Escrito por Sonia Seijas on Sábado, 27 of Febrero , 2010 at 19:17
Hace mucho que no os pongo una historia para continuar. Tengo muy abandonadas esas imaginaciones febrieles que tenéis, así que ya es hora de darles rienda suelta otra vez.
“No recordaba muy bien cómo había llegado a la parte de atrás del pozo. La verdad es que últimamente se encontraba un poco perdido en múltiples ocasiones, en el pueblo habían empezado a murmurar que tal vez era hora de cerrarle el negocio porque cualquier día podía quemar el pueblo entero, al fin y al cabo era el herrero del pueblo y siempre tenía la lumbre al rojo vivo aunque últimamente casi no trabajase. Habían dejado de encargale herramientas y otros utensilios porque no cumplía los plazos y siempre tenía una expresión ausente delante de la fragua, como si no tuviera muy claro qué debía hacer en cada momento. Desde el accidente, la pérdida de Helena le había marcado profundamente y todos pensaban que había perdido la cordura por completo. Él, sin embargo, tan sólo oía el sonido de los murmullos de la gente y, entre ellos, aquella última frase… “Todo llega…” que ella había dicho antes de despedirse de él con una leve sonrisa que murió entre sus labios al mismo tiempo que sus ojos perdieron el brillo. Aquella despedida lo estaba matando por dentro. Cuando el caballo había entrado a galope en el pueblo aquella tarde, estaban hablando sobre el cabecero de hierro que ella quería para la cuna del bebé. Se despidió riendo como una niña, diciendo que iba a buscar algo de verdura fresca para la comida, él no se dió cuenta de lo que ocurría hasta que oyó el grito…”
Categoria: Historias de folletín
Escrito por Sonia Seijas on Miércoles, 30 of Septiembre , 2009 at 15:08
Hace mucho que no os pongo una historia para continuar y hoy es un día especial, así que aquí va esta que espero que os anime a escribir un poco:
“Cuando era pequeña, vivía en un pueblecito al lado de la costa. No era un pueblo muy grande, pero a mí me gustaba porque cada vez que salías a la calle era como bajar al comedor de casa. Parecía que todos éramos una gran familia. Como en las familias numerosas, había “hermanos” que se llevaban bien y otros que no, el señor Antonio siempre regañaba con su vecino Tomás por algo que tenía que ver con una higuera que estaba en la muralla que dividía la casa de ambos. A nosotros nos daba mucha risa ver a aquellos dos hombres con la cara colorada y a gritos por el pueblo adelante. Luego, estaban “las urracas”, como las llamábamos nosotros, que eran unas señoras muy arrugadas que se sentaban siempre en el banco de la plaza desde por la mañana hasta por la noche, todas vestidas de negro de arriba a abajo lloviese o hiciese sol. Lo del mote no era sólo por el color de su ropa, sino también por esas narices afiladas que lucían bajo sus pañoletas y que en algún momento levantaron la leyenda entre los niños del pueblo de que en realidad eran brujas que se llevaban a los niños que hacían cosas muy malas. Por eso nosotros sólo hacíamos pequeñas travesuras, aunque con el tiempo llegué a comprender que tal vez el rumor lo habían extendido las madres del pueblo y no los niños.
De todos los personajes de aquel pueblo, el que más nos gustaba a todos era un hombre al que llamaban “El Mudo”. Se trataba de un señor mayor, al menos a nuestros ojos, con un simpático bigote al más puro estilo Dalí que le gustaba retorcer de vez en cuando, sobre todo cuando contaba una de sus historias. De ahí le venía el nombre, aunque nosotros de pequeños no entendíamos porque lo llamaban así si apenas permanecía en silencio unos segundos, nos parecía que los mayores eran un poco raros con estas cosas. Nos gustaba mucho bajar a la playa, porque él siempre rondaba por allí oliendo y escuchando su querido mar. Nos sentaba a todos al lado del pinar y nos enseñaba juegos de cuando él tenía nuestra edad y contaba historias con grandes aspavientos para arrancar nuestras sonrisas. Era un hombre curioso, porque realmente ninguno de nosotros sabía dónde vivía, pero siempre estaba aseado y, al parecer, bien alimentado así que debía tener una casa en el pueblo o cerca.
