado, para felicitar a ese catalán que ya es casi más gallego que muchos de nosotros en el día de su santo y por otro, porque con lo que me gustan los libros sería un pecado no acordarme del día de hoy. Ya sabéis, en casi todas las librerías tenéis descuentos, así que aprovechad a comprar ese libro que lleva días o meses rondándoos la cabeza y que no os acabáis de decidir a comprar, para mí hoy caerá alguno seguro ^__^ aunque no tengo decidido cual.
Y como hoy es un día tan especial y además es jueves, ahí va mi regalito, un nuevo fotograma para el quiz, en este caso, tan fácil que hasta parece que le regalaré la camiseta a Barrell, pero bueno, así puedo ir maquinando cuál va a ser el próximo quiz. ¡Suerte y al toro!
Como llevo todo el día intentando colgarlo y el servidor me da problemas todo el tiempo, os dejo la imagen aquí y en cuanto pueda la añado. Además de intentar encontrar el nombre de la peli, podéis recomendarnos un libro que os haya gustado este año.
Escrito por Sonia Seijas on Domingo, 19 of Abril , 2009 at 18:29
Hoy todos se iban a la excursión que hace ruta por los templos principales de Kioto, pero como yo ya la hice el año anterior, me decidí a hacer una escapada por libre hasta Himeji y poder visitar su palacio y sus jardines. Desde Tokio hay una linea de JR (ya os comenté el último día las ventajas del “Lilu-multipase”, alias Japan Rail Pass), que en un shinkasen te deja en una horita en Himeji, así que aproveché a levantarme tempranito para estar sobre las 10 y media allá. Así que, desde la estación de Kioto, que para ser una ciudad tan tradicional tiene una estación central que es una maravilla arquitectónica, cogí un tren hacia allí. Otro día, que tenga menos que escribir os contaré algo más de esta preciosidad de estación y os colgaré alguna fotito más de las que tengo. Una cosa curiosa son las figuras de Astroboy y de Simba el león blanco que hay en la entrada principal y que son personajes míticos de padre del manga y el anime: Osamu Tezuka. Justo en frente hay una torre de comunicaciones, que tiene un mirador al que podéis subir y que, sobre todo al anochecer, ofrece unas vistas de Kioto impresionantes.
Este es más o menos el aspecto que tienen las vías de casi todas las estaciones de metro por dentro. Si coincide que estáis en una estación donde pasan trenes de alta velocidad y coincide que pasa un Shinkasen que no tiene parada en esa estación, puede pasaros como a mí. Os llevaréis un susto al sentir como todo el aire parece estallar alrededor de vosotros al pasar, por supuesto, los japoneses están mucho más acostumbrados que yo, porque ellos ni se inmutan. A mí, creedme, me dió un sususto de muerte.
Una vez cogido el Hikari, en una hora ya estaba en Himeji y, antes de que me diese tiempo de mirar dónde podría encontrar la oficina de turismo para preguntar la ruta para llegar al castillo, me encontré de frente con un cartel enorme en la estación que señalizaba hacia dónde ir para llegar al castillo, así que asunto arreglado. De todas formas, no hay pérdida, os diré que saliendo de la estación de JR, sólo tenéis que seguir la gran avenida que hay justo en frente, después de diez minutos a pie más o menos ya estaréis casi a las puertas del complejo del castillo. Durante toda la caminata podréis ver muchas estatuas y árboles que adornan el camino. A ambos lados hay muchas tiendas donde podeis parar a comprar y, ya en la entrada del castillo, hay tiendas pequeñitas con souvenirs muy bonitos y un par de restaurantes típicos donde se puede parar a comer al salir.
Los cerezos siguen floreciedo, así que la entrada en el castillo fue espectacular, con todo el jardín de la entrada lleno de florecillas blancas y la vista del castillo al fondo. Los japoneses no le llaman castillo de Himeji, como nosotros, sino Shirasagi-jo, que significa “castillo de la garceta blanca”, porque dicen que desde algunos ángulos el blanco de los muros parece un ave que vaya a remontar el vuelo. La verdad es que es uno de los mejores conservados de todo Japón y que para mí tiene un valor especial, porque fue aquí donde Akira Kurosawa rodó los exteriores de su película Ran, y verlo en directo es como un sueño hecho realidad. Nunca lo diría cuando hace casi 15 años vi por primera vez esa maravillosa película. Aunque la edificación en esta elevación de terreno fue inicialmente sólo militar y se inició allá por el siglo XIV, el castillo tal cual se puede ver hoy no estubo completo hasta 1609, cuando se edificó la torre de cinco plantas que es el centro del complejo y 1618, que se añadieron los edificios adyacentes de la zona occidental. Realmente es un a visita imprescindible si estáis por la zona y la entrada apenas cuesta 600 yenes, así que se puede dar por bien empleado. La visita marcaba más o menos 1h y media, pero a mí me llevó más de 2, porque al estar en la semana de vacaciones de primavera, había muchísima gente por todo el castillo y me llevó mucho tiempo llegar hasta el último piso de la torre principal.
Sobre este pozo, que hay cerca del segundo patio, hay una leyenda que dice que en él habita el espíritu de una sirvienta que fue asesinada por sus compañeros cuando reveló los planes que tenían para matar al señor del castillo. Se dice que su espíritu no descansará tranquilo porque cuando ellos se enteraron la arrojaron al pozo y la dejaron morir ahí y nunca tuvo un enterramiento digno, ya que el señor nunca supo qué había sido de ella. En la wikipedia, sin embargo, pone que la sirvienta fue ajusticiada porque se la culpó de robar un plato valioso, tendré que investigar cuál es la verdadera leyenda… La verdad es que mirando al interior del pozo da un poco de mal rollito, sobre todo porque tienes que subirte sobre los laterales para poder mirar dentro y da un poco de vértigo, además, el cerezo que florece justo encima, parece tender sus ramas al espíritu de la pobre muchacha, ¿no os parece?
