Escrito por Sonia Seijas on Martes, 1 of Diciembre , 2009 at 15:16
El otro día, en el cumpleaños de una amiga, estuvimos viendo fotos de su reciente viaje a tierras niponas y recordé que no había terminado todavía mi crónica del viaje y mi autopromesa de que esta vez la haría al completo (aunque fuese tarde) y no como en el viaje del 2007 que la dejé a medias. Así que he decidido ir terminando la crónica sea como sea, porque sólo quedan un par de días y no quiero faltar a mi palabra.
El decimotercer día de viaje era uno de los más esperados, porque íbamos a desplazarnos a Miyajima (宮島), una ciudad de la isla de Itsukushima (厳島), muy cerquita de Hiroshima y a la que yo no había tenido oportunidad de ir en el otro viaje. Me hacía mucha ilusión visitar esta isla, porque es donde se encuentra el torii en medio del mar que siempre sale en un montón de fotos y que, os puedo asegurar, visto en directo impresiona muchísimo más.
Antes de subirnos en el shinkasen camino a Miyajima, decidimos visitar el mercado de Kyoto. Ya sabéis que me encantan los mercados, coon todos esos colores y olores, pero los japoneses me gustan especialmente, porque hay tanta variedad de alimentos distintos y todos rodeados de muchísimas especias y tan bien presentados y con cartelitos dibujados . Me cansé de sacar fotos y olisquearlo todo como si fuese un perro policía. Dentro de la dieta japonesa, abundan los vegetales y los encurtidos, así que imaginaros lo bien que se lo pasó una vegetariana como yo en el medio de todo ese derroche culinario.
Pero, al final, aún así, optamos por la deliciosa comida para llevar que se sirve en los seven eleven de todo Japón. La verdad es que hay muchísima variedad y lo más típico es llevarse un Bentō (弁当), me decidí por un sandwich, un Onigiri (お握り) y algo de postre, porque la verdad es que estas bolas de arroz, bueno, en este caso más bien triángulo de arroz, me traen loca.
Como podréis imaginaros, como Miyajima es una isla, no se puede llegar en shinkasen hasta ella, sino que llegas a un punto en el que tienes que subirte en un barco. Sin embargo, si teneis un precioso pase de JRPass como el que sacamos nosotros, no te supondrá un problema, porque se va en shinkasen hasta Hiroshima y desde allí hay una línea de metro superficial (de Japan Rail también) que en 8 paradas de deja en Miyajima-guchi donde te bajas y sólo tienes que subirte al ferry hay 5 minutos a pie en linea recta y además las líneas JR también operan allí así que sólo tienes que buscar un ferry que ponga JR en gigante y subirte en él. La verdad es que a estas alturas del viaje ya estábamos todos un poco cansados y creo que fue una buena elección el hacer noche en esta isla, porque te transmite una paz y un reposo que no he encontrado en ningún otro sitio de Japón.
La verdad, es que no os recomiendo meteros dentro del ferry, a no ser que haga mucho frío. Lo impresionante es ver la isla y cómo os se va uno aproximando al puerto. A lo lejos el torii se va haciendo cada vez más grande y si viajais en primavera como nosotros, podréis ver manchones de cerezos en flor alrededor de todos los templos. Sentí una paz inmensa conmigo misma mientras nos acercábamos, con el viento congelado en la cara y pequeñas gotas del mar nipón salpicándome. Creo que fue uno de los momentos más espirituales del viaje. Ahora, con la vorágine que tengo de trabajo y que no me da tiempo apenas ni de pensar en lo que hago, hecho de menos un poco de esa paz que respiré esos apenas 10 minutos que dura el trayecto. Esa sensación me la traje conmigo y la guardo para momentos de mucho estrés, para los que no tengo ni siquiera tiempo de ir a plantar mi cara al gélido embite del aire marino cuando bate en las rocas. Justo para esos.
En fin, después del momento metafísico, sigamos. Una cosa que llama mucho la atención a los viajeros, es la enorme población de ciervos que hay en la isla y lo acostumbrados que están al ser humano. De hecho, no os aconsejo que dejéis nada de papel al alcance de su boca, porque lo devorarán antes de que seais capaces de reaccionar. Si se os ocurre darles algo de comer, os pasará lo mismo que os conté sobre las cabras de la Ruta del Cares, os perseguirán hasta que les deis algo más y los más osados, incluso se atreverán a daros unos toquecitos con su cabeza.
Nuestro hotel estaba en el lado opuesto al torii de la isla. Para que os hagáis una idea y no os perdáis si llegais algún día, os dejo un simpático mapa en castellano, donde salen hasta los ciervos de los que os hablaba antes, además de todos los templos que puedes visitar.
Como os decía, nuestro hotel estaba hacia el oeste, subiendo una preciosa cuesta de cerezos y justo frente al mar. Tardamos un buen rato caminando en darnos cuenta de que tenían un servicio de recogida justo donde nos dejó el ferry, pero realmente mereció la pena el trayecto porque el paseo era precioso.
Casi todos los hoteles de Miyajima son muy tradicionales, de hecho, os encontraréis con el problema de que todos ellos van con cena incluída y por lo tanto el alojamiento os saldrá un poco más caro. En la isla no hay demasiados sitios donde cenar, sí donde “picar” algo, pero para cenar está muy complicado porque todos los restaurantes cierran muy pronto. Incluso nuestro hotel, cerraba las puertas a las 10 y hasta por la mañana ya no podías volver a entrar. Lo bautizamos como el hotel de los Johnny’s, porque todos los chicos que trabajaban allí eran muy jóvenes y tenían aspecto de cantantes de pop. Algún día os explicaré qué es eso de los Johnny’s, pero lo cierto es que te choca al entrar en un hotel que vengan a quitarte los zapatos y te pongan las zapatillas en los pies. Lo difícil es volver a encontrarlos al día siguiente, jeje
La verdad es que las vistas desde la habitación del hotel fueron un sueño hecho realidad.
Luego, bajamos a visitar la zona del paseo que va desde el embarcadero hasta el primer templo. La verdad es que a esas horas, primeras de la tarde, había muchísima gente, que se fue retirando poco a poco conforme fueron avanzando las horas. Encontré un hombre que recreaba monstruos de cine y otras cosas con piezas de bicicletas viejas, increíble, porque sólo podías verlas si te acercabas muchísimo, de lejos parecía simplemente una figura hecha con hierros y poco más.
Además, tuvimos ocasión de probar alguno de los alimentos típicos que se ofrecían en los puestos ambulantes de camino al templo. Un consejo, por mucho que le veáis buena pinta a un trozo de pata de pulpo o calamar ensartada en un palo, preparad una dentadura a prueba de todo para poder roerlo, porque se hace casi imposible!!
El santuario sintoísta de Itsukushima, es el más conocido de la zona. El sintoísmo o Shinto (神道 “el camino de los Dioses”), es una religión que nació en Japón y que no tiene los mismos paradigmas que las demás, de hecho ni tiene fudnador, ni reglas, ni ídolos…. símplemente, se expresa a través de ella el amor por la naturaleza e intenta en todo momento que todos sus elementos estén en armonía con ella. Supongo que por eso esta isla me ha impactado tanto, poruq etoda ella es un enorme santuario (de hecho de ahí viene su nombre “isla santuario” más o menos) y me imagino que por eso decidieron que su santuario se adentrase en el mar y formase parte de él, así como el torii por el que se llega a su entrada a través del mar. Este impresionante pórtico está construído en madera de alcanfor y mide 16 metros de altura, que parece poco, pero que visto en vivo impresiona bastante, la verdad. Dentro del templo en sí, hay como tres zonas difreneciadas el Heiden, donde habitan los dioses; el Haiden, donde sólo pueden entrar los sacerdotes y el Haraiden, donde puede entrar cualquiera a rendir culto. Nos contaron en el hotel, que esta era una zona donde se hacían muchas representaciones teatrales y musicales en la plataforma de entrada que está justo en frente del torii. Hay que pensar que en esta isla, al ser considerada sagrada, no se permitió durante mucho tiempo la entrada a mujeres (ya que no se podía ni nacer ni parir en ella) y los viejos eran muchas veces trasladados porque tampoco se podía morir en ella.
Y esta es la preciosa foto del torii anocheciendo. Os recomiendo que esperéis a que se ponga el sol para poder disfrutar de una vista tan increíble, si sólo lo veis de día no os daréis cuenta de lo hermoso que puede llegar a ser con el cambio en los colores y la iluminación conforme va apagándose la luz del sol.
En los alrededores del templo hay un montón de cerezos y una pagoda preciosa a la que hay que acceder subiendo unas escaleras. Tenéis que ir temprano para que no os pase como a nosotros, que tanto la pagoda como el templo de la parte superior, tuvimos que verlo solo por fuera, porque ya habían cerrado al público. Recordad que en Japón los horarios son totalmente distintos a los del mundo occidental.
Como buenos gaijines (una palabra japonesa un poco despectiva para designar a los “extranjeros”), nos bajamos atravesando el campo, en lugar de por el camino como los buenos japonesitos ^__^
Por el camino, de vuelta al hotel, encontramos un montón de cosas curiosas y graciosas, de las que más, los cartelitos que tienes para meter la cabeza y sacar la foto, que en Japón parecen de rigor en cualquier parte. Debe ser que a ellos les hace mucha gracia. Y además, la pala de servir arroz más grande del mundo, delante de la que Isidoro, como buen cocinero de profesión, posó la mar de orgulloso.
Una vez de vuelta en el hotel, descubrimos cómo controlaban la población de ciervos… no diré más. Yo no tuve ocasión porque soy vegetariana, pero alguno creo que se imaginaría que se estaba comiendo al bambi que había acariciado por la tarde.
¡Ya queda menos! Esta vez tengo que terminarla al completo sea como sea.
Escrito por Sonia Seijas on Miércoles, 3 of Junio , 2009 at 15:05
Una de las cosas que echo más de menos en Japón es lo divertidas que son las salas de videojuegos allí. La mayoría son juegos muy interactivos y, sobre todo, diferentes de todo lo que se puede ver por aquí que casi siempre se resume en pegar tiros o juegos deportivos. No es que sea muy buena en los videojuegos, pero con algunos lo paso realmente bien. Es el caso del Taiko, que allá se encuentra en un montón de salas y que se basa en los míticos tambores grandes japoneses. Lo pasé pipa, sobre todo porque se puede jugar a dobles y María y yo hacemos un buen equipo
La idea es ir siguiendo las notas que salen en la pantalla con los palos, que por cierto son durísimos y me hicieron una herida en la mano. Creo que no lo hicimos del todo mal, hasta parece que somos profesionales y todo, lo que pasa es que yo tenía que golpear con casi todo el cuerpo, jeje, desventajas de ser pequeñita.