Un día, “El Mudo” dejó de hablar y cada vez que íbamos a buscarlo a la cala, lo encontrábamos sentado bajo unas grandes rocas haciendo flautas con canutos de hierbas. Nos los extendía con la mano y sonreía melancólicamente, pero no decía nada….”
Categoria: Historias de folletín
Escrito por Sonia Seijas on Lunes, 6 of Julio , 2009 at 13:42
Hace mucho que no os pongo una historia para continuar y sé que estaréis muy vagos porque llegan las vacaciones, pero también recuerdo que este es el momento en el que leía más relatos cortos, por aquello de no llevar libros gigantes a todas partes ni quedarme con historias a medias si me iba de viaje, así que me he decidido a poneros otro de nuevo, a ver que sale esta vez, porque llevávamos una recua de asesinatos…
Creo que a todos nos va la novela negra y de aventuras, pero esta vez, toca ciencia-ficción, a ver si os animáis igualmente.
“Llevaban ya dos meses en la nave de transporte y aún quedaba otro para llegar a la estación de servicio. Aunque las comodidades de esta cápsula eran mucho mayores que aquella primera en la que había viajado hacía 20 años, seguía siendo un receptáculo navegando al antojo de un universo cambiante y que en los largos períodos de travesía, podía jugarles malas pasadas. Sin embargo, esta vez, puede que fuera porque ya no tenía los anhelos de juventud de la primera, viajaba mucho más tranquila, con más aplomo y eso le permitía explorar con curiosidad las dependencias de la nave.
Recordaba aquel primer viaje con cariño, había estado flirteando con uno de los primeros oficiales y éste le había explicado todos los protocolos de funcionamiento de la nave, presumiendo de su experto juicio, por supuesto, para impresionarla. Para una novata como ella, asistente de vuelo, aquello era un precioso conocimiento que le serviría de mucho en años venideros, aunque, por supuesto, eso no lo sabía todavía. Sin embargo, ahora le asaltaba de nuevo una duda que, desde entonces, se había mantenido durante años. En la cabina de mando había una pequeña rendija a la derecha que tenía un botón de color verde chillón con un cartel que rezaba “No pulsar”. Cuando le preguntó a aquel aguerrido oficial por él, éste tan sólo contestó con evasivas e intentó invitarla a su camarote más tarde. Con el paso de los años, hizo la pregunta una y otra vez, pero nunca obtuvo una respuesta clara.
Ahora se preguntaba si tal vez podría… “
Categoria: Historias de folletín
Escrito por Sonia Seijas on Miércoles, 14 of Enero , 2009 at 14:10
Hace mucho que no os pongo una de esas historias para continuar de las que os ponía antes, así que, para que no se os oxiden las neuronas en este 2009, aquí va una nueva propuesta, despertad vuestra fértil imaginación y dadle una continuidad, se titula:
“La alfombra”
“El teléfono no había dejado de sonar durante toda la mañana, así que había tenido que pasearse pasillo arriba, pasillo abajo durante todo ese tiempo mientras en su cabeza sólo brillaba un pensamiento… comprar un inalámbrico. Dos, tres, cuatro llamadas… lo peor de todo, es que ninguna de ellas era importante, vendedores de seguros, llamadas equivocadas, su cuñado para pedirle la taladradora nueva… nada trascendental y, sin embargo, lo distraían de su trabajo cada poco tiempo y de nuevo iniciaba la caminata a lo largo del pasillo. Con el paso de las horas, se dió cuenta de que cada vez que el teléfono sonaba y se ponía a andar, se levantaba automáticamente y al llegar al pasillo bajaba la vista y miraba cómo sus pies recorrían aquella alfombra cuyos dibujos raídos recordaba de tantas veces… ¿o no? Después de hacer el amago automáticamente un par de veces, cayó en la cuenta de que los dibujos de la alfombra no le resultaban familiares, es más, la alfombra en sí no era en absoluto su vieja alfombra persa, con la que apenas compartía la gama de colores. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Cuánto tiempo llevaba allí aquella alfombra? Intentó recordar alguna conversación con Lucía en la que ella le hubiera transmitido aquel cambio, pero no la recordaba y, ahora que ella se había ido sin dejar rastro no podía preguntarle. Esto hizo que volvieran a su mente los recuerdos dolorosos de los últimos días, quieto, en mitad del pasillo mirando a una alfombra que no era la suya y con el ruido apremiante del teléfono de fondo.