Una de las cosas que más me llamó la atención del castillo fue, no sólo el que estuviera tan bien conservado por dentro y por fuera y que la gente fuese tan respetuosa, sin tirar papeles ni nada, sino también la de vueltas que hay que dar entrando y saliendo por puertas para llegar a la base de la torre principal. Supongo que esta era una manera de evitar que los enemigos llegasen demasiado pronto en caso de ataque. Así, pasé al lado de la Torre de la Vanidad, donde dormían la princesa del castillo y el resto de concubinas y el Patio del Suicidio, que según pude leer, parecía destinado al seppuku de los samurais, pero que no está demostrado que se usase finalmente para eso. La verdad es que es un patio bastante separado en el lado oriental, con murallas muy altas, donde podrían cometer ese suicidio ritual en privacidad, pero ya os digo, en realidad no puede saberse si finalmente ocurrió alguna vez. Al margen de eso, me fijé mucho en los tejados, las murallas inclinadas, que aquí llaman “de abanico”, pensadas para dificultar la escalada y los preciosos arcos de las puertas que conectan unos patios con otros. La verdad es que me he cansado de hacer fotos.
Una vez dentro de la torre principal, te hacen descalzarte y te dan unas zapatillas si quieres y una bolsa para el calzado que lleves, por eso yo siempre recomiendo llevar calcetines limpios y sin “tomates” en Japón, en un montón de sitios te hacen descalzarte y tienes que estar preparado. Mucha gente no quiere las zapatillas, pero os recomiendo que las cojais porque en los escalones superiores la madera está muy pulida y si vais sólo con los calcetines tenéis muchas probabilidades de resbalar y caer escaleras abajo. Con lo empinadas que son una buena culada os la llevaríais seguro.
Conforme vas subiendo, las plantas son cada vez más pequeñas, por eso en las dos primeras han situado unas urnas con un montón de objetos históricos del castillo de la época feudal, que van desde los símbolos que lucían las entradas, pasando por manuscritos de la época (incluyendo un diario del propio Sakai Tadasumi, que habitó el castillo desde mediados del siglo XVIII hasta la Restauración Meiji), los sellos que utilizaban para firmar los documentos, un documento sobre las medidas exactas que debía tener una espada e incluso las espadas del propio Sakai.
También se exponen, además de armaduras propias de los samurais, algunas armas de fuego, como las que se pueden ver en la parte del museo de armas y que intodujeron los portugueses allá por el siglo XVI. La verdad es que son pocas, cuando entras, esperas ver muchas más, pero sólo pensar que todo esto fue utilizado de verdad por los samurais hace cuatrocientos años ya le da un valor que no se puede comparar con nada.
La parte más alta de la torre es apenas una habitación, que cuando hay tanta gente como en esta ocasión, casi no te permite ni disfrutar de las vistas ni del pequeño altar que hay en el último piso. Aún así, me armé de paciencia y, a pesar de tener que esperar para encontrar un rinconcito por donde mirar, pude disfrutar de la ciudad de Himeji desde lo más alto e incluso, presentar mis respetos ante el altar.
En casi todas las partes del tejado hay pequeñas figuras de peces, Shachigawara se llaman aquí, con pequeños delfines que representan una critatura que los samuaris creían que protegían a la torre de las llamas y evitaba que pudiese ser quemada. Además, en el interior, se puede ver una maqueta del castillo y los alrededores donde se puede apreciar los intrincados caminos para llegar al corazón del castillo, además de muchas puertas-trampa que hay por todo el exterior y los patios adyacentes.
Una amable japonesa me hizo una foto con el castillo antes de salir, dos horas y pico después. Creo que les hacía mucha gracia mis bombachos o a lo mejor mis medias de rayas, porque me los señalaba y decía “kawai”, que es algo así como “mono” en japonés. Como ya era casi la 1 y tenía miedo de quedarme sin poder comer, me fui a los restaurantes que están en frente del castillo y pedí mi comida, esta vez todo en japonés, me propuse intentar practicarlo todo lo que pude, hoy que estaba yo sola y no me importaba chapurrearlo, nadie vendría a vacilarme, jejeje. De las frases que más he usado hoy: “Kore o kudasai” (”Quiero esto por favor”) o “Ikura desuka” (”¿cuánto cuesta esto?).
Hay algo que tenéis que aprender de Japón, es que si algo parece un dulce y tiene pinta de chocolate podéis llevaros una desagradable sorpresa al llevároslo a la boca. Lo más normal es que se trate de una pasta dulce de judía que es muy habitual aquí y con lo que rellenan casi todos los dulces que hacen. Hoy tuve la suerte de poder ver una tienda de dulces donde se podía ver la máquina con la que los hacían. Me encantan estos aparatejos, el ver cómo van saliendo las galletitas con la forma del castillo es divertidísima. La pasta que se ve en la segunda foto encima de una de las partes de la galleta es la pasta de la que os hablaba, parece chocolate, pero no lo es y ni el sabor ni la textura se parce en absoluto, así que preguntad antes de comprar ningún dulce, los chicos lo han bautizado como “veneno negro”, aunque a mí realmente no me parece asqueroso, diferente sí.