El sistema es muy simple, las notas salen de dos colores, rojas y azules. Cuando son rojas tienes que golpear en el centro del tambor y si son azules en los bordes exteriores. A veces salen notas más grandes y en esas tienes que golpear con las dos baquetas o si salen notas alargadas, tienes que golpear repetidamente. Lo que se ve en la pantalla es más o menos esto. (¿os suena la canción?)
En fin que es una buena manera de pasarlo bien, incluso cuando te equivocas de nota.
¡Ains! Qué morriña. ¿Cuál es la máquina con la que mejor os lo habeis pasado en una sala de máquinas?
Escrito por Sonia Seijas on Miércoles, 20 of Mayo , 2009 at 14:56
Parte de la cultura juvenil popular en Japón es el fenómeno de las Purikuras, que en realidad es una de esas pronunciaciones raras de los japoneses de “PrintClub” (ahora entenderéis por qué no entiendo ni una palabra cuando un japo intenta hablarme en inglés, ¿no?). En realidad, se trata de una máquina similar al típico fotomatón de toda la vida, pero llevado al universo nipón, que convierten en algo digno de coleccionistas casi todo. Supongo que para aquellos que tengan más o menos mi edad, no será algo extraño el recuerdo de una típica máquina de estas y meterte dentro con tu pareja para sacarse una foto juntos. Recuerdo que allá por los noventa o finales de los ochenta era muy común.
Pues bien, en Japón tienen unas maquinitas como estas, en las que por 400 o 500 yenes te sacas unas tres o cuatro fotos, con una cabina muy ámplia, de modo que puedes hacer todas las muecas y posturas que quieras y caben varias personas dentro. De hecho, nosotros, en la Torre de Tokio, comprobamos cuántos españoles entraban en una de estas cabinas, con este resultado…
Lo bueno de estas máquinas y por lo que son tan populares, es porque tienen unos fondos muy diversos y después de haber hecho la foto te permite durante unos minutos retocarla con muñecos y otras cosas, que quedan muy simpáticas. De hecho, hay sitios, como en el edificio de la Taito de Akihabara, que hay una zona de Purikuras sólo para chicas, donde te prestan incluso disfraces para hacerte las fotos.
Las cabinas son más o menos así, ya véis que tienen un montón de publicidad de artistas japonesas, para llamar la atención, sobre todo de las chicas que son las que más consumen este tipo de “entretenimiento”. Sobre todo porque te da la opción de imprimirlas o enviarlas a un móvil y las usan muchas veces, para enviarlas a amigos, novios o a sí mismas. Muchas chicas las coleccionan como coleccionábamos aquí los cromos, pero en este caso mucho más personal, claro.
Después, las pantallas de retoque, son algo parecido a esto.
El problema es que está toooodo en japonés y a veces no te entiendes muy bien. De hecho, la primera vez que estuve en Japón, me gasté 1000 yenes sólo para aprender cómo funcionaba la dichosa de la maquinita. Las chicas japonesas son unas profesionales en el posado, tanto, que al acabar, la máquina te permite subir tus fotos a una especie de ranking en el que la gente vota qué fotos le gustan más. Vamos, todo un fenómeno. La verdad es que a mí las maquinitas estas me encantan, creo que en este viaje las probamos todas, o por lo menos todas las que encontramos
Este es el resultado de unas gaijin (extranjeras) en apuros dentro de una máquina de purikura. Juro que salen así de la máquina, nada de retoques posteriores.
Ya podían traerse una maquinita de estas para aquí…. ¡Mañana quiz!
Escrito por Sonia Seijas on Viernes, 1 of Mayo , 2009 at 11:47
Como hoy es el día del trabajo, vamos a seguir trabajando con la crónica.
El único día que llovió durante el viaje, fue precisamente el día en que visitamos Hiroshima. Tenía muchas ganas de hacer esta visita, sobre todo por el componente histórico, ya sabéis que a mí la historia me gusta mucho y no solo la historia antigua, como a mucha gente, sino toda la historia, desde la más antigua a la más reciente. En concreto, leo mucho de historia de Japón, sobre todo porque es algo que no encuentras mucho en los libros normales de historia que vas estudiando a lo largo de tu vida, bueno, hasta llegar a la II Guerra Mundial, que sale como el país malo que se metió en la guerra y luego se llevó el pepinazo (pepinazos más bien) de Truman en su “demostración de fuerza” más sonada. Así que hoy iba a ser un día especial. Tan especial que fue el único día que llovió en todo el viaje y además, llovió con ganas. Nos cogimos el Shinkasen por la mañana tempranito, en las estaciones sólo tenéis que buscar estos letreros grandes y luego ir buscando el andén, está todo muy bien señalizado, así que no tendréis problema. Lo que os puede pasar, es lo que a nosotros, que lleguéis tarde a sacar el billete y sólo queden asientos reservados en vagones de fumadores y creedme, para un no fumador el ir en un vagón de estos puede ser un calvario durante más de una hora (o lo que dure el trayecto). Me puse una nota mental para nunca volver a esperar tanto para sacar un billete de Shinkasen. Peor lo pasó el pobre japonesito que le tocó a mi lado, creo que como no me vió sacar ningún paquete de tabaco le daba corte fumar a él y sólo pudo fumarse un pitillo en todo el trayecto. Estuve tentada de comprarle algo a la chica que pasa siempre con el carrito de la comida a ver si así le daba menos corte al pobre hombre, pero al final, esperé paciente a que el trayecto terminara y poder salir de aquel vagón-neblina.
Para ir hasta Hiroshima, hay que coger la misma línea de Shinkasen que lleva a Himeji, así que no tiene pérdida, porque es la que pasa por Osaka. Como llovía tanto, tuvimos que comprarnos dos paraguas en la estación y yo me cagué mentalmente en mi idea de ponerme mis botas de tela para esta visita… mis pies iban a acabar como dos lanchas anegadas de agua, pero bueno, ya no tenía remedio. Al salir de la estación hay una línea de tranvías que te llevan directamente a la zona del museo y el parque, si cogéis la línea 2 concretamente, en unos 15 minutitos os dejará justo en la zona de la cúpula. No os equivoquéis porque el tranvía se paga al bajar no al subir, una cosa que me resultó muy curiosa, así que intentad llevar el importe justo o cambiado porque los japoneses bajan muy rápido y al revisor no le gusta que la gente se ”relentice”, creo recordar que eran unos 160 yenes o así. Así que, como el día no era muy propicio para andar de paseo, nos dirigimos directamente al Parque conmemorativo de la Paz y el Gembaku Domu, que es lo único que queda en pie de la antigua ciudad.
Hay que pensar que Hiroshima (”isla ancha” en japonés) está contruida sobre varias islas de un delta, así que si queréis situar el parque y el museo, pensad que está en la parte norte de lo que sería la isla. Todo en esta ciudad parece un enorme grito a la paz, desde los monumentos a los nombres de algunas calles. Al bajar del tranvía lo primero que encuentras es la cúpula de la bomba atómica, que aquí llaman Gembaku Domu y que hasta la explosión de la bomba era el edificio de Promoción Industrial de la ciudad. A pesar de que la bomba explotó casi encima de él, parte de su estructura se mantuvo en pie y, como veis, fue convertida en un símbolo para el recuerdo de algo que no debería haber sucedido jamás. El edificio impresiona, la verdad, porque todavía están tirados los cascotes por el suelo y las vigas están todas retorcidas, casi parece que la bomba acabase de caer en ese preciso momento.
Todo el parque dela paz está montado en la confluencia entre los ríos Ota y Motoyasu, así que cuando llegas al Gembaku estás en una de las orillas del Motoyasu y tienes que cruzar hasta la mitad del puente Aioi, que está justo enfrente para llegar al parque, hay muchos otros puentes a lo largo de los dos ríos, pero por este podéis entrar justo a la zona donde está la Campana de la Paz. Como estamos en la época, el parque y el jardín están todavía más bonitos porque por todos lados aparecen cerezos en flor y estoy segura de que si no lloviera, todo se vería mucho más colorido todavía. Entrando en el parque (aquí lo llamanHeiwa-koen), como os decía, está la campana, que puede incluso tocarse, supongo que para dejar constancia de que deseas la paz, igual que ellos.
Bajando hacia el sur por el parque, se encuentra el Monumento Conmemorativo de la Paz de los Niños, que es quizás uno de los que más llama la atención del parque, porque la parte superior es una niña extediendo los brazos hacia el cielo con una grulla volando sobre ella. Debéis saber que la grulla, en Japón, es un símbolo de felicidad y de longevidad. Os explico esto, porque este monumento está inspirado en una niña japonesa, llamada Sadako (nada que ver con la de la película de miedo “The Ring”) que estaba enferma de leucemia a causa de la radiación de la bomba. Ella estaba convencida de que si conseguía hacer 1000 grullas de papel conseguiría sanarse, porque hay una antigua constumbre japonesa que dice que la persona que lo haga hace realidad todos sus deseos, ya sabéis que además aquí el origami (para nosotros, papiroflexia) es un elemento básico de su historia cultural, no un juego para niños como en nuestro caso. Lo cierto es que Sadako no consiguió hacerlas todas porque murió antes, pero en Japón se convirtió en un símbolo y, de hecho, este monumento siempre está lleno de grullas que mandan niños de todas las escuelas del país. Creo recordar que leí en algún sitio que parte de las grullas que se exhibían (no sé si eran las originales de Sadako o no) se quemaron porque un universitario les plantó fuego como forma de protesta, pero no recuerdo muy bien dónde. Lo que sí es cierto es que dentro del museo se conservan algunas, las podéis ver en la foto, son pequeñísimas, como del tamaño de una uña y que aquí, en el monumento, había un montón de ellas colgadas por todas partes. Por eso, supongo yo, son tan apreciadas como símbolo de paz y buena fe.