¿Qué habría pasado con su vieja alfombra? Intrigado, se puso los zapatos y decidió subir al trastero para ver si en un amago de misericordia, la persona que había hecho el cambio había decidido almacenarla allí. Por el camino, se preguntaba cómo era posible que hubiera pasado días paseando por encima de ella sin notar que no era realmente la suya…”
Aquí os lo dejo, a ver si os animáis y creamos una historia chula entre todos ^___^
Categoria: Historias de folletín
Escrito por Sonia Seijas on Miércoles, 22 of Octubre , 2008 at 15:47
He pensado que hace muchísimo tiempo que no os pongo una historia de las de folletín, ya sabéis de las que yo pongo el principio y vosotros la seguís por donde os plazca. Así que allá voy…

“Los viejos árboles hablan de historias ya pasadas, de hombres y mujeres que vivieron y murieron bajo sus copas, que amaron y odiaron llorando encaramados en sus ramas. Pero hay árboles, como el de esta historia, que encierran grandes secretos y cuya misión va más allá que la de cualquier arbol mundano.
Nuestro pequeño sauce no parecería, en realidad, de este tipo de árboles, ya que era delgado y de aspecto enfermizo, pero poco a poco dejó crecer sus ramas y, aunque estas pesaban muchísimo y caían hacia el suelo, a los niños les gustaba esconderse entre ellas y los mayores agradecían ese cobijo fresco los días de sol y el amparo que ofrecía en los días de lluvia. Así que no es de estrañar que el arma del crimen fuese a parar a sus raíces, al fin y al cabo era tan buen sitio como otro cualquiera…”
Categoria: Historias de folletín
Escrito por Sonia Seijas on Martes, 12 of Agosto , 2008 at 9:54
Esta vez, va por oriente nuestra historia para continuar. Es que hace mucho que no os pongo una …
“Ella había prometido volver y darle una respuesta, pero Yoshiaki esperó durante muchos días e incontables noches y no llegaba. Cuando se hubieron cumplido cuatro años desde la partida de su amada, decidió que saldría a buscarla y averiguaría por qué no había cumplido su palabra.
Mientras preparaba sus enseres para partir, recordaba cada día de los que había pasado a su lado y cómo ella le había relatado la maldición que pesaba sobre su destino. A pesar de todo, Yoshiaki se descubrió admirando la melancólica belleza de Tokito y su fuerza al hablar. Poco a poco se enamoró de ella y no tardó en confesarle sus sentimientos y su intención de convertirla en su esposa. Su sorpresa fue que ante tal expectativa, Tokito le recordó entre sollozos que era una muchacha maldita que nunca podría corresponder a sus sentimientos mientras esa maldición pesase sobre su espalda, el despecho deun hombre la había marcado para siempre y eso no podría cambiarlo nadie.
O eso había pensado Yoshiaki.