Al acabar de comer ya eran las dos y pico así que tenía que decidir si subía a visitar el complejo de templos del monte Shosha, donde se rodaron algunos de los preciosos exteriores de la película de El último samurai, o me acercaba a la parte oeste de la zona del castillo donde se ha habilitado el emplazamiento de las antiguas residencias de los samurais y, aprovechando las callejuelas entre las casas, se han creado nueve jardines con las especies autóctonas. Se llama Koko-en y al final fue mi elección, sbre todo porque necesitaría más de una hora sólo para ir y volver de Shosha, y el shinkasen de vuelta era para las 6, así que tenía miedo de ir demasiado justa de tiempo. Así que allá me fui, por 300 yenes, entré a los jardines, donde me harté de sacar fotos. ¡Qué cosa tan bonita! Las vistas, la paz, lo cuidado de los jardines, además, no sé muy bien por qué, pero los jardines no estaban tan abarrotados de gente y pude disfrutar mucho más de la visita y como además me gustan poco las flores… disfruté cada segundo allí dentro. Con calma, haciendo fotos, sin prisas, oliendo cada rincón, cada planta, cada flor.
A media visita me paré en un pequeño salón de té que hay dentro de los jardines, por unos pocos yenes pude tomar un té verde, el más delicioso que he tomado nunca, sentada en esos ventanales que veis en la foto y contemplando parte de los jardines. Una sensación realmente increíble, ahora entiendo un poco más la filosofía contemplativa de los monjes zen, realmente con algo tan pequeño puedes alcanzar una sensación de paz tan grande que te da la sensación de que el tiempo va a pararse a tu alrededor.
Los japoneses se partían de risa cuando vieron a una gaijin (”extranjera”) posando delante de su cámara que estaba apoyada en una roca enfrente a ella. He descubierto que una buena forma de hacerse una autofoto cuando estás sola, es usando el temporizador de la cámara y buscando un buen encuadre.
Como al salir aún tenía un poco de tiempo, decidí acercarme por el City Museum of Literature para ver si podía encontrarle algo curioso a cierta filóloga que conozco y que es de las más vocacionales del mundo, sin lugar a dudas. Crucé el río y me perdí, porque los callejones de Himeji son todavía más incomprensibles que los de la zona de Gion en Kioto, todo son callejuelas sin nombre que se entrecruzan y muchas de ellas acaban en calles sin salida. Por suerte, mientras estaba mirando el mapa, intentando encontrarle sentido a los cruces que tenía delante de mí, una bici se paró a mi lado y una chica muy maja me preguntó en perfecto inglés (algo extraño en una japonesa) si estaba perdida. Le dije lo que buscaba y ella me indicó el camino muy amablemente, resulta que era profesora de inglés y que además llevaba mucho a sus alumnos al museo así que me dió unas indicaciones muy buenas. La verdad es que tuve muchísima suerte, hasta que llegué al museo y los dos guardias que había en la puerta me dijeron que no podía entrar porque el museo cerraba a las 4 y media y eran ya las 5. Como ya os dije alguna vez, aquí todo cierra muy pronto, así que lo único que pude traer de recuerdo es la foto del museo que, por otro lado, es precisamente conocido porque es un edificio diseñado por Ando Tadao, un arquitecto contemporáneo de muchísima fama aquí. Lo construyó para el centenario de la ciudad y tenía muchas ganas de verlo, en primer lugar porque los edificios de este arquitecto normalmente son edificios muy bonitos, con mucha luz y grandes espacios diáfanos y porque quería poder ver las obras delos autores locales que guardaba, pero bueno, quedará para otra ocasión, cuando pueda volver para visitar el monte Shosha.
Como no pude visitar el museo de literatura, me metí, camino de la estación, en otro museo de literatura un poco más mundano, una especie de Book off de libros de segunda mano, donde encontré desde mangas hasta libros sobre películas y donde compré (no me llaméis friki, no pude resistirme…) El señor de los anillos en versión japonesa. Así podré practicar la lectura en japonés cuando haya avanzado lo suficiente en la escuela de idiomas. La verdad es que podría pasarme un día entero rebuscando en tiendas como esta, ojalá hubiese muchas más en España. No, pensándolo bien, mejor que no porque si no no saldría de ellas. Revolviendo, revolviendo encontré incluso una versión japonesa de una novela española que me gustó especialmente este año pasado: La sombra del viento. Curioso, cuando menos.
Y luego, a emprender el camino de vuelta a Kioto para ver cómo le había ido al resto del grupo. Al llegar aproveché para sacar algunas fotos anocheciendo cerca de la estación, que con esta luz se ve realmente preciosa. Hoy creo que ya me he pasado escribiendo y con las fotos, ¿no? La siguiente entrada, nuestra aventura con los mil tooris ^__^
Escrito por Sonia Seijas on Jueves, 16 of Abril , 2009 at 13:57
Al noveno día toca desplazamiento a Kioto. Nos alejamos del bullicio y las pantallas y luces de Tokio para visitar durante unos días la antigua capital, donde hay mucho más de ese regusto tradicional que apenas llegamos a vislumbrar estos primeros días. Se dice que en Kioto no puedes dar más de cien pasos sin tener a la vista un templo y probablemente sea así. Sin embargo, para aprovechar el desplazamiento, decidimos visitar Osaka antes de hacer noche en Kioto. Si tenéis la oportunidad de un desplazamiento así, os lo recomiendo porque realmente la distancia entre Osaka y Kioto es mínima y si no váis cargados con maletas, el pasar el día en Osaka para verla es algo que merece realmente la pena. Es como un pequeño Tokio, pero con un aire menos cosmopolita, o al menos a mí me lo parece. Para hacer grandes desplazamientos por el país, podéis por ejemplo coger un Japan Rail Pass, que os sirve para usar durante una semana, quince días, un mes… depende del tiempo que lo necesitéis y podéis coger todos los Shinkasen que queráis, es decir, los trenes de alta velocidad. Bueno, los Hikari, que son los que aparecen en rojo en la foto, porque los otros son los Nozomi y no están incluídos en el pase.