A la izquierda de este monumento hay una especie de túmulo conmemorativo, y un poco más abajo un cenotafio que tiene los nombres de todas las víctimas conocidas de la bomba (seguro que hay muchas más) y que contiene las cenizas de muchas de ellas que se incineraron aquí, muy bonito con una especie de arco en piedra desde el que se puede ver al fondo la LLama de la Paz, de la que se dice que sólo se apagará cuando todas las armas nucleares del mundo hayan desaparecido del todo, cosa que me parece del todo irreal, sobre todo después de estar dentro del museo y ver la cantidad de ellas que hay repartidas por todo el globlo. Fue curioso, porque cuando llegamos debían estar grabando una especie de documental y se veían camaras y focos por todas partes que enfocaban a un grupo de ancianos. Al fijarnos más, nos dimos cuenta de que eran veteranos de la II Guerra Mundial, pero no sólo japoneses, sino también americanos, que habían formado una especie de equipo de softball y que estaban presentando sus respetos en la zona del cenotafio. Fue muy emotivo, la verdad, ver toda esa gente tan mayor, que seguramente habrá pasado todo el dolor y el rencor de la guerra y que, sin embargo, han seguido adelante y han encontrado un elemento común para estar juntos olvidando todo eso.
Y llegamos, una vez pasados los árboles fénix, llamados así porque tienen todavía conservan parte de sus copas con quemaduras de la bomba, como decía, llegamos al museo. Sólo 50 yenes de entrada, supongo que algo simbólico, nos llamaron la atención. Pensé que era un modo que tenían los japoneses de decir que no estaban orgullosos de lo que había dentro del museo, pero no podía llegar a imaginar lo que me esperaba. Es posible que yo sea demasiado sensitiva para este tipo de cosas, igual hay muchas personas que lo hayan visitado y que no les haya impresionado en absoluto, pero a mí me ha dejado una marca importante y un recuerdo de cómo podemos ser de destructivos los seres humanos. En estos casos, al menos para mí, el fin no justifica los medios, cuando se trata de gente inocente y menos de esta forma. Aún recuerdo aquella frase de “no crecerá nada en siete décadas en Hiroshima” y sin embargo aquí están, reconstruyendo una ciudad sobre el recuerdo de algo terrible, pero totalmente nueva y con hambre de futuro. Ya quedan pocos hibakusha, que es el nombre que se les da aquí a los supervivientes de la bomba, y cada vez más se olvida todo lo que pasó aquí, porque ellos cada vez son menos y tienen voces más débiles. Es bueno que existan sitios como estos, sobre todo para no olvidar, que es algo que la humanidad tiende a hacer demasiado a menudo.
Dentro del museo hay tres zonas bien definidas, en la primera, al entrar, se encuentra expuesto cómo era la ciudad antes del estallido de la bomba, cómo vivían la guerra y hay dos maquetas que muestran el antes y el después de la explosión, hay muchos documentales y muchos paneles donde tienes cantidad de información, de hecho, en la entrada por 300 yenes te dan unos cascos en español que te van explicando todo paso por paso. También hay un reloj donado por el hijo de una de las víctimas que se paró en el momento exacto de la explosión. Esta parte impresiona, pero es algo que puede aparecer en cualquier museo del mundo, aunque el ver la maqueta en imagen real te deja pensando un rato.
Luego, tras una reproducción de la cúpula, se entra en una serie de salas que hablan de cómo está ahora el mundo en cuanto a armas atómicas, lo cual asusta bastante, además de un documental donde salen las “perlas” de frases que nos dejó Truman en la época de las bombas y con las que intentaba justificar un poco las decisiones que tomó. La verdad, viendo la cantidad de cabezas nucleares que hay por el mundo, no me extañaría nada que si la gripe esta, que antes era porcina y ahora es un cúmulo de letras y números, no acaba con la raza humana, cualquier día nos cargamos el planeta con unas cuantas de esas. Me parece increíble que no se haya aprendido nada de esto, me gustaría una máquina del tiempo para que los dirigentes de todos los países pudieran pasear, durante las horas siguientes al bombardeo, por Hiroshima y ver el resultado de una bomba de este calibre. Y ya no me pongo a hablar de armas biológicas porque me pierdo…
Hasta aquí, aún lo fui llevando con dignidad, quizás más cabreada que impresionada, pero me faltaba la última parte del museo. De esta no hay demasiadas fotos, porque me quedé sin fuerza hasta para apretar el botón de la cámara. Me dicen muchas veces que soy demasiado empática, que soy capaz de mimetizar todos los sentimientos de los que me rodean y que eso me afecta demasiado muchas veces, tal vez sea cierto o tal vez no, pero salí de esta parte del museo con ganas de llamar al tipo este de la película “Ultimatum a la Tierra” y decirle que nos exterminara de una vez del planeta para que las especies siguieran su curso sin tener que pasar por estas cosas. Realmente es impresionante. No sólo por las cosas que se ven, como botellas deformadas, un buda medio derretido, aparatos retorcidos en ángulos increíbles… sino por las personas. Hay ropitas de niño medio calcinadas que en algún momento tuvieron una personita dentro, huesos de personas… hasta la sombra en unos escalones, que son los restos calcinados, lo único que queda de una persona que estaba sentada allí. Una persona. Ahora sólo polvo en unos segundos… Demasiado para mí, prefiero no escribir más porque sólo recordarlo me pone la piel de gallina, sólo deciros, que si de verdad vais y lo miráis detenidamente con los ojos de vuestra alma seguro que no podéis salir indiferentes.
Esto es todo el equipo médico que tenían en un primer momento para auxiliar a la gente. ¿Cómo se os queda el cuerpo?
Despés de eso, compramos un bento para comer en el shinkasen de vuelta y algunas bolas de arroz, que a mí me pierden. Si tenéis tiempo de parar, en el segundo piso de la estación de metro de Hiroshima, hay unos locales en los que os hacen el okonomiyakiin situ, que además es una de las especialidades de la zona (igual que de Osaka), así que no perdáis la ocasión porque están deliciosos. Nosotras teníamos prisa así que no pudo ser, pero compramos un montón de cosas ricas para probar, entre ellas dulces. Ya sabéis las galletitas no estaban muy ricas, pero lo que compramos que venía envuelto en una hoja de bambú estaba delicioso, con sabor como a turrón, en el vídeo lo podéis ver ^__^
Además hice mi primera de las 1000 grullas, no vaya a ser que la historia sea cierta, en cuanto las acabe todas, os contaré si realmente se cumplen los deseos o no. Estoy pensando que en otro post os colgaré el modo de hacerlas, por si alguien más se anima ^_^
Como os había prometido, saqué alguna foto dentro de la estación de Kioto, que como os dije es una maravilla arquitectónica para mi gusto, además de ser realmente preciosa. Dentro hay un sinfín de tiendas, sitios para comer y todo en este entorno tan ámplio y bonito que han creado, un buen sitio para pasar un buen rato en un día lluvioso como el de hoy.
Escrito por Sonia Seijas on Sábado, 25 of Abril , 2009 at 18:07
Hoy era el gran día, el día en que nos convertiríamos durante un ratito en maikos, igual que las autóctonas, aunque claro, europeas y de pega. La verdad es que yo ya lo había hecho la otra vez y el resultado había sido increíble, así que este año decidí repetir y las niñas y un par de los chicos decidieron hacerlo conmigo. Si resulta que alguna vez vaís a Kioto y os animáis a esta experiencia, en mi opinión, el mejor sitio para hacerlo es en Studio Shiki, donde lo hicimos nosotras, porque la calidad de los tocados, el maquillaje y los kimonos es altísima y por un momento te sientes una maiko de verdad. Hay variedad de planes y precios para todos los gustos y es fácil de encontrar porque se encuentra en pleno Gion, muy cerquita del templo Kiyomizu.
Os recomiendo que os llevéis la dirección, porque está en una calle muy estrecha y es muy difícil de encontrar.
Así que aquí tenéis:
351-16, Masuyacho, Kodai-ji Temple Minami-mon, Higashiyama-ku, Kyoto
TEL: 075-531-2777(Open at 9:00AM, reception until 5:00PM)
Bueno, después de dos horas, en las que nos maquillaron, nos vistieron y revistieron, porque no sé si recordáis que ya os había contado que las maiko y las geiko llevaban mucha ropa encima, y toda muy atada, de modo que llegué a la conclusión, después de ponerme el traje la otra vez que había dos cosas muy importantes: era imposible que se visitiesen solas y no me extaña que estuviesen tan tiesas, si con tanta cuerda es imposible doblarse. En definitiva, esta vez me decidí por un kimono celeste, porque el de la otra ocasión ya había sido rojo, este era precioso, con flores de cerezo, igual que los de las niñas, aunque tengo que reconocer que me gustaba muchísimo más el del año pasado… tengo debilidad por el rojo!
Como véis en ningún momento he dicho “geisha” y es que, como ese nombre se lo han apropiado, a través de los siglos, ciertas mujeres que cultivaban más el arte de los placeres carnales que los del entretenimiento propiamente dicho, las auténticas geishas de Kioto prefieren llamarse geikos. Son, fudamentalmente, animadoras profesionales muy cotizadas, que además suelen tener una clientela fija de hombres de negocios, danzan con abanicos, tocan el shamisen y se especializan en el arte de la conversación. Cuando todavía son aprendices, se llaman maikos, que es lo que nosotras elegimos, en parte porque los tocados del pelo son mucho más vistosos. Si queréis intentar ver una por Kioto, puede que tengáis suerte en Gion-kobu, en Pontocho, en Miyagawa-cho o en Kamishichi-ken, aunque es rarísimo verlas, en realidad suelen ser japonesas que, como nosotras, quieren sentirse por un día en la piel de estas mujeres tan especiales.
Esta zona de Kioto es preciosa, porque todavía conserva un aspecto de lo más tradicional. A mí, Gion, es una de las cosas que más me gustan de esta antigua capital, no solo porque creo que aquí es donde reside realmente el corazón tradicional de Japón, sino porque cada dos pasos puedes encontrar una cosa que llame tu atención. Siempre llego con sobrecarga sensorial cuando recorro estas calles, todo me gusta, todo lo quiero y además, a cada rato encuentras un templo o un pequeño altar. Hay que pensar que en principio Gion nació para cubrir las necesidades de los visitantes y la gente de paso de esta zona, lo que fue derivando en las conocidas casas de té donde los japoneses satisfacían realmente todos sus apetitos. Más tarde también se trasladó a esta zona parte del teatro kabuki y pasó a considerarse una especie de paraíso terrenal donde todo lo deseable para el cuerpo y el espíritu de un hombre podría encontarse. Realmente un sitio para perderse. Si tenéis tiempo, dejad el mapa en casa y que vuestros pasos os guíen a través de sus callejuelas, seguro que no os arrepentiréis.