Al día siguiente, se encontró una carta de Tokito en la que se despedía de él y prometía volver cuando hubiese conseguido romper la maldición, para eso, iba al encuentro del único que ella creía que podía hacerlo. El hombre que la había maldito. El mismísimo shogun Matsukawa…”
Categoria: Historias de folletín
Escrito por Sonia Seijas on Miércoles, 28 of Mayo , 2008 at 12:52
Hace tiempo qeu no subo una Historia de folletín para continuar, así que aquí va. Esta vez, cambio completamente el registro y me paso a la fantasía, a ver si no termina todo en muerte-destrucción como siempre, aunque lo dejo en vuestras manos…
“Alrededor del camino no se percibía nada, eso la tranquilizaba enormemente, porque era consciente de que llevaban tres días caminando apenas sin parar y todos estaban cansados. Eso disminuía la alerta y podía resultar fatal en esta parte del continente. La misión de esta ocasión le había dado una sensación rara desde el principio, siempre decía que se fiaba mucho de sus instintos y ahora, cada poro de su cuerpo le decía que había sido una mala idea aceptar el dinero. Aunque claro, era MUCHO dinero… con tantas piezas de oro podría retirarse una buena temporada y pagar las deudas pendientes, ya casi no había herreros que quisieran arreglar sus armas en tres comarcas a la redonda. Pero aquello seguía sin gustarle. Justo en ese instante se dió cuenta de que no se había preguntado para qué podía necesitar un viejo bibliotecario una armadura tan pesada y tan antigua, pero el comerciante le había pagado buen dinero para que la transportara y, sobre todo, para que nadie abriera el arcón en el que iba depositada.
Aunque despertaba enormemente su curiosidad, no tenía intención de desperdiciar el botín por eso. Ahora le preocupaba mucho más que algún salteador, o algo peor, decidiera que el arcón tenía aspecto de llevar algo valioso y decidiera aventurarse a intentar robarlo. No es que no confiase en su equipo, pero dado que Satxa y Naiara no habían podido acudir en esta ocasión, había tenido que reclutar nuevos compañeros y no estaba segura de haber elegido bien…”
Categoria: Historias de folletín
Escrito por Sonia Seijas on Viernes, 14 of Marzo , 2008 at 0:25
Aquí va la nueva historia, un ligero cambio de registro, a ver si funciona tan bien como la otra. Y, de paso, agradecer a todos los que habéis ayudado a continuarla.
“A las 10 de la noche todavía no estaba terminada la salsa y los invitados empezarían a llegar antes de que estuviera lista si seguía así, pero por más que abría y cerraba cajones, no era capaz de encontrar la dichosa albahaca, que era el ingrediente fundamental. Estaba empezando a sentirse ansiosa y desesperada, realmente era una cena muy importante y quería que todo fuera perfecto.
- ¡Naia! ¿Has visto la albahaca por alguna parte? - su tono sonaba ya a un último intento esperanzador, pero la respuesta fue negativa y ahí terminaron sus opciones, no le quedaría más remedio que salir a comprarla- Salgo un momento, si llega la gente, pon los entrantes que he dejado preparados en el salón.
Naia era lo mejor que le había pasado el último año, era cariñosa y realmente atractiva, después de muchas relaciones tormentosas y que le hacían sentir culpable por su lesbianismo, la había encontrado a ella, que había sido su amiga, su cómplice y luego la mejor amante que recordaba. Por eso era tan importante, quería que todos compartieran este precioso momento con ellas.
Bajó las escaleras corriendo, poniéndose la cazadora y haciendo un repaso mental de dónde podría comprar a esas horas la albahaca de las narices. Se maldecía por haberse olvidado de ella hasta ese momento y se prometió a sí misma comprar kilos y kilos para que no volviera a pasarle esto.
Salió del portal y dirigió sus pasos hacia la calle Donosa donde estaba el 24 horas que siempre le salvaba de estas situaciones. La calle estaba desierta, lo que le pareció bastante raro ya que no era muy tarde. Al cabo de un rato noto un escalofrío en la nuca, como si no estuviera sola y empezó a escuchar sonidos extraños, pequeños gruñidos y golpes suaves que la envolvían a pesar de estar apretando el paso cada vez más….”