Nosotros bautizamos a este cartoncito que te dan como “Lilu multipase” en honor a la película de “El quinto elemento”, jeje. En nuestro caso, era para una semana (con unos 25.000 yenes de coste más o menos) porque el desplazamiento Tokio-Kioto de ida y vuelta casi cubría ese precio y así, por espacio de una semana puedes usar todos los transportes de la JR (Japan Rail) que quieras y para desplazarnos luego a Hiroshima y a Miyajima, que hay un ferri de esta compañía nos venía de perlas. Los vagones del Shinkasen son muy ámplios y tienen unos letreritos que te van cantando los destinos en japonés y en inglés, así que no es problable que os paséis de parada. Para un viaje largo como el nuestro, unas dos horas y media, se puede aprovechar y echar un sueñecito en los cómodos asientos, además pueden darse la vuelta para crear un pequeño reservado. Durante todo el trayecto hay chicas que van pasando para ofrecer comida o bebida, igual que en los aviones, porque la gente los usa muchísimo. Imaginaros el trayecto de A Coruña-Madrid en un tren supercómodo en poco más de dos horas, sería increíble.
Pudimos además probar uno de los famosos “vagones cenicienta” o vagones “sólo para mujeres” que hay en algunos metros. Debido, sobre todo en horas punta, a los tocamientos que a veces se ven sometidas las mujeres por los pervertidos que se dedican a sobarlas por todas partes, se decidió sacar estos vagones, en los que sólo pueden subir mujeres. Me contaba alguien que, de hecho, se habían vuelto incluso más atrevidos y que algunos ahora hasta llevaban tijeras para cortar la falda de las chicas y poder meter mejor la mano… O_o Alucinante! Es de las pocas cosas que me llama la atención de un país con tan poca criminalidad, supongo que es en parte por el carácter de las mujeres japonesas, que aunque estés sufriendo eso en el metro, lo soportarían en silencio rezando para poder salir cuanto antes de ese vagón o porque algún “caballero” se dé cuenta de la situación y las ayude. Una europea, probablemente, se liaría a mamporros, o por lo menos las gallegas que conozco seguro que sí. Nos decía María que la recomendación allí era gritar “Chikan” que significa “pervertido” para intentar que desistiera en su empeño. El caso es que hoy hemos probado uno, muy rosa, por cierto.
Y llegamos a Osaka. Al igual que casi todas las grandes ciudades japonesas, tiene una zona más antigua donde se pueden ver templos y un poco la mezcla esa entre pasado y presente que aquí está casi en todas partes, para eso lo mejor es ir a la zona del Parque de Tennoji, donde al norte hay un par de templos para visitar un par de calles para pasear desde donde se pueden sacar unas fotos preciosas. Pero si tenéis solo un día, como nosotros, es mejor visitar las galerías comerciales y la zona Este, donde está el castillo y la zona de Tsurumiryokuchi que tiene unos jardines espectaculares, con molino de viento incluído. Así que, al bajarnos de la estación, nos dirigimos hacia la zona de Minami, a la estación de Namba cerca de donde están todas las galerías y donde se puede comprar un montón de cosas relacionadas con la comida, desde los bentos, cuencos, palillos…. y donde casi perdemos a Isi, que es cocinero y se quedó maravillado con la zona de los cuchillos. Cerca de esta zona hay un mini-Akihabara donde se pueden comprar también multitud de productos electrónicos.
Para comer nos dividimos porque uno de los problemas que tiene Japón, si no quieres gastar mucho en la comida, es que los locales tradicionales son pequeños y un grupo grande de personas es difícil de acomodar. Así que algunos acabaron comiendo bolas de pulpo, otros curri, sushi, etc. Los sushi-bar son muy fáciles de encontrar y si no tenéis reparos por el pescado crudo, por unos 800 yenes podéis comer sushi hasta hartaros, normalmente piden 130 yenes por plato que trae dos trozos bien decentes de sushi, así que es bastante barato, además de que tiene la ventaja de que podéis ver in situ cómo lo preparan, porque la mayoría tienen a los cocineros en el medio y alrededor una barra giratoria donde van colocando los platos.
Si os llama la atención lo de la mascarilla, no es que haya ninguna emegencia vírica, sino que los japoneses suelen ponérsela cuando están acatarrados para no transmitir los virus al resto de la gente. Aunque yo tengo la teoría de que muchos la llevan aunque no lo estén sólo por esa obsesión que tienen con la higiene y lo aséptico.
Las alcantarillas allí son casi como una obra de arte y en todas partes encuentras pequeños inventos, como el aparatito que vimos para acoplar un paraguas a la bici y que no se mojen.
Bueno y aquí fue donde atacó la Migrañator Godzila y caí redonda, así que no pude hacer otra cosa que tomarme la pastilla y marcharme al hotel. Así que los chicos siguieron la visita sin mí. Desde siempre he sufrido las migrañas, pero esta vez me cogió un poco de improvisto porque empezó muy rápido y las pasé canutas para llegar al hotel. En fin, que os dejo las fotos de la visita que hicieron los chicos al castillo de Osaka, si hay algo que les llamó la atención especialmente a ellos, espero que lo añadan en los comentarios. ^__^ Mañana más!!
Escrito por Sonia Seijas on Domingo, 12 of Abril , 2009 at 10:23
Bueno, al octavo día ya es momento de empezar la veda de compritas y, en nuestro caso, como teníamos un encarguito de la niña Sara, decidimos irnos a las tiendas de segunda mano de ropa lolita de Harajuku. Así que nos levantamos tempranito decididas a probarnos todo de todas las tiendas si era preciso.