De vuelta habíamos quedado para comer en un restaurante al que le tenía muchas ganas, porque la otra vez no había tenido ocasión de ir y eso que compré el kimono justo en frente. Como os dije arriba, esta zona era una zona de “deshinibición” para los japoneses y este restaurante es un claro ejemplo. Es fácilmente reconocible porque tiene en su puerta un muchacho al que un perro tira de los pantalones hacia atrás, si os situáis en el pasadizo del Pontocho y seguís hasta la casa de geishas más grande que hay (una que hace esquina con unas pareces rojizas muy llamativas), es el callejón que hay justo en frente.
Pues bien, dentro, en todas las mesas hay colocada una muñeca vestida con kimono tradicional y que realmente parece “viva”, en parte es para acompañar a la gente que va a comer sola supongo y para decorar un poco más el local. Todo alrededor tiene ese aire erótico-picante, desde las tablillas de madera que adornan las paredes, hasta la comida en sí misma. El único plato que se puede tomar es una especie de okonomiyaki envuelto y que es picante… como todo ^__^ Además a la salida se puede ver una pequeña reproducción de la calle del local, un toque más para un local que merece la pena visitar, aunque si no os gusta el picante, mejor pedid solo té.
Esta es la pinta que tienen los okonomiyakis mientras se están cocinando, como véis son una especie de pizza, aunque la masa parece más una especie de torta y a la que colocan encima un montón de ingredientes, siempre típicos de la zona donde lo comáis.
Al terminar de comer, tocaba ruta, porque había que caminar hasta el sureste de Kioto, a la caza de los toriis del FushimiInari. De camino encontramos muchos templitos pequeñitos, desde los típicos con las entradas rojas, hasta uno muy simpático que estaba lleno de figuras de cerdos y que bautizamos como el “Templo Xabarín”, los que no sean gallegos que piquen aquí.
Pero yo solo quería ver uno, así que nos separamos brevemente y me fui a la búsqueda del Templo Sanjusangen-do, que es la estructura de madera más larga del mundo y que tiene un pabellón central, más bien, un pasadizo que es increíble. Su nombre se debe a que, como está dedicado a la diosa Kannon y a esta se le atribuyen 33 manifestaciones, los pilares de madera están separados por 33 (sanjusan en japonés) espacios a lo largo de todo el edificio. Dentro encontramos la preciosa imagen de Kannon con sus mil brazos (y que según el folleto fue tallada por un artista llamado Tankei con 82 años de edad) y rodeada de un montón de pequeñas reproducciones. Antes de llegar a ella, imponentes y silenciosas 1001 reproducciones de la propia diosa en un dorado tirando a bronce que es precioso con la luz del atardecer. Dentro no hay luz, así que tan sólo puede verse el reflejo de la que entra por los portones del pabellón, impresionante. Una lástima que no dejen sacar fotos, así que las que cuelgo aquí no son mías, sino sacadas de la web, porque intento en la medida de lo posible respetar este tipo de normas, el arte para mí es importante y el preservarlo todavía más. Para aquellos que no lo sepan, esta diosa es la diosa de la misericordia y éste es un templo budista, por eso tiene imágenes, recordáis que os había dicho que los sintoístas no las tienen, ¿verdad? Los 600 yenes de la entrada estaban más que bien gastados para mí, si queréis ir directamente desde la estación de Kioto, creo recordar que las líneas 100 y 206 os dejan allí y, si no, en metro, aunque os aviso de que el de Kioto es mucho más caótico que el de Tokio, de hecho, es frecuente encontrarse con varias estaciones que se llaman igual y podéis liaros un poquillo. Sé que hay cierta época del año, si no me equivoco, el domingo anterior al Día de la mayoría de edad, que se hacen competiciones de tiro con arco a la antigua usanza, donde compiten solo chicas, pero me temo que tendrá que quedar para otra ocasión. Lo que véis al final es un caleidoscopio que pone algo así como “la mirada de buda” o algo por el estilo.
Este es uno de esos tantos monjes que te encuentras por Kioto, si véis alguno y os sobra una moneda, dádsela, ya que han hecho casi todos voto de pobreza y viven sólo de lo que les da la gente.
Y por fin, tras tantas peripecias, llegamos al Fushimi Inari, que se llama así porque está consagrado a la deidad del arroz y el sake (Inari) y que podéis reconocerlos fácilmente por los zorros de piedra que tienen como guardianes. En esta zona tiene mucho sentido ya que el distrito de Fushimi es uno de los más reconocidos productores de sake de todo Japón. Esta construcción tan llamativa, salía en la película Memorias de una geisha, si la habéis visto, seguro que la reconocéis de inmediato.
Al llegar, presentamos nuestros respetos al templo, por supuesto, haciendo sonar los grandes cascabeles o campanas que hay en muchos de ellos y mi hermana tentó a la suerte grabando unos rezos de un monje, cosa prohibida en principio, para que yo ahora lo recupere y os lo ofrezca para vuestro deleite. Pensad que la cámara es la de fotos y no tiene mucha calidad, pero podréis oir los mantras, que es lo importante.
Gracioso fue cuando, al llegar a las escaleras, algunos ya estaban esperando y en concreto uno, descansaba con un cartelito de “Tipical Spanish Siesta”, que es una lástima que no haya salido mejor en la foto, porque era digno de verse ^__^
Luego, subiendo las escaleras desde el templo, ya empieza la caminata bajo los toriis, que son esa especie de puertas rojas tan llamativas. Todos ellos fueron donados por hombres de negocios, que querían pedir prosperidad en sus actividades, por eso la mayoría de ellos vienen con inscripciones y grabados. No creo que podáis haceros una idea de lo que impresiona realmente ver toda esta avenida desde dentro, cuando parece que no va a tener fin y que sigue habiendo toriis y más toriis a pesar de lo mucho que avances. Realmente me hacía una idea de cómo sería, por la película, pero una vez aquí, superó todas mis expectativas con creces. Eso sí, si tenéis pensado repetir esta visita, llevad calzado cómodo y preparaos para andar y mucho.
Al llegar a medio camino, hay muchos puestos donde podéis pararos a tomar un té, un refresco o los Kitsune udon, un plato de fideos (un poco más gorditos que los normales) que se llaman así por los zorros (kitsune) tan típicos de estos templos que os comenté antes. Es una zona, además, donde ya no solo hay pasadizos de toriis, sino que hay toriis de madera, de piedra y todos colocados encima o debajo de altares, colgando en ramas de árboles. Por todas partes hay toriis, como si la gente los trajese aquí para pedir por la prosperidad de su vida. Ya os digo, encontraréis toriis enormes y otros pequeñitos y por supuesto, un montón de esculturas de piedra de zorros y otros animales. Impactante, supongo que a ellos les pasará igual cuando ven la Semana Santa andaluza ^_^
En el medio de tanto torii también pude encontrar esos retazos de colores que tanto me gusta robarle a la naturaleza y un verde que me recordó a mi Galicia por un instante. ¡Qué morriña!
Algo que me llamó mucho la atención, es la cantidad de gatos que vimos durante el trayecto. Realmente había muchísimos y estaban limpios y bien cuidados, como si la gente de la zona se encargase de su cuidado. Sin embargo, cuando intentábamos acercarnos para acariciarlos parecían bastante recelosos, a lo mejor los gatos japoneses también distinguen los gaijines, jeje.
Al terminar la ruta, ya de vuelta y realmente exhaustos, aún tuvimos tiempo de sacar un par de fotitos interesantes. Una de uno de esos cascabeles que hay que menear para que espanten los malos espíritus y atraigan la buena suerte sobre nosotros, una nueva figura de un buda, que aunque no lo parezca en la foto era enorme, y una talla en madera, tan grande como yo y hecha de un solo tronco. Me maravilló la destreza del artesano, realmente espectacular.
Y encontramos una especie de cortezas que sabían parecidas a los cheetos en España, la caña, aquí todo es ir probando hasta que encuentras sabores reconocibles. En fin, muchas cosas, pero de wifi nada, no fui capaz de robarla ni en la plaza de la estación central de Kioto.
Escrito por Sonia Seijas on Domingo, 19 of Abril , 2009 at 18:29
Hoy todos se iban a la excursión que hace ruta por los templos principales de Kioto, pero como yo ya la hice el año anterior, me decidí a hacer una escapada por libre hasta Himeji y poder visitar su palacio y sus jardines. Desde Tokio hay una linea de JR (ya os comenté el último día las ventajas del “Lilu-multipase”, alias Japan Rail Pass), que en un shinkasen te deja en una horita en Himeji, así que aproveché a levantarme tempranito para estar sobre las 10 y media allá. Así que, desde la estación de Kioto, que para ser una ciudad tan tradicional tiene una estación central que es una maravilla arquitectónica, cogí un tren hacia allí. Otro día, que tenga menos que escribir os contaré algo más de esta preciosidad de estación y os colgaré alguna fotito más de las que tengo. Una cosa curiosa son las figuras de Astroboy y de Simba el león blanco que hay en la entrada principal y que son personajes míticos de padre del manga y el anime: Osamu Tezuka. Justo en frente hay una torre de comunicaciones, que tiene un mirador al que podéis subir y que, sobre todo al anochecer, ofrece unas vistas de Kioto impresionantes.
Este es más o menos el aspecto que tienen las vías de casi todas las estaciones de metro por dentro. Si coincide que estáis en una estación donde pasan trenes de alta velocidad y coincide que pasa un Shinkasen que no tiene parada en esa estación, puede pasaros como a mí. Os llevaréis un susto al sentir como todo el aire parece estallar alrededor de vosotros al pasar, por supuesto, los japoneses están mucho más acostumbrados que yo, porque ellos ni se inmutan. A mí, creedme, me dió un sususto de muerte.
Una vez cogido el Hikari, en una hora ya estaba en Himeji y, antes de que me diese tiempo de mirar dónde podría encontrar la oficina de turismo para preguntar la ruta para llegar al castillo, me encontré de frente con un cartel enorme en la estación que señalizaba hacia dónde ir para llegar al castillo, así que asunto arreglado. De todas formas, no hay pérdida, os diré que saliendo de la estación de JR, sólo tenéis que seguir la gran avenida que hay justo en frente, después de diez minutos a pie más o menos ya estaréis casi a las puertas del complejo del castillo. Durante toda la caminata podréis ver muchas estatuas y árboles que adornan el camino. A ambos lados hay muchas tiendas donde podeis parar a comprar y, ya en la entrada del castillo, hay tiendas pequeñitas con souvenirs muy bonitos y un par de restaurantes típicos donde se puede parar a comer al salir.