Aquí os lo dejo… a ver qué sale.
Categoria: Historias de folletín
Escrito por Sonia Seijas on Miércoles, 12 of Marzo , 2008 at 20:20
Bueno, después de esperar un tiempo prudencial, y gracias a las colaboraciones que habéis escrito, la historia de “En el umbral” ha finalizado, acabo de escribir ahora mismo el final, así que si queréis podéis leerlo a ver qué os parece, y puesto que es así, toca empezar una nueva. Cambiaremos de registro y de planteamiento y la colgaré esta noche, a ver si sale tan bien como esta.
Gracias a todos por continuarla ^_^
Categoria: Historias de folletín
Escrito por Sonia Seijas on Viernes, 18 of Enero , 2008 at 16:58
He decidido abrir una sección nueva, como veo que todos tenéis mucha iniciativa y además una imaginación colosal, he pensado que sería bonito abrir de vez en cuando un post de estos. Le he llamado “Historias de folletín”, porque me recuerda a las novelas esas que se publicaban por capítulos hace tiempo o las telenovelas radiofónicas a las que estaban tan enganchadas nuestras abuelas. La idea es la siguiente: yo propongo el inicio de una historia, la de esta semana la he llamado “En el umbral” y escribo un trozo, de manera que lo dejo abierto para que vosotros, de forma encadenada, vayais continuando la historia a ver qué sale de esto.
¿Qué os parece la idea? Espero que os guste tanto como a mí y resulte entretenida para todos. Serán como nuestros relatos por entregas particulares. Intentaré que siempre varíen de género y tipo, así veremos qué se nos dá mejor ^_^. Incluso he pensado que cuando acabe el relato, haré una foto de algo que me recuerde la historia y la colgaré, si consigo encontrarla, claro. Ahí va el primero:
“Llevaba años siguiendo la misma rutina cada primer domingo de mes, se levantaba de la cama, recogía los churros que siempre encargaba en la panadería de la esquina y compraba el periódico que amablemente le reservaba Moncha. Ella le sonreía siempre desde detrás del desordenado mostrador, con su carita redonda y sus ojeras cultivadas en años de cuidados a sus cuatro hijos y su difunto marido. Le contaba algún chisme de la vecindad intentando crear un vínculo cómplice entre ellos, pero él se sacudía las monedas del bolsillo, con aire ausente y le pagaba murmurando una breve despedida antes de marcharse. Si fuera otro domingo cualquiera, tal vez sonreiría y le dejaría creerse más próxima a él, pero el primer domingo de mes no, esos domingos siempre eran diferentes.
Terminaba de desayunar más bien tarde, con respecto a lo que hacía normalmente y se tomaba su tiempo en arreglarse y recortar su bigote, que tenía casi tantos años como su creciente alopecia, pero de momento, aún tenía un buen porte y era consciente de su atractiva madurez. Así que intentaba sacar lo mejor de sí mismo y se disponía a hacer la hora de camino que le separaba del sanatorio. Durante ese tiempo, siempre pensaba en todos los domingos que habían precedido a ese durante los últimos 10 años y en por qué seguía haciendolo. Así que, cuando llegaba, siempre ocurría lo mismo: bajaba del coche, subía el sendero a través de los jardines hasta la entrada principal y entonces, la imagen de ella le asaltaba tan nítida como si la tuviera delante, y se quedaba allí, en el umbral, con el corazón palpitando y sin poder dar un paso más. Era por eso que sus amigos llamaban a esos domingos, “los domingos del umbral”. Pero esta vez tenía que ser distinto, esta vez tenía que verla, era consciente de que podía ser la última y tenía tantas cosas que decirle, tanto que explicar…”
¿Os atrevéis a seguirla?
Categoria: Historias de folletín