Si alguno de vosotros tiene oportunidad de ir a Japón y le gusta la ropa tipo punk, gothic, lolita o en ese estilo tan propio de los japoneses os recomiendo que os paséis por el callejón que hay en frente de la estación de Harajuku, porque hay millones de tiendas donde os podéis perder, si no tenéis mucho presuspuesto mejor no llevéis tarjeta de crédito, porque en muchos casos os podéis encontrar gangas a las que no podréis resistiros si tenéis oportunidad. Para que lo veáis más gráficamente, en la foto de abajo, lo de la izquierda es la estación de Harajuku, a la derecha, con una flecha os marco la entrada del callejón que podéis ver mejor en la segunda foto. No tiene pérdida.
Y si queréis echar un ojo antes de ir, podéis haceros una idea de qué os váis a encontrar en tiendas como Closet Child que tiene tienda allí con ropa desde Vivienne Westwood hasta de Moi-meme-Moitie (de nuestro querido Mana) y que está más o menos en la mitad de la calle. Luego, si queréis buscar tiendas donde podáis comprar online o por simple curiosidad, para ver la ropa que ofrecen, tenéis tiendas como Putumayo, Baby, Angelic Pretty, Metamorphose, etc. todas estas, por ejemplo envían internacionalmente. Yo, por ejemplo, creo que tiendas como Excentrique que es una de mis preferidas y donde me compré el corset que me traje, o Innocent World son más complicadas para comprar a nivel internacional, normalmente se requieren intermediarios, como por ejemplo Casapato, donde se pueden encontrar muchas cosas además de ropa. Me dejo ya de tienditas y si he metido la pata en alguna, ya tengo ahí a María para que me corrija.
Después de probarnos todo lo habido y por haber y de haber comprado unas corbatas preciosas (otra de mis debilidades), una, en especial con una arañita que traje para mi marido es preciosa. Si no me sacan de allí, me gasto todo el presupesto en corbatas y camisetas, que había unas de Vivienne que quitaban el hipo, pero tan caras… En fin, el caso es que era hora de comer, no sé si ya os había comentado que en Japón, más te vale buscar un sitio para comer entre las 12:30 y las 2 o 2:30, porque si no toca ir a un McDonalds o algo parecido. Así que buscando encontramos una joya de sitio que os pongo por si alguna vez váis por la zona, está justo al otro lado del puente de Harajuku, pasando por el puente elevado que cruza la carretera, seguis un poquito y a mano izquierda os encontraréis con un par de restaurantes. Pues bien, el que os digo está en el segundo piso (en la foto se ve el ventanal con un 2F). El ramen y las empanadillas están buenísimos, pero además ponen buena música (nos recibieron con X-Japan ^__^) y si tenéis suerte y podéis ocupar una de las dos mesas de la ventana tendréis unas preciosas vistas del famoso puente del Harajuku y la gente que pasa por allí.
Después de una comida fantástica y con unas vistas tan buenas, nos encaminamos hacia la Torre de Tokio donde habíamos quedado con el resto del grupo para ir a visitar el cementerio de los 47 ronines, en Sengakuji, en la zona de Shinagawa, no sin antes encontrarnos de camino otro bar español. En este viaje he encontrado un montón, debe tener razón todo el mundo cuando dice que España está de moda aquí. Lo cierto es que cuando la gente te pregunta de dónde eres y les contestas con un “Supeinjin desu” (”soy español”) te tratan mucho mejor. Parece ser que es un país que está muy bien considerado por aquí, por tierras niponas, aunque haya españoles que se bañen en el lago del jardín imperial en pelotas….
Volvimos a pasar por un par de templos de camino. La verdad es que no me canso de verlos, sobre todo porque en esta época hay multitud de cerezos en ellos y están realmente bonitos. Es una de esas estampas que no consigues olvidar jamás de Japón: la pulcritud y el mimo con el que tratan todas sus creencias y todo lo que las envuelve, desde los templos hasta los cementerios. Todo lo tratan con sumo cuidado y con muchísimo respeto, desde el momento en que entras en un templo, por muy bullicioso que esté o muy solitario, es como si respirases un aire distinto. Me encanta cómo se acercan a presentar sus respetos ante pequeños altares que están adornados dependiendo de la época y las festividades, no sé, es algo que no se vive habitualmente. Aquí no tenemos ese respeto o por lo menos yo no lo veo en la gente católica al 100%, tal vez es, en parte por mi propio escepticismo, pero me gustaría poder ver ese mismo respeto por lo tradicional aquí, cuando normalmente se vé como algo “atrasado” o “paleto”. Allí que una chica se vista de kimono y vaya al templo un fin de semana es normal… no me imagino a ninguna adolescente vistiendo de gallega para ir a misa los domingos, la verdad. Bueno, o para cualquier otra cosa que no sea un festival folk porque parece que si le ponemos la coletilla de “folk” es mejor. En fin, no me lío.
Siempre me ha gustado mucho la arquitectura y la forma de los cementerios, es algo que siempre me ha llamado mucho la atención, pero tengo que reconocer que los japoneses son realmente preciosos. Allí la normalida es la incineración, sobre todo por el poco espacio del que disponen, pero puedes encontrarte un cementerio casi al lado de cualquier templo en pleno Tokio.
Al llegar a la torre, mientras esperábamos estuvimos viendo un espectáculo callejero muy divertido. Me hizo mucha gracia la inteligencia con la que parecían entenderse los dos.
Al final no hubo ronines ni cementerio, en marzo cerraban demasiado temprano y ya no nos daba tiempo. Eso es algo que tenéis que tener muy presente cuando estéis de visita por Japón, y es que la mayoría de las cosas para ver, museos, parques y demás, suelen cerrar muy temprano, algunos antes de las 5 de la tarde, así que es mejor que os levantéis muy temprano y vayáis a verlo, porque correis el riesgo de quedaros sin poder hacerlo. Así que decidimos ir a Shibuya para localizar un par de sitios a los que queríamos ir y de paso ver si Patri podía hacerse la foto con Hachiko que tanto quería. Creo que la historia de este perro ya os la conté en el otro viaje, pero es curioso ver cómo la gente sigue tomándolo como punto de referencia para quedar en Shibuya. Si queréis localizarla, tiene una entrada/salida de metro justo en frente, no tiene pérdida.