Los cerezos siguen floreciedo, así que la entrada en el castillo fue espectacular, con todo el jardín de la entrada lleno de florecillas blancas y la vista del castillo al fondo. Los japoneses no le llaman castillo de Himeji, como nosotros, sino Shirasagi-jo, que significa “castillo de la garceta blanca”, porque dicen que desde algunos ángulos el blanco de los muros parece un ave que vaya a remontar el vuelo. La verdad es que es uno de los mejores conservados de todo Japón y que para mí tiene un valor especial, porque fue aquí donde Akira Kurosawa rodó los exteriores de su película Ran, y verlo en directo es como un sueño hecho realidad. Nunca lo diría cuando hace casi 15 años vi por primera vez esa maravillosa película. Aunque la edificación en esta elevación de terreno fue inicialmente sólo militar y se inició allá por el siglo XIV, el castillo tal cual se puede ver hoy no estubo completo hasta 1609, cuando se edificó la torre de cinco plantas que es el centro del complejo y 1618, que se añadieron los edificios adyacentes de la zona occidental. Realmente es un a visita imprescindible si estáis por la zona y la entrada apenas cuesta 600 yenes, así que se puede dar por bien empleado. La visita marcaba más o menos 1h y media, pero a mí me llevó más de 2, porque al estar en la semana de vacaciones de primavera, había muchísima gente por todo el castillo y me llevó mucho tiempo llegar hasta el último piso de la torre principal.
Sobre este pozo, que hay cerca del segundo patio, hay una leyenda que dice que en él habita el espíritu de una sirvienta que fue asesinada por sus compañeros cuando reveló los planes que tenían para matar al señor del castillo. Se dice que su espíritu no descansará tranquilo porque cuando ellos se enteraron la arrojaron al pozo y la dejaron morir ahí y nunca tuvo un enterramiento digno, ya que el señor nunca supo qué había sido de ella. En la wikipedia, sin embargo, pone que la sirvienta fue ajusticiada porque se la culpó de robar un plato valioso, tendré que investigar cuál es la verdadera leyenda… La verdad es que mirando al interior del pozo da un poco de mal rollito, sobre todo porque tienes que subirte sobre los laterales para poder mirar dentro y da un poco de vértigo, además, el cerezo que florece justo encima, parece tender sus ramas al espíritu de la pobre muchacha, ¿no os parece?
Una de las cosas que más me llamó la atención del castillo fue, no sólo el que estuviera tan bien conservado por dentro y por fuera y que la gente fuese tan respetuosa, sin tirar papeles ni nada, sino también la de vueltas que hay que dar entrando y saliendo por puertas para llegar a la base de la torre principal. Supongo que esta era una manera de evitar que los enemigos llegasen demasiado pronto en caso de ataque. Así, pasé al lado de la Torre de la Vanidad, donde dormían la princesa del castillo y el resto de concubinas y el Patio del Suicidio, que según pude leer, parecía destinado al seppuku de los samurais, pero que no está demostrado que se usase finalmente para eso. La verdad es que es un patio bastante separado en el lado oriental, con murallas muy altas, donde podrían cometer ese suicidio ritual en privacidad, pero ya os digo, en realidad no puede saberse si finalmente ocurrió alguna vez. Al margen de eso, me fijé mucho en los tejados, las murallas inclinadas, que aquí llaman “de abanico”, pensadas para dificultar la escalada y los preciosos arcos de las puertas que conectan unos patios con otros. La verdad es que me he cansado de hacer fotos.
Una vez dentro de la torre principal, te hacen descalzarte y te dan unas zapatillas si quieres y una bolsa para el calzado que lleves, por eso yo siempre recomiendo llevar calcetines limpios y sin “tomates” en Japón, en un montón de sitios te hacen descalzarte y tienes que estar preparado. Mucha gente no quiere las zapatillas, pero os recomiendo que las cojais porque en los escalones superiores la madera está muy pulida y si vais sólo con los calcetines tenéis muchas probabilidades de resbalar y caer escaleras abajo. Con lo empinadas que son una buena culada os la llevaríais seguro.
Conforme vas subiendo, las plantas son cada vez más pequeñas, por eso en las dos primeras han situado unas urnas con un montón de objetos históricos del castillo de la época feudal, que van desde los símbolos que lucían las entradas, pasando por manuscritos de la época (incluyendo un diario del propio Sakai Tadasumi, que habitó el castillo desde mediados del siglo XVIII hasta la Restauración Meiji), los sellos que utilizaban para firmar los documentos, un documento sobre las medidas exactas que debía tener una espada e incluso las espadas del propio Sakai.
También se exponen, además de armaduras propias de los samurais, algunas armas de fuego, como las que se pueden ver en la parte del museo de armas y que intodujeron los portugueses allá por el siglo XVI. La verdad es que son pocas, cuando entras, esperas ver muchas más, pero sólo pensar que todo esto fue utilizado de verdad por los samurais hace cuatrocientos años ya le da un valor que no se puede comparar con nada.
La parte más alta de la torre es apenas una habitación, que cuando hay tanta gente como en esta ocasión, casi no te permite ni disfrutar de las vistas ni del pequeño altar que hay en el último piso. Aún así, me armé de paciencia y, a pesar de tener que esperar para encontrar un rinconcito por donde mirar, pude disfrutar de la ciudad de Himeji desde lo más alto e incluso, presentar mis respetos ante el altar.
En casi todas las partes del tejado hay pequeñas figuras de peces, Shachigawara se llaman aquí, con pequeños delfines que representan una critatura que los samuaris creían que protegían a la torre de las llamas y evitaba que pudiese ser quemada. Además, en el interior, se puede ver una maqueta del castillo y los alrededores donde se puede apreciar los intrincados caminos para llegar al corazón del castillo, además de muchas puertas-trampa que hay por todo el exterior y los patios adyacentes.
Una amable japonesa me hizo una foto con el castillo antes de salir, dos horas y pico después. Creo que les hacía mucha gracia mis bombachos o a lo mejor mis medias de rayas, porque me los señalaba y decía “kawai”, que es algo así como “mono” en japonés. Como ya era casi la 1 y tenía miedo de quedarme sin poder comer, me fui a los restaurantes que están en frente del castillo y pedí mi comida, esta vez todo en japonés, me propuse intentar practicarlo todo lo que pude, hoy que estaba yo sola y no me importaba chapurrearlo, nadie vendría a vacilarme, jejeje. De las frases que más he usado hoy: “Kore o kudasai” (”Quiero esto por favor”) o “Ikura desuka” (”¿cuánto cuesta esto?).
Hay algo que tenéis que aprender de Japón, es que si algo parece un dulce y tiene pinta de chocolate podéis llevaros una desagradable sorpresa al llevároslo a la boca. Lo más normal es que se trate de una pasta dulce de judía que es muy habitual aquí y con lo que rellenan casi todos los dulces que hacen. Hoy tuve la suerte de poder ver una tienda de dulces donde se podía ver la máquina con la que los hacían. Me encantan estos aparatejos, el ver cómo van saliendo las galletitas con la forma del castillo es divertidísima. La pasta que se ve en la segunda foto encima de una de las partes de la galleta es la pasta de la que os hablaba, parece chocolate, pero no lo es y ni el sabor ni la textura se parce en absoluto, así que preguntad antes de comprar ningún dulce, los chicos lo han bautizado como “veneno negro”, aunque a mí realmente no me parece asqueroso, diferente sí.
Al acabar de comer ya eran las dos y pico así que tenía que decidir si subía a visitar el complejo de templos del monte Shosha, donde se rodaron algunos de los preciosos exteriores de la película de El último samurai, o me acercaba a la parte oeste de la zona del castillo donde se ha habilitado el emplazamiento de las antiguas residencias de los samurais y, aprovechando las callejuelas entre las casas, se han creado nueve jardines con las especies autóctonas. Se llama Koko-en y al final fue mi elección, sbre todo porque necesitaría más de una hora sólo para ir y volver de Shosha, y el shinkasen de vuelta era para las 6, así que tenía miedo de ir demasiado justa de tiempo. Así que allá me fui, por 300 yenes, entré a los jardines, donde me harté de sacar fotos. ¡Qué cosa tan bonita! Las vistas, la paz, lo cuidado de los jardines, además, no sé muy bien por qué, pero los jardines no estaban tan abarrotados de gente y pude disfrutar mucho más de la visita y como además me gustan poco las flores… disfruté cada segundo allí dentro. Con calma, haciendo fotos, sin prisas, oliendo cada rincón, cada planta, cada flor.
A media visita me paré en un pequeño salón de té que hay dentro de los jardines, por unos pocos yenes pude tomar un té verde, el más delicioso que he tomado nunca, sentada en esos ventanales que veis en la foto y contemplando parte de los jardines. Una sensación realmente increíble, ahora entiendo un poco más la filosofía contemplativa de los monjes zen, realmente con algo tan pequeño puedes alcanzar una sensación de paz tan grande que te da la sensación de que el tiempo va a pararse a tu alrededor.
Los japoneses se partían de risa cuando vieron a una gaijin (”extranjera”) posando delante de su cámara que estaba apoyada en una roca enfrente a ella. He descubierto que una buena forma de hacerse una autofoto cuando estás sola, es usando el temporizador de la cámara y buscando un buen encuadre.
Como al salir aún tenía un poco de tiempo, decidí acercarme por el City Museum of Literature para ver si podía encontrarle algo curioso a cierta filóloga que conozco y que es de las más vocacionales del mundo, sin lugar a dudas. Crucé el río y me perdí, porque los callejones de Himeji son todavía más incomprensibles que los de la zona de Gion en Kioto, todo son callejuelas sin nombre que se entrecruzan y muchas de ellas acaban en calles sin salida. Por suerte, mientras estaba mirando el mapa, intentando encontrarle sentido a los cruces que tenía delante de mí, una bici se paró a mi lado y una chica muy maja me preguntó en perfecto inglés (algo extraño en una japonesa) si estaba perdida. Le dije lo que buscaba y ella me indicó el camino muy amablemente, resulta que era profesora de inglés y que además llevaba mucho a sus alumnos al museo así que me dió unas indicaciones muy buenas. La verdad es que tuve muchísima suerte, hasta que llegué al museo y los dos guardias que había en la puerta me dijeron que no podía entrar porque el museo cerraba a las 4 y media y eran ya las 5. Como ya os dije alguna vez, aquí todo cierra muy pronto, así que lo único que pude traer de recuerdo es la foto del museo que, por otro lado, es precisamente conocido porque es un edificio diseñado por Ando Tadao, un arquitecto contemporáneo de muchísima fama aquí. Lo construyó para el centenario de la ciudad y tenía muchas ganas de verlo, en primer lugar porque los edificios de este arquitecto normalmente son edificios muy bonitos, con mucha luz y grandes espacios diáfanos y porque quería poder ver las obras delos autores locales que guardaba, pero bueno, quedará para otra ocasión, cuando pueda volver para visitar el monte Shosha.