Y rebuscando, rebuscando, encontré por fin la colina de los Love Hotels. Estos hoteles son muy populares porque son los que tienen habitaciones que se pueden alquilar por horas para que los chicos y chicas tengan un lugar donde “intimar”, por decirlo de alguna manera. Tienen sus orígenes en los antiguos salonés de té y ofrecen intimidad tanto a parejas casadas que, con lo pequeñas que son las casas en Japón, probablemente no puedan tenerla en casa o a jóvenes que tampoco pueden disponer de otro espacio. Se pueden alquilar por unas cuantas horas por unos 30€, que es lo más común, o para una noche entera por algo más del doble. Lo que los hace realmente curiosos son las decoraciones que tienen algunas veces las habitaciones (desde junglas hasta clases de instituto) y que puedes alquilar “juguetes” y “atuendos” para amenizar la noche, si queréis ver alguna foto, picad aquí. Para encontrar algunos, sólo tenéis que encontrar la “colina de los Love Hotels” que se encuentra al final de todo subiendo por la calle de la izquierda del famoso edificio 109. Si váis anocheciendo, las luces ya os indicarán un poco por donde ir.
Y para coronar con una guinda el pastel de hoy, encontramos el Christon Café, que tiene un local en Shinjuku y otro aquí en Shibuya. Subiendo por esa misma calle lateral del 109 que os comentaba antes, como a unos 100 metros en la acera de enfrente veréis la entrada, es grande, así que no deberíais pasárosla. Si no, para más aclaración, un mapita:
Es un local precioso, que abre de lunes a domingo de 5 de la tarde a 11:30 de la noche, excepto viernes, sábados y vísperas de festivo que abre hasta las 4 de la mañana. Lo tienen decorado por dentro como si fuese una iglesia y creedme cuando os digo que merece la pena verlo por dentro. Incluso si vais a cenar dos personas, tiene unos minireservados detrás de unos cortinones rojos que son la leche. La comida no es demasiado cara, pero no esperéis la abundancia de los locales tradicionales en Japón, aquí se trata de cenar con frugalidad, pagar cara la bebida (el agua la regalan siempre, pero el alcohol y el resto de bebidas es lo que pagas caro en casi todos los locales) y disfrutar de un buen postre si os apetece. Por unos 2.000 yenes ya podéis tomar todo eso y sobre todo, disfrutar con las vistas del local, que en cada rincón tiene algo que llamará vuestra atención seguro.
En fin, mañana más, que por hoy ya he escrito bastante. Matta ne!
Escrito por Sonia Seijas on Domingo, 12 of Abril , 2009 at 10:17
Y llegó el día en que tocaba visitar el Monte Fuji y el balneario Yunnessan de Hakone. La verdad es que tuvimos un poco de mala suerte porque el Fuji estaba nevado casi en su totalidad por el frío de estos días. Bueno, mala suerte para los chicos, porque desde el observatorio que hay al pie del monte (el Fuji Visitor Center), antes de subir, la mayor parte del monte quedaba cubierto por las nubes y no se veía nada. Yo, el año pasado tuve más suerte porque hacía un día estupendo y pudimos verlo perfectamente desde aquí y subir a la quinta estación (picar aquí). Cuando llegamos hacía mucho frío y había una excursión de chinos o coreanos que hacían mucho barullo y copaban todas las vistas, pero por lo menos pudimos comprar algunas postalitas y tomar un café bien calentito. La verdad, ha sido divertido encontrar nieve en el monte, por lo menos para mí, así ya lo he visto de casi todas las maneras. Además me he comprado un libro de origami y unos cuantos de esos preciosos papeles decorados que tienen los japoneses para hacerlo, cuando haga algo productivo, prometo colgar las fotitos.
Como ya estaba claro que no íbamos a poder subir hasta la quinta estación, probamos un momento con la primera, pero también había nieve, así que nos desviamos hacia Oshino Hakkai una aldea preciosa que está a los pies del monte y que no pude ver en la otra ocasión, así que me alegro de que tuviéramos que desviarnos porque mereció la pena realmente. Además, había una especie de mercado y nos dieron a probar un montón de cosas raras y algunas realmente deliciosas. Resultaba increíble el colorido de todos los puestos con un montón de especias, verduras, encurtidos y demás. Se la conoce como la aldea de los ocho lagos y todas las casitas son pequeñas y con esos techos típicos japoneses. Realmente si alguna vez visitáis el Fuji con tiempo, os recomiendo hacer una paradita en esta aldea, antes de subir a la quinta estación que es hasta donde se puede subir en coche o bus, y claro, si luego tenéis tiempo, podéis subir hasta el crater y pasear por él, incluso visitar la estación meteorológica que hay montada en la cima y todo. Yo, realmente, si puedo, la próxima vez que venga me gustaría poder escalar hasta el crater y pasar la noche en el monte. Los japoneses creen que hay que subir hasta arriba por lo menos una vez en la vida y a mí me gustaría poder ver anochecer y amanecer allí.
Ya véis que las vistas de este pueblo son realmente preciosas, el agua se ve muy clara y se puede ver casi todo el pueblo y cómo hacen todas las cosas que te venden y te dan a probar.