Como no pude visitar el museo de literatura, me metí, camino de la estación, en otro museo de literatura un poco más mundano, una especie de Book off de libros de segunda mano, donde encontré desde mangas hasta libros sobre películas y donde compré (no me llaméis friki, no pude resistirme…) El señor de los anillos en versión japonesa. Así podré practicar la lectura en japonés cuando haya avanzado lo suficiente en la escuela de idiomas. La verdad es que podría pasarme un día entero rebuscando en tiendas como esta, ojalá hubiese muchas más en España. No, pensándolo bien, mejor que no porque si no no saldría de ellas. Revolviendo, revolviendo encontré incluso una versión japonesa de una novela española que me gustó especialmente este año pasado: La sombra del viento. Curioso, cuando menos.
Y luego, a emprender el camino de vuelta a Kioto para ver cómo le había ido al resto del grupo. Al llegar aproveché para sacar algunas fotos anocheciendo cerca de la estación, que con esta luz se ve realmente preciosa. Hoy creo que ya me he pasado escribiendo y con las fotos, ¿no? La siguiente entrada, nuestra aventura con los mil tooris ^__^
Escrito por Sonia Seijas on Jueves, 16 of Abril , 2009 at 13:57
Al noveno día toca desplazamiento a Kioto. Nos alejamos del bullicio y las pantallas y luces de Tokio para visitar durante unos días la antigua capital, donde hay mucho más de ese regusto tradicional que apenas llegamos a vislumbrar estos primeros días. Se dice que en Kioto no puedes dar más de cien pasos sin tener a la vista un templo y probablemente sea así. Sin embargo, para aprovechar el desplazamiento, decidimos visitar Osaka antes de hacer noche en Kioto. Si tenéis la oportunidad de un desplazamiento así, os lo recomiendo porque realmente la distancia entre Osaka y Kioto es mínima y si no váis cargados con maletas, el pasar el día en Osaka para verla es algo que merece realmente la pena. Es como un pequeño Tokio, pero con un aire menos cosmopolita, o al menos a mí me lo parece. Para hacer grandes desplazamientos por el país, podéis por ejemplo coger un Japan Rail Pass, que os sirve para usar durante una semana, quince días, un mes… depende del tiempo que lo necesitéis y podéis coger todos los Shinkasen que queráis, es decir, los trenes de alta velocidad. Bueno, los Hikari, que son los que aparecen en rojo en la foto, porque los otros son los Nozomi y no están incluídos en el pase.
Nosotros bautizamos a este cartoncito que te dan como “Lilu multipase” en honor a la película de “El quinto elemento”, jeje. En nuestro caso, era para una semana (con unos 25.000 yenes de coste más o menos) porque el desplazamiento Tokio-Kioto de ida y vuelta casi cubría ese precio y así, por espacio de una semana puedes usar todos los transportes de la JR (Japan Rail) que quieras y para desplazarnos luego a Hiroshima y a Miyajima, que hay un ferri de esta compañía nos venía de perlas. Los vagones del Shinkasen son muy ámplios y tienen unos letreritos que te van cantando los destinos en japonés y en inglés, así que no es problable que os paséis de parada. Para un viaje largo como el nuestro, unas dos horas y media, se puede aprovechar y echar un sueñecito en los cómodos asientos, además pueden darse la vuelta para crear un pequeño reservado. Durante todo el trayecto hay chicas que van pasando para ofrecer comida o bebida, igual que en los aviones, porque la gente los usa muchísimo. Imaginaros el trayecto de A Coruña-Madrid en un tren supercómodo en poco más de dos horas, sería increíble.
Pudimos además probar uno de los famosos “vagones cenicienta” o vagones “sólo para mujeres” que hay en algunos metros. Debido, sobre todo en horas punta, a los tocamientos que a veces se ven sometidas las mujeres por los pervertidos que se dedican a sobarlas por todas partes, se decidió sacar estos vagones, en los que sólo pueden subir mujeres. Me contaba alguien que, de hecho, se habían vuelto incluso más atrevidos y que algunos ahora hasta llevaban tijeras para cortar la falda de las chicas y poder meter mejor la mano… O_o Alucinante! Es de las pocas cosas que me llama la atención de un país con tan poca criminalidad, supongo que es en parte por el carácter de las mujeres japonesas, que aunque estés sufriendo eso en el metro, lo soportarían en silencio rezando para poder salir cuanto antes de ese vagón o porque algún “caballero” se dé cuenta de la situación y las ayude. Una europea, probablemente, se liaría a mamporros, o por lo menos las gallegas que conozco seguro que sí. Nos decía María que la recomendación allí era gritar “Chikan” que significa “pervertido” para intentar que desistiera en su empeño. El caso es que hoy hemos probado uno, muy rosa, por cierto.
Y llegamos a Osaka. Al igual que casi todas las grandes ciudades japonesas, tiene una zona más antigua donde se pueden ver templos y un poco la mezcla esa entre pasado y presente que aquí está casi en todas partes, para eso lo mejor es ir a la zona del Parque de Tennoji, donde al norte hay un par de templos para visitar un par de calles para pasear desde donde se pueden sacar unas fotos preciosas. Pero si tenéis solo un día, como nosotros, es mejor visitar las galerías comerciales y la zona Este, donde está el castillo y la zona de Tsurumiryokuchi que tiene unos jardines espectaculares, con molino de viento incluído. Así que, al bajarnos de la estación, nos dirigimos hacia la zona de Minami, a la estación de Namba cerca de donde están todas las galerías y donde se puede comprar un montón de cosas relacionadas con la comida, desde los bentos, cuencos, palillos…. y donde casi perdemos a Isi, que es cocinero y se quedó maravillado con la zona de los cuchillos. Cerca de esta zona hay un mini-Akihabara donde se pueden comprar también multitud de productos electrónicos.
Para comer nos dividimos porque uno de los problemas que tiene Japón, si no quieres gastar mucho en la comida, es que los locales tradicionales son pequeños y un grupo grande de personas es difícil de acomodar. Así que algunos acabaron comiendo bolas de pulpo, otros curri, sushi, etc. Los sushi-bar son muy fáciles de encontrar y si no tenéis reparos por el pescado crudo, por unos 800 yenes podéis comer sushi hasta hartaros, normalmente piden 130 yenes por plato que trae dos trozos bien decentes de sushi, así que es bastante barato, además de que tiene la ventaja de que podéis ver in situ cómo lo preparan, porque la mayoría tienen a los cocineros en el medio y alrededor una barra giratoria donde van colocando los platos.
Si os llama la atención lo de la mascarilla, no es que haya ninguna emegencia vírica, sino que los japoneses suelen ponérsela cuando están acatarrados para no transmitir los virus al resto de la gente. Aunque yo tengo la teoría de que muchos la llevan aunque no lo estén sólo por esa obsesión que tienen con la higiene y lo aséptico.
Las alcantarillas allí son casi como una obra de arte y en todas partes encuentras pequeños inventos, como el aparatito que vimos para acoplar un paraguas a la bici y que no se mojen.
Bueno y aquí fue donde atacó la Migrañator Godzila y caí redonda, así que no pude hacer otra cosa que tomarme la pastilla y marcharme al hotel. Así que los chicos siguieron la visita sin mí. Desde siempre he sufrido las migrañas, pero esta vez me cogió un poco de improvisto porque empezó muy rápido y las pasé canutas para llegar al hotel. En fin, que os dejo las fotos de la visita que hicieron los chicos al castillo de Osaka, si hay algo que les llamó la atención especialmente a ellos, espero que lo añadan en los comentarios. ^__^ Mañana más!!
Escrito por Sonia Seijas on Domingo, 12 of Abril , 2009 at 10:23
Bueno, al octavo día ya es momento de empezar la veda de compritas y, en nuestro caso, como teníamos un encarguito de la niña Sara, decidimos irnos a las tiendas de segunda mano de ropa lolita de Harajuku. Así que nos levantamos tempranito decididas a probarnos todo de todas las tiendas si era preciso.
Si alguno de vosotros tiene oportunidad de ir a Japón y le gusta la ropa tipo punk, gothic, lolita o en ese estilo tan propio de los japoneses os recomiendo que os paséis por el callejón que hay en frente de la estación de Harajuku, porque hay millones de tiendas donde os podéis perder, si no tenéis mucho presuspuesto mejor no llevéis tarjeta de crédito, porque en muchos casos os podéis encontrar gangas a las que no podréis resistiros si tenéis oportunidad. Para que lo veáis más gráficamente, en la foto de abajo, lo de la izquierda es la estación de Harajuku, a la derecha, con una flecha os marco la entrada del callejón que podéis ver mejor en la segunda foto. No tiene pérdida.
Y si queréis echar un ojo antes de ir, podéis haceros una idea de qué os váis a encontrar en tiendas como Closet Child que tiene tienda allí con ropa desde Vivienne Westwood hasta de Moi-meme-Moitie (de nuestro querido Mana) y que está más o menos en la mitad de la calle. Luego, si queréis buscar tiendas donde podáis comprar online o por simple curiosidad, para ver la ropa que ofrecen, tenéis tiendas como Putumayo, Baby, Angelic Pretty, Metamorphose, etc. todas estas, por ejemplo envían internacionalmente. Yo, por ejemplo, creo que tiendas como Excentrique que es una de mis preferidas y donde me compré el corset que me traje, o Innocent World son más complicadas para comprar a nivel internacional, normalmente se requieren intermediarios, como por ejemplo Casapato, donde se pueden encontrar muchas cosas además de ropa. Me dejo ya de tienditas y si he metido la pata en alguna, ya tengo ahí a María para que me corrija.