Al salir para el restaurante pude sacar una pequeña fotito del Fuji, aunque como os he dicho, en esta ocasión estaba él muy tímido y no se dejaba ver demasiado, pero pude hacer una breve instantánea de la nieve en su cumbre. Además, de camino pude sacar también una foto, un poco borrosa, lo siento, de un campo de té verde de donde sacan ese té tan rico y que me gusta tantísimo. La comida fue igual que el año pasado, a base de yakiniku o carne a la plancha. Bueno, yo más bien comí el acompañamiento, pero por las caras de satisfacción de todos, diría que estaba deliciosa. Es una experiencia divertida eso de que puedas cocinarte tú tu propia comida, cosa que aquí en Japón se hace en muchos sitios, te sirven la comida a medio cocinar o sin cocinar y se va haciendo mientras compartes un poco de buena conversación con tus comensales. Me parece una costumbre realmente buena y que estaría bien implantar aquí en Europa donde la mayor parte del tiempo comemos viendo la tele y apenas compartimos un par de frases.
En fin, al terminar, nos encaminamos hacia el lago (Ashi, creo que era) para hacer un minicrucero hasta el puerto donde nos recogería el bus para ir al balneario. Ya en el barco me dí cuenta de que había mucha gente, mucha más de la que recordaba de la otra vez, pero, como siempre, a pesar del frío, las vistas desde el barco son preciosas, y a mí, que el agua me encandila especialmente y me pone melancólica es uno de los momentos más bonitos del día. Apoyar tus brazos en cubierta, sintiéndo que el aire completamente gélido te corta cada centímetro de la cara, llenando de aire limpio y congelado los pulmones, tanto que a veces duele. Pero es una sensación única y que lleva tus pensamientos tan lejos que a veces no te da tiempo de recuperarlos del todo antes de tener que volver a la realidad de nuevo.
Al final llegamos a la estación y el bus nos llevó hasta el Yunessun, un balneario de la zona de Hakone, al que ya había ido la otra vez, aunque en esta ocasión tengo que reconocer que estaba tan superpoblado que casi no pudimos disfrutar de lo que realmente podía ofrecer el balneario. Como esta semana es la semana de vacaciones para los niños, parece que todos los japoneses se han puesto de acuerdo para traerlos al balneario y casi no se podía disfrutar de la experiencia de las termas “temáticas” al aire libre, pero hicimos lo que pudimos. Como siempre, las piscinas de sake, de té verde, de café… eran la sensación. Pero este año además, cambiaron la piscina de ramen (qué pena!) por una de color verde-azulado de un personaje llamado Keroro y han añadido una de color rosa chicle que parecía como de tarta de fresa o algo así. Un consejo para las chicas, de las que venían conmigo (chicos si no queréis quitar el misterio femenino no leáis esto), si os quitáis los pelos de las piernas con cuchilla ese día, no entréis en una piscina que se llama Princess “algo” (no lo recuerdo) que es una piscina con un alto contenido en sal y que intenta emular al mar muerto, pero que pican a morir en pequeñas heridas o cuando acabas de afeitarte.
Después de tres horas ya estábamos tan a remojo que mis dedos parecían pasas, así que salimos, compré algunos sobrecitos para probar a hacer un mini-yunessun en casa a ver si es posible. De camino de vuelta al hotel, encontramos un antiguo restaurante que se construyó para ser un restaurante español, pero que en esta zona de Japón no tuvo mucho éxito y finalmente se reconvirtió en un restaurante japonés en el que paran muchos turistas de camino del balneario.
Bueno, aunque ya estoy de vuelta, intentaré terminar la crónica del viaje antes de retomar la actividad normal del blog. No he podido ir subiendo los post día por día, sobre todo porque en el ryokan la wifi no funcionaba como era debido y porque en kioto ya no la había. Pero prometo terminarla para que lo podáis ver todo, ayer dormí prácticamente todo el día, pero a partir de hoy iré subiendo un post por día hasta terminar el viaje. ¡¡Un beso a todos!!
Escrito por Sonia Seijas on Martes, 7 of Abril , 2009 at 15:06
Pues llegado el domingo en Tokio, no podía ser de otra manera: tocaba Harajuku, su puente, el parque Yoyogi y las lolitas por las que la buena de María llevaba tanto tiempo esperando. Así que, por la mañana Hitomi y yo nos levantamos listas para arrasar el Harajuku con María y las demás. Ella estaba especialmente guapa y un poquito nerviosa al estrenar su nuevo aspecto ^__^ Para llegar podéis usar las líneas de JR (Japan Rail) que son las más claras y fáciles, que además tienen una parada en el mismo Harajuku o si no, si queréis coger el metro normal, os bajáis en la estación de Yoyogi-koen de la línea de Chiyoda.
Algunos de los chicos se han ido a buscar, mientras tanto, la tienda de Square Enix que ayer no pudieron econtrar, sobre todo porque son muy fans del Final Fantasy y así podían encontrar muchas cositas para comprar de la empresa.
Ya al bajar de la estación se ha visto que el Domingo, el parque Yoyogi y el puente de Harajuku son tremendamente populares este día, casi no podíamos ni subir ni bajar del metro y para salir de la estación hemos tardado un montón por culpa de la aglomeración de gente. Pero nada más bajar ya hemos podido hacernos las primeras fotos con lolitas y chicas y chicos “cosplayados”. El término “cosplay” define a los disfraces o la ropa que se ponen las chicas y chicos en Japón cuando quieren emular a algún personaje de algún manga, anime o videojuego, y aquí es algo especialmente llamativo porque se paran mucho en su aspecto y que quede lo más real posible. Sin embargo, en Harajuku, más que cosplayers, lo que se suele encontrar son Lolitas, es decir, chicos y chicas que se visten como muñecas, ya sean góticas, princess o sweet (aunque hay muchas otras clases), y que ser reúnen aquí los domingos. También pueden encontrarse mucha gente con aspecto “visual”, que es un estilo más punk, con pelos de colores, plataformas, vinilo y demás parafernalia. ¡Me encanta este puente los domingos! Y no fui la única que lo pasó en grande…
Al parque va mucha gente a cantar, a hacer artes marciales y, por supuesto, están las bandas de rocabillies que le dan mucho colorido a las horas del parque. Hace muchos años, se intentó expulsar a los takenokozoku (los bailarines de este estilo rocabilly) pero el parque siguió vivo gracias a las generaciones posteriores que fueron colonizándolo, no solo de este estilo, sino más centrados en el visual y el j-pop.