Después de probarnos todo lo habido y por haber y de haber comprado unas corbatas preciosas (otra de mis debilidades), una, en especial con una arañita que traje para mi marido es preciosa. Si no me sacan de allí, me gasto todo el presupesto en corbatas y camisetas, que había unas de Vivienne que quitaban el hipo, pero tan caras… En fin, el caso es que era hora de comer, no sé si ya os había comentado que en Japón, más te vale buscar un sitio para comer entre las 12:30 y las 2 o 2:30, porque si no toca ir a un McDonalds o algo parecido. Así que buscando encontramos una joya de sitio que os pongo por si alguna vez váis por la zona, está justo al otro lado del puente de Harajuku, pasando por el puente elevado que cruza la carretera, seguis un poquito y a mano izquierda os encontraréis con un par de restaurantes. Pues bien, el que os digo está en el segundo piso (en la foto se ve el ventanal con un 2F). El ramen y las empanadillas están buenísimos, pero además ponen buena música (nos recibieron con X-Japan ^__^) y si tenéis suerte y podéis ocupar una de las dos mesas de la ventana tendréis unas preciosas vistas del famoso puente del Harajuku y la gente que pasa por allí.
Después de una comida fantástica y con unas vistas tan buenas, nos encaminamos hacia la Torre de Tokio donde habíamos quedado con el resto del grupo para ir a visitar el cementerio de los 47 ronines, en Sengakuji, en la zona de Shinagawa, no sin antes encontrarnos de camino otro bar español. En este viaje he encontrado un montón, debe tener razón todo el mundo cuando dice que España está de moda aquí. Lo cierto es que cuando la gente te pregunta de dónde eres y les contestas con un “Supeinjin desu” (”soy español”) te tratan mucho mejor. Parece ser que es un país que está muy bien considerado por aquí, por tierras niponas, aunque haya españoles que se bañen en el lago del jardín imperial en pelotas….
Volvimos a pasar por un par de templos de camino. La verdad es que no me canso de verlos, sobre todo porque en esta época hay multitud de cerezos en ellos y están realmente bonitos. Es una de esas estampas que no consigues olvidar jamás de Japón: la pulcritud y el mimo con el que tratan todas sus creencias y todo lo que las envuelve, desde los templos hasta los cementerios. Todo lo tratan con sumo cuidado y con muchísimo respeto, desde el momento en que entras en un templo, por muy bullicioso que esté o muy solitario, es como si respirases un aire distinto. Me encanta cómo se acercan a presentar sus respetos ante pequeños altares que están adornados dependiendo de la época y las festividades, no sé, es algo que no se vive habitualmente. Aquí no tenemos ese respeto o por lo menos yo no lo veo en la gente católica al 100%, tal vez es, en parte por mi propio escepticismo, pero me gustaría poder ver ese mismo respeto por lo tradicional aquí, cuando normalmente se vé como algo “atrasado” o “paleto”. Allí que una chica se vista de kimono y vaya al templo un fin de semana es normal… no me imagino a ninguna adolescente vistiendo de gallega para ir a misa los domingos, la verdad. Bueno, o para cualquier otra cosa que no sea un festival folk porque parece que si le ponemos la coletilla de “folk” es mejor. En fin, no me lío.
Siempre me ha gustado mucho la arquitectura y la forma de los cementerios, es algo que siempre me ha llamado mucho la atención, pero tengo que reconocer que los japoneses son realmente preciosos. Allí la normalida es la incineración, sobre todo por el poco espacio del que disponen, pero puedes encontrarte un cementerio casi al lado de cualquier templo en pleno Tokio.
Al llegar a la torre, mientras esperábamos estuvimos viendo un espectáculo callejero muy divertido. Me hizo mucha gracia la inteligencia con la que parecían entenderse los dos.
Al final no hubo ronines ni cementerio, en marzo cerraban demasiado temprano y ya no nos daba tiempo. Eso es algo que tenéis que tener muy presente cuando estéis de visita por Japón, y es que la mayoría de las cosas para ver, museos, parques y demás, suelen cerrar muy temprano, algunos antes de las 5 de la tarde, así que es mejor que os levantéis muy temprano y vayáis a verlo, porque correis el riesgo de quedaros sin poder hacerlo. Así que decidimos ir a Shibuya para localizar un par de sitios a los que queríamos ir y de paso ver si Patri podía hacerse la foto con Hachiko que tanto quería. Creo que la historia de este perro ya os la conté en el otro viaje, pero es curioso ver cómo la gente sigue tomándolo como punto de referencia para quedar en Shibuya. Si queréis localizarla, tiene una entrada/salida de metro justo en frente, no tiene pérdida.
Y rebuscando, rebuscando, encontré por fin la colina de los Love Hotels. Estos hoteles son muy populares porque son los que tienen habitaciones que se pueden alquilar por horas para que los chicos y chicas tengan un lugar donde “intimar”, por decirlo de alguna manera. Tienen sus orígenes en los antiguos salonés de té y ofrecen intimidad tanto a parejas casadas que, con lo pequeñas que son las casas en Japón, probablemente no puedan tenerla en casa o a jóvenes que tampoco pueden disponer de otro espacio. Se pueden alquilar por unas cuantas horas por unos 30€, que es lo más común, o para una noche entera por algo más del doble. Lo que los hace realmente curiosos son las decoraciones que tienen algunas veces las habitaciones (desde junglas hasta clases de instituto) y que puedes alquilar “juguetes” y “atuendos” para amenizar la noche, si queréis ver alguna foto, picad aquí. Para encontrar algunos, sólo tenéis que encontrar la “colina de los Love Hotels” que se encuentra al final de todo subiendo por la calle de la izquierda del famoso edificio 109. Si váis anocheciendo, las luces ya os indicarán un poco por donde ir.
Y para coronar con una guinda el pastel de hoy, encontramos el Christon Café, que tiene un local en Shinjuku y otro aquí en Shibuya. Subiendo por esa misma calle lateral del 109 que os comentaba antes, como a unos 100 metros en la acera de enfrente veréis la entrada, es grande, así que no deberíais pasárosla. Si no, para más aclaración, un mapita:
Es un local precioso, que abre de lunes a domingo de 5 de la tarde a 11:30 de la noche, excepto viernes, sábados y vísperas de festivo que abre hasta las 4 de la mañana. Lo tienen decorado por dentro como si fuese una iglesia y creedme cuando os digo que merece la pena verlo por dentro. Incluso si vais a cenar dos personas, tiene unos minireservados detrás de unos cortinones rojos que son la leche. La comida no es demasiado cara, pero no esperéis la abundancia de los locales tradicionales en Japón, aquí se trata de cenar con frugalidad, pagar cara la bebida (el agua la regalan siempre, pero el alcohol y el resto de bebidas es lo que pagas caro en casi todos los locales) y disfrutar de un buen postre si os apetece. Por unos 2.000 yenes ya podéis tomar todo eso y sobre todo, disfrutar con las vistas del local, que en cada rincón tiene algo que llamará vuestra atención seguro.
En fin, mañana más, que por hoy ya he escrito bastante. Matta ne!
Escrito por Sonia Seijas on Domingo, 12 of Abril , 2009 at 10:17
Y llegó el día en que tocaba visitar el Monte Fuji y el balneario Yunnessan de Hakone. La verdad es que tuvimos un poco de mala suerte porque el Fuji estaba nevado casi en su totalidad por el frío de estos días. Bueno, mala suerte para los chicos, porque desde el observatorio que hay al pie del monte (el Fuji Visitor Center), antes de subir, la mayor parte del monte quedaba cubierto por las nubes y no se veía nada. Yo, el año pasado tuve más suerte porque hacía un día estupendo y pudimos verlo perfectamente desde aquí y subir a la quinta estación (picar aquí). Cuando llegamos hacía mucho frío y había una excursión de chinos o coreanos que hacían mucho barullo y copaban todas las vistas, pero por lo menos pudimos comprar algunas postalitas y tomar un café bien calentito. La verdad, ha sido divertido encontrar nieve en el monte, por lo menos para mí, así ya lo he visto de casi todas las maneras. Además me he comprado un libro de origami y unos cuantos de esos preciosos papeles decorados que tienen los japoneses para hacerlo, cuando haga algo productivo, prometo colgar las fotitos.
Como ya estaba claro que no íbamos a poder subir hasta la quinta estación, probamos un momento con la primera, pero también había nieve, así que nos desviamos hacia Oshino Hakkai una aldea preciosa que está a los pies del monte y que no pude ver en la otra ocasión, así que me alegro de que tuviéramos que desviarnos porque mereció la pena realmente. Además, había una especie de mercado y nos dieron a probar un montón de cosas raras y algunas realmente deliciosas. Resultaba increíble el colorido de todos los puestos con un montón de especias, verduras, encurtidos y demás. Se la conoce como la aldea de los ocho lagos y todas las casitas son pequeñas y con esos techos típicos japoneses. Realmente si alguna vez visitáis el Fuji con tiempo, os recomiendo hacer una paradita en esta aldea, antes de subir a la quinta estación que es hasta donde se puede subir en coche o bus, y claro, si luego tenéis tiempo, podéis subir hasta el crater y pasear por él, incluso visitar la estación meteorológica que hay montada en la cima y todo. Yo, realmente, si puedo, la próxima vez que venga me gustaría poder escalar hasta el crater y pasar la noche en el monte. Los japoneses creen que hay que subir hasta arriba por lo menos una vez en la vida y a mí me gustaría poder ver anochecer y amanecer allí.
Ya véis que las vistas de este pueblo son realmente preciosas, el agua se ve muy clara y se puede ver casi todo el pueblo y cómo hacen todas las cosas que te venden y te dan a probar.
Al salir para el restaurante pude sacar una pequeña fotito del Fuji, aunque como os he dicho, en esta ocasión estaba él muy tímido y no se dejaba ver demasiado, pero pude hacer una breve instantánea de la nieve en su cumbre. Además, de camino pude sacar también una foto, un poco borrosa, lo siento, de un campo de té verde de donde sacan ese té tan rico y que me gusta tantísimo. La comida fue igual que el año pasado, a base de yakiniku o carne a la plancha. Bueno, yo más bien comí el acompañamiento, pero por las caras de satisfacción de todos, diría que estaba deliciosa. Es una experiencia divertida eso de que puedas cocinarte tú tu propia comida, cosa que aquí en Japón se hace en muchos sitios, te sirven la comida a medio cocinar o sin cocinar y se va haciendo mientras compartes un poco de buena conversación con tus comensales. Me parece una costumbre realmente buena y que estaría bien implantar aquí en Europa donde la mayor parte del tiempo comemos viendo la tele y apenas compartimos un par de frases.