Como he dicho, mucha gente hace artes marciales y muchos otros espectáculos. Esta vez me llamó mucho la atención unos chicos que estaban haciendo un show con cepillos usándolos como percursión y mezclando el sonido del golpe con el del barrido. Realmente impresionante. También hay muchas actuaciones de grupos indies que se promocionan y reparten flyers de sus conciertos o te venden el dvd. Algunos suenan realmente bien.
Sin embargo, lo más bonito de este domingo, ha sido el hanami. La fiesta tradicional del cerezo que se celebra todos los años por esta época, el año pasado ya os hablé de ella (http://blog.laopinioncoruna.es/laserinias/2008/04/06/hanami-la-fiesta-del-cerezo-en-japon/) (lo siento pero no me deja subir los links de otra manera). Así que este año la he podido vivir en vivo y en directo. Los cerezos son tan bonitos que te pasarías una hora entera mirando para ellos, no me extraña que les guste comer debajo de ellos, porque además de dar sombra son una vista de lo más relajante. Os recomiendo a todos los que podáis que visiteis Japón en esta época del año, es precioso ver cerezos florecidos por todas las calles. Bueno, en otoño también hay colores increíbles por toda la ciudad con todas las variedades de árboles que tiñen los parques de color rojizo.
¡Ya he estado debajo de los cerezos!
Aunque a Hitomi es a la que mejor le queda la sakura, estaba guapísima debajo de esas flores tan blancas.
Antes y después de comer, los japoneses se dedican a jugar al beisbol, a futbol y ¡a la cuerda! (hacía mucho tiempo que no veía a nadie jugar con una cuerda) ¿cuantos japoneses pueden saltar a la vez? Después de un rato nos dimos cuenta que a partir de siete siempre fallaban ^_^
Al volver hacia el parque pudimos hacernos muchísimas más fotos con la gente del puente de Harajuku que parecía haber vuelto ya de comer. Aunque nos hicimos muchas fotos, y nos hicieron muchas más, las dos triunfadoras del día fueron María y Hitomi, las dos estaban tan kawais (expresión japonesa para marcar que algo es bonito, algo parecido al “cute” inglés). A todos les llamaban la atención tanto la una como la otra, María estaba en su salsa completamente.
¡Cómo me gusta el aspecto visual en los japoneses, se lo curran muchísimo!
Había incluso unas animadoras haciendo una coreografía, con unas energías, que parecían cincuenta en lugar de dos. Sobre todo porque los movimientos los hacía sobre todo una, pero con muchas ganas, gritando y dando saltitos como si estuviera en día de partido.
Más cosas curiosas, cuando fuimos a comer, como no había sitio en ninguna parte, en serio que esta zona se superpobla los domingos, acabamos en unas galerías donde daban comida turca. Para que no hagas cola, te dan una especie de avisador, que se ilumina cuando puedes ir a recoger tu comida. Cosas de japos…
Hay un callejón, justo bajando de la estación de Harajuku donde se pueden encontrar tiendas de ropa desde estilo punk hasta algo más suave. Recomiendo las tiendas lolitas de segunda mano que están a medio callejón, que hemos conocido gracias a María, sobre todo porque una de ellas, en su planta baja tiene ropa gótica bastante chula y se pueden encontrar modelos desde Vivienne Westwood, hasta restos de ropa de las colecciones de la tienda de Mana, el cantante de Malize Mizer, muy conocido entre los “visualeros” japoneses.
Y luego nos fuimos a dar una vuelta por Shibuya y a llevar a Isidoro a que viera las chicas tan guapas que contratan para el famoso edificio de tiendas de ropa femenina del edificio 109, al que Patri también tenía muchas ganas de ir. Coincidió además que estaban haciendo una presentación de un disco de una idol, con lo que pudimos constatar una vez más que las japonesas no saben bailar o por lo menos, la mayoría lo hacen fatal, igual por eso han inventado el “parapa”, que es un baile japonés que se baila en las discos sobre todo y que consiste en movimientos sobre todo de los brazos. Es que la buena de la chica, aunque muy guapa, intentaba hacer un baile sexy pero quedaba bastante mal la verdad.
Para cenar, nos paró uno de los típicos “buscadores” que te paran por las calles, sobre todo de Shibuya, y te ofrecen los menús del restaurante donde trabajan. El único problema de estos restaurantes suelen tener solo menús en japones y si el que te lleva en cuestión no sabe demasiado inglés, a veces puede ser una auténtica aventura el cenar en un sitio así. En nuestro caso, como además la carta no tenía fotos, entre un poco de inglés y algunas palabras chapurreadas en japonés, nos salió una cena bastante normalita. Lo bueno de estos sitios suele ser cenar un día que se quiera salir, porque por un precio bastante razonable te ofrecen cena y barra libre de alcohol.
Y a la vuelta, por supuesto, una partidita en la sala de máquinas antes de descansar. Aunque no os lo creáis esto fue sobre las 10 de la noche o algo menos, más bien, porque aquí todas las cosas pasan muchísimo más temprano que en España. La gente desayuna a las 7 y media, come a las 12 y media o una, cena a las 8 y se van de juerga hasta las 11… vamos, lo contrario que nosotros, que cenaríamos a las 11 e iríamos de juerga hasta las 7.