En fin, al terminar, nos encaminamos hacia el lago (Ashi, creo que era) para hacer un minicrucero hasta el puerto donde nos recogería el bus para ir al balneario. Ya en el barco me dí cuenta de que había mucha gente, mucha más de la que recordaba de la otra vez, pero, como siempre, a pesar del frío, las vistas desde el barco son preciosas, y a mí, que el agua me encandila especialmente y me pone melancólica es uno de los momentos más bonitos del día. Apoyar tus brazos en cubierta, sintiéndo que el aire completamente gélido te corta cada centímetro de la cara, llenando de aire limpio y congelado los pulmones, tanto que a veces duele. Pero es una sensación única y que lleva tus pensamientos tan lejos que a veces no te da tiempo de recuperarlos del todo antes de tener que volver a la realidad de nuevo.
Al final llegamos a la estación y el bus nos llevó hasta el Yunessun, un balneario de la zona de Hakone, al que ya había ido la otra vez, aunque en esta ocasión tengo que reconocer que estaba tan superpoblado que casi no pudimos disfrutar de lo que realmente podía ofrecer el balneario. Como esta semana es la semana de vacaciones para los niños, parece que todos los japoneses se han puesto de acuerdo para traerlos al balneario y casi no se podía disfrutar de la experiencia de las termas “temáticas” al aire libre, pero hicimos lo que pudimos. Como siempre, las piscinas de sake, de té verde, de café… eran la sensación. Pero este año además, cambiaron la piscina de ramen (qué pena!) por una de color verde-azulado de un personaje llamado Keroro y han añadido una de color rosa chicle que parecía como de tarta de fresa o algo así. Un consejo para las chicas, de las que venían conmigo (chicos si no queréis quitar el misterio femenino no leáis esto), si os quitáis los pelos de las piernas con cuchilla ese día, no entréis en una piscina que se llama Princess “algo” (no lo recuerdo) que es una piscina con un alto contenido en sal y que intenta emular al mar muerto, pero que pican a morir en pequeñas heridas o cuando acabas de afeitarte.
Después de tres horas ya estábamos tan a remojo que mis dedos parecían pasas, así que salimos, compré algunos sobrecitos para probar a hacer un mini-yunessun en casa a ver si es posible. De camino de vuelta al hotel, encontramos un antiguo restaurante que se construyó para ser un restaurante español, pero que en esta zona de Japón no tuvo mucho éxito y finalmente se reconvirtió en un restaurante japonés en el que paran muchos turistas de camino del balneario.
Bueno, aunque ya estoy de vuelta, intentaré terminar la crónica del viaje antes de retomar la actividad normal del blog. No he podido ir subiendo los post día por día, sobre todo porque en el ryokan la wifi no funcionaba como era debido y porque en kioto ya no la había. Pero prometo terminarla para que lo podáis ver todo, ayer dormí prácticamente todo el día, pero a partir de hoy iré subiendo un post por día hasta terminar el viaje. ¡¡Un beso a todos!!
Escrito por Sonia Seijas on Martes, 7 of Abril , 2009 at 15:06
Pues llegado el domingo en Tokio, no podía ser de otra manera: tocaba Harajuku, su puente, el parque Yoyogi y las lolitas por las que la buena de María llevaba tanto tiempo esperando. Así que, por la mañana Hitomi y yo nos levantamos listas para arrasar el Harajuku con María y las demás. Ella estaba especialmente guapa y un poquito nerviosa al estrenar su nuevo aspecto ^__^ Para llegar podéis usar las líneas de JR (Japan Rail) que son las más claras y fáciles, que además tienen una parada en el mismo Harajuku o si no, si queréis coger el metro normal, os bajáis en la estación de Yoyogi-koen de la línea de Chiyoda.
Algunos de los chicos se han ido a buscar, mientras tanto, la tienda de Square Enix que ayer no pudieron econtrar, sobre todo porque son muy fans del Final Fantasy y así podían encontrar muchas cositas para comprar de la empresa.
Ya al bajar de la estación se ha visto que el Domingo, el parque Yoyogi y el puente de Harajuku son tremendamente populares este día, casi no podíamos ni subir ni bajar del metro y para salir de la estación hemos tardado un montón por culpa de la aglomeración de gente. Pero nada más bajar ya hemos podido hacernos las primeras fotos con lolitas y chicas y chicos “cosplayados”. El término “cosplay” define a los disfraces o la ropa que se ponen las chicas y chicos en Japón cuando quieren emular a algún personaje de algún manga, anime o videojuego, y aquí es algo especialmente llamativo porque se paran mucho en su aspecto y que quede lo más real posible. Sin embargo, en Harajuku, más que cosplayers, lo que se suele encontrar son Lolitas, es decir, chicos y chicas que se visten como muñecas, ya sean góticas, princess o sweet (aunque hay muchas otras clases), y que ser reúnen aquí los domingos. También pueden encontrarse mucha gente con aspecto “visual”, que es un estilo más punk, con pelos de colores, plataformas, vinilo y demás parafernalia. ¡Me encanta este puente los domingos! Y no fui la única que lo pasó en grande…
Al parque va mucha gente a cantar, a hacer artes marciales y, por supuesto, están las bandas de rocabillies que le dan mucho colorido a las horas del parque. Hace muchos años, se intentó expulsar a los takenokozoku (los bailarines de este estilo rocabilly) pero el parque siguió vivo gracias a las generaciones posteriores que fueron colonizándolo, no solo de este estilo, sino más centrados en el visual y el j-pop.
Como he dicho, mucha gente hace artes marciales y muchos otros espectáculos. Esta vez me llamó mucho la atención unos chicos que estaban haciendo un show con cepillos usándolos como percursión y mezclando el sonido del golpe con el del barrido. Realmente impresionante. También hay muchas actuaciones de grupos indies que se promocionan y reparten flyers de sus conciertos o te venden el dvd. Algunos suenan realmente bien.
Sin embargo, lo más bonito de este domingo, ha sido el hanami. La fiesta tradicional del cerezo que se celebra todos los años por esta época, el año pasado ya os hablé de ella (http://blog.laopinioncoruna.es/laserinias/2008/04/06/hanami-la-fiesta-del-cerezo-en-japon/) (lo siento pero no me deja subir los links de otra manera). Así que este año la he podido vivir en vivo y en directo. Los cerezos son tan bonitos que te pasarías una hora entera mirando para ellos, no me extraña que les guste comer debajo de ellos, porque además de dar sombra son una vista de lo más relajante. Os recomiendo a todos los que podáis que visiteis Japón en esta época del año, es precioso ver cerezos florecidos por todas las calles. Bueno, en otoño también hay colores increíbles por toda la ciudad con todas las variedades de árboles que tiñen los parques de color rojizo.
¡Ya he estado debajo de los cerezos!
Aunque a Hitomi es a la que mejor le queda la sakura, estaba guapísima debajo de esas flores tan blancas.
Antes y después de comer, los japoneses se dedican a jugar al beisbol, a futbol y ¡a la cuerda! (hacía mucho tiempo que no veía a nadie jugar con una cuerda) ¿cuantos japoneses pueden saltar a la vez? Después de un rato nos dimos cuenta que a partir de siete siempre fallaban ^_^
Al volver hacia el parque pudimos hacernos muchísimas más fotos con la gente del puente de Harajuku que parecía haber vuelto ya de comer. Aunque nos hicimos muchas fotos, y nos hicieron muchas más, las dos triunfadoras del día fueron María y Hitomi, las dos estaban tan kawais (expresión japonesa para marcar que algo es bonito, algo parecido al “cute” inglés). A todos les llamaban la atención tanto la una como la otra, María estaba en su salsa completamente.
¡Cómo me gusta el aspecto visual en los japoneses, se lo curran muchísimo!
Había incluso unas animadoras haciendo una coreografía, con unas energías, que parecían cincuenta en lugar de dos. Sobre todo porque los movimientos los hacía sobre todo una, pero con muchas ganas, gritando y dando saltitos como si estuviera en día de partido.
Más cosas curiosas, cuando fuimos a comer, como no había sitio en ninguna parte, en serio que esta zona se superpobla los domingos, acabamos en unas galerías donde daban comida turca. Para que no hagas cola, te dan una especie de avisador, que se ilumina cuando puedes ir a recoger tu comida. Cosas de japos…
Hay un callejón, justo bajando de la estación de Harajuku donde se pueden encontrar tiendas de ropa desde estilo punk hasta algo más suave. Recomiendo las tiendas lolitas de segunda mano que están a medio callejón, que hemos conocido gracias a María, sobre todo porque una de ellas, en su planta baja tiene ropa gótica bastante chula y se pueden encontrar modelos desde Vivienne Westwood, hasta restos de ropa de las colecciones de la tienda de Mana, el cantante de Malize Mizer, muy conocido entre los “visualeros” japoneses.
Y luego nos fuimos a dar una vuelta por Shibuya y a llevar a Isidoro a que viera las chicas tan guapas que contratan para el famoso edificio de tiendas de ropa femenina del edificio 109, al que Patri también tenía muchas ganas de ir. Coincidió además que estaban haciendo una presentación de un disco de una idol, con lo que pudimos constatar una vez más que las japonesas no saben bailar o por lo menos, la mayoría lo hacen fatal, igual por eso han inventado el “parapa”, que es un baile japonés que se baila en las discos sobre todo y que consiste en movimientos sobre todo de los brazos. Es que la buena de la chica, aunque muy guapa, intentaba hacer un baile sexy pero quedaba bastante mal la verdad.
Para cenar, nos paró uno de los típicos “buscadores” que te paran por las calles, sobre todo de Shibuya, y te ofrecen los menús del restaurante donde trabajan. El único problema de estos restaurantes suelen tener solo menús en japones y si el que te lleva en cuestión no sabe demasiado inglés, a veces puede ser una auténtica aventura el cenar en un sitio así. En nuestro caso, como además la carta no tenía fotos, entre un poco de inglés y algunas palabras chapurreadas en japonés, nos salió una cena bastante normalita. Lo bueno de estos sitios suele ser cenar un día que se quiera salir, porque por un precio bastante razonable te ofrecen cena y barra libre de alcohol.
Y a la vuelta, por supuesto, una partidita en la sala de máquinas antes de descansar. Aunque no os lo creáis esto fue sobre las 10 de la noche o algo menos, más bien, porque aquí todas las cosas pasan muchísimo más temprano que en España. La gente desayuna a las 7 y media, come a las 12 y media o una, cena a las 8 y se van de juerga hasta las 11… vamos, lo contrario que nosotros, que cenaríamos a las 11 e iríamos de juerga hasta las 